Mi hijo tiene mis manos

Ya tiene 8 años. Sus manos, y las de su hermana, ya no van a cambiar de forma sino de tamaño. Y ya es evidente: las manos de mi hijo son un calco de las mías, como las mías lo fueron de mi padre o de su hermano.

Son manos anchas, un poco bastas. De alguna manera, los dedos regordetes traicionan su aspecto y terminan siendo hábiles con objetos o instrumentos pequeños, porque a sus dueños les encanta trabajar con sus manos.

Todavía no sé si al nuevo dueño de esas manos acabará disfrutando al trabajar con las manos. Se concentra como yo, y le gustan las máquinas y cacharros como a mí.

En cualquier caso, lo que me impresiona es poner mi mano izquierda contra su mano derecha. El efecto es asombroso: es innegable que esa mano va a acabar ocupando el espacio como la que le precedió. Cuando mi tío ponía su mano contra la mía, eran intercambiables por completo. Eran la misma.

Hace 10 años, casi 11, que dejé de ser el último eslabón de esa cadena de transmisión. Conforme los nuevos van apuntando a lo que serán, los miro desde mi distancia y me quedo sobrecogido. Contento, pero muy impresionado.

Otras manos que harán.

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