Los Eloi, la IA y el paro

Los Eloi, la IA y el paro. Una propuesta

No pasan más de unas semanas, en el mejor de los casos, hasta que otro analista, (o “analista”, o anal-ista), nos vuelve a advertir de cómo la IA o la robótica van a acabar con decenas de zillones de puestos de trabajo. Para ‘demostrarlo’, sacan a la palestra ejemplos incompletamente ilustrativos o directamente chuscos.

Vamos a dejar aparte la cuestión de la IA. Es apasionante discutir si alguna vez veremos IAs fuertes o procesamiento avanzado de lenguaje natural más allá de modelos estocásticos apañaos, pero no es lo que me importa para este post. Seré insinceramente optimista y, para los propósitos de este post, asumiré decisivos progresos en el campo que acabarán con muchos puestos de trabajo.

El problema, o la broma, es dar el salto a que las pérdidas de trabajo serán masivas y que habrá que hacer algo para dar ingresos y hasta actividad con sentido a la mayoría desempleada. El problema es doble:

  1. La mecanización de la agricultura y la globalización se liquidaron, ellas solas, más puestos de trabajo y sectores de los que por lógica se puede fumigar la IA y los roboces. Pensemos en las cosechas que antes se hacían con guadaña y millones en el campo, o en amplios sectores industriales que se han trasladado a China.
  2. Quien afirma eso, o quien se lo traga, es un eloi. Es ese habitante del mundo futuro de H. G. Wells que se viste con ropas que no entiende de donde salen, y usa objetos que desconoce su procedencia. La diferencia, de momento, es que los morlock no se comen al augur del paro masivo. Pero ese augur, lo mismo que el eloi, no entiende de dónde salen los objetos y servicios que mantienen su modo de vida.

Más que de objetos, hablo de los servicios invisibles como los que llevan electricidad, gas y agua a nuestras casas. De las personas que cuidan a personas mayores y personas con discapacidad. Son cuatro ejemplos que conozco de primera mano y que, alejados como están de los servicios con los que se ganan la vida los articulistas que propagan el paroapocalipsis IAtico-robótico, son mucho más importantes que dichos servicios e insustituibles por recursos no humanos.

Ningún robot nos limpiará cuando seamos viejos. Ningún robot, o IA, instalará o mantendrá el suministro de agua, electricidad o gas. Estas cuatro tareas tienen en común la interacción con elementos físicos en un margen de variabilidad tan, tan elevado que no parece previsible que un recurso mecánico pueda hacerse cargo. Eso es fácil de imaginar para la limpieza corporal, pero os puedo asegurar que ocurre otro tanto con el suministro energético. Nunca es una tarea trivial o baladí. Incluso las instalaciones modernas construidas bajo criterios y normativas actualizados no se escapan de la casuística, por la sencilla razón de que hay demasiados elementos en juego. Y la limpieza, la electricidad, el gas o el agua son recursos demasiado importantes como para andarse con jueguecitos o experimentos.

Remontemos el vuelo. Desde poco antes de mi nacimiento (1971) hasta nuestros días, en España el sector agroganadero ha quedado reducido a su mínima expresión demográfica, el sector extractivo hace mucho que pasó su mejor momento, y el sector secundario-industrial pasó por n reconversiones, la integración europea y finalmente la globalización. Hemos perdido subsectores enteros y millones de puestos de trabajo en este período, y a nadie se le pasó por la cabeza preguntarse cómo se iba a emplear a las legiones de desempleados. De acuerdo que no había percepción de la amenaza de la IA y de la robotización (las cuales, para que no quede duda, me las creeré cuando sean indiscutibles, ni un segundo antes), pero había amenazas mucho más reales (se cierran minas, se cierran fábricas a mansalva, se fuerza a reducir cabezas de ganado o a cambiar cultivos, se introducen cosechadoras).

Podría decirse que en décadas anteriores había margen para reacomodar a los damnificados por las reconversiones de sus sectores, desde las jubilaciones y las compensaciones a las reconversiones personales a otros sectores. Por ejemplo, los pequeños empresarios y empleados de tiendas de comercio local tuvieron que reconvertirse vía jubilación o como pudieran cuando el panorama urbano local cambió y la población les dejó de lado, en favor de las superficies masivas. Al padre de uno de mis mejores amigos le pasó exactamente eso, y tuvo que emplearse con cincuenta y tantos en una empresa mediana de su sector para llegar mejor a la jubilación. Me parece más razonable asumir la recolocación y absorción de impactos laborales sectoriales que la llegada invasiva de las IAs a nuestros mercados laborales, más que nada por las pruebas acumuladas en el pasado sobre las recolocaciones.

Todo esto me lleva a una consideración mucho más pragmática. Los articulistas que venden miedo a la IA pueden entender que sus puestos de trabajo están en peligro. Estos mismos que no mostraron solidaridad apreciable hacia el tendero o el tornero-fresador que se quedaban sin curro, ahora nos advierten y, con ello, venden contenidos y viven del miedo.

Por repetir una afirmación miles de veces no se convierte en verdad… siempre que se necesite que pasen cosas. La repetición goebbeliana funciona en el campo de las creencias, pero no en el de la realidad práctica. Petabytes de avisos quejumbrosos y bosques talados para libros jeremíacos sobre la IA no van a afectar un ápice su advenimiento ni la fecha del mismo. Desde la ignorancia, me atrevo a asumir la aplicabilidad del mítico hombre-mes, de esa máxima de los 90 por la cual meter más gente en un proyecto no acelera la entrega del mismo. Si eso se aplica a una aplicación B2B, a la IA ni te cuento.

El problema de fondo no es sólo de estos eloi-articulistas. Es de todos, un servidor incluido. El problema que tenemos es que nos aburríamos en clase de ciencias sociales, o de pretecnología, o como se llamen ahora. O más allá, Durkheim como casi siempre tenía razón y la solidaridad orgánica de nuestra sociedad nos empuja a conocer como mejor podamos nuestra parcelita. Lo cierto es que no tenemos ni idea de cómo funciona casi nada: cómo llegan los suministros esenciales a casa, o cómo se distribuye la comida, o qué se hace realmente con la basura, o cómo son aún descritos a línea gruesa la gran mayoría de productos y servicios que mantienen nuestra calidad de vida.

Esto es así. No tiene mucha discusión. Yo puedo conocer algo de suministro energético por haber trabajado en ello, pero se me escapan muchísimas cosas de la mayoría de los demás sectores.

Pero sí tiene solución. Sin pretender llegar a gran nivel de detalle, podríamos al menos entender los rudimentos de sectores ajenos al nuestro. Podríamos empezar con wikipedia, y seguir con la panoplia infinita de recursos de aprendizaje y divulgación sobre los sectores más variados.

Estamos en un momento de la civilización más delicado de lo que parece, y más fácil de salirse de su curso y apuntar a un estado peor de las cosas. Una de las formas a nuestra disposición de evitarlo, o siquiera de aminorar el choque es entender cómo funciona nuestro paraíso del siglo 21.

Creo que esta pesquisa es crítica: es crítica para priorizar nuestras peticiones y urgencias como sociedad, y sobre todo es crítica para frenar a los populistas que nos vuelven a querer engañar, como hace 80 años. Dejando de ser elois, y entendiendo las bases de nuestra riqueza, la podremos apreciar y defender mejor.

Quizás es un esfuerzo excesivo para cada uno por su cuenta. Quizás requiera muchos cientos o aún miles de horas de recopilación y ordenación de la información.

Pero quizás, también, si hubiera más ciudadanos que estuvieran de acuerdo en que algo así es útil y necesario no se necesitaría tanto. Después de todo, sólo unos pocos centenares de miles hemos colaborado en levantar la mayor enciclopedia de la historia.

“Cómo-funciona-nuestro-mundo” (nombre beta para el que no me he tenido que despeinar) es un proyecto mucho más modesto que la wikipedia. Factible… creo que sí.

Ahí queda.

Los Eloi, la IA y el paro

Tengo 46 años y estoy retomando la programación

Es largo de contar. Lo haré breve, y que cada uno rellene las líneas de puntos

Ha tiempo desarrollaba. No era mi fuerte, pero lo hacía

En mi vida profesional casi dejé de hacerlo. Empleaba productos de terceros, o todo lo más automatizaba o creaba scripts muy cortos para ahorrar tiempo. Soy antropólogo, después de todo

Me he puesto una serie de retos

Los he superado. Para mi perfil y mi edad, 400 líneas en python me satisfacen

Descomponer grandes problemas en muchos problemas pequeñitos. Solucionarlos uno a uno. Repensar formas más elegantes de hacer las cosas

Y aprovechar… 30 años de evolución en lenguajes y librerías. Cosas que ni soñaba

Lo mejor: stackoverflow. Impresionante. No hay duda que no la hayan resuelto con ejemplos, y cuando he tenido una ultraespecífica, han tardado 10 minutos en responder.

A mi edad, que la cabeza me dé para superar estas pruebas me ha supuesto un bonus de confianza. De satisfacción.

Tengo 46 años y estoy retomando la programación

Una modesta propuesta de solución gordiana al Yihadismo en Europa

gordiana, que no salomónica. Cortar por lo sano, ni sería sano ni acabaría nunca. Si se prefiere, lateral.

Llevamos trece años oyendo todo tipo de propuestas de acción sobre el yihadismo en Europa. Propuestas públicas, se entiende. Las no-públicas, las que están en manos de los servicios de seguridad, están en marcha y funcionando. No me cabe la menor duda de que, de no ser así, al menos subiríamos en un orden de magnitud las víctimas de esta lacra, probablemente en dos. O, en el camino de eso, los gobiernos europeos habrían tomado decisiones salomónicas de verdad. Habrían cortado por lo sano, y no les habríamos dicho que no tras ciertos límites numéricos de víctimas.

Voy a obviar las propuestas buenistas. Se me agotó la paciencia con ellas hace tiempo, porque hace tiempo que me pregunto “¿Cuántos tienen que morir para que los endófobos abran los ojos?”, sin respuesta ni capacidad de comprensión. Sin embargo, los endófobos nos ponen sobre una pista interesante: no comprenden aspectos fundamentales de la realidad que estamos describiendo, porque anteponen sus anteojeras ideológicas.

Sí que me voy a parar un poco sobre las propuestas islamófobas radicales / xenófobas / yasabesloquevieneacontinuación. Hay una gama de reacciones extremas que van desde la suspensión de elementos del Estado de Derecho (como el Habeas Corpus, que ya ha pasado en EE.UU.), hasta cambios en la naturaleza de la prueba, expulsiones en masa, campos de internamiento… you name it. Para algunas alimañas, el yihadismo es la oportunidad que anhelan para resucitar una Europa Oscura – el habeas corpus que suspenden para el terrorista, mañana ya no se te aplicará a ti. Te podrán detener sin cargos ni garantías. A los que tenemos menos de 60 años nos cuesta interiorizar este concepto. Lo importante de todas estas reacciones es:

  1. Es lo que buscan los malvados, nuestros enemigos: buscan que nuestra reacción indigne a más de los suyos y les mueva a apoyar su yihad, o a postularse como candidatos a Sahhidun. Buscan una realimentación que acabe en una jodida batalla del juicio.
  2. Es un camino descendente, del que en el mejor de los casos nos costaría subir y, en el peor, perderíamos parte de lo que tanto nos ha costado conquistar.

Entre ambos extremos indeseables de una dicotomía muy verdadera se encuentran el resto de ideas y propuestas. Un problema de partida es que, caramba, habíamos ganado la Guerra Fría. Se les acabó la plata a los bastardos que habían pagado a ratas en Alemania, Italia, España, etc., para que mataran a algunos y aterrorizaran a los demás, desestabilizando nuestras democracias. Antes de que me saltéis con fuentes de dinero, os recuerdo que se puede pagar por persona interpuesta y de muchas formas. Pero esa internacional terrorista de los 60-80 no fue casualidad ni una serie de coincidencias, en modo alguno.

Desde su final, los europeos nos encantamos de habernos conocido y nos dedicamos, con razón o sin ella, a disfrutar de nuestro estándar de vida, de nuestra forma de organizar la vida pública y de nuestros valores. Mejorables, claro, pero ponte a mirar en cualquier otra parte. Se nos olvidó, o nunca nos había quedado del todo claro, que habíamos estado en guerra.

Cuando inmigrantes musulmanes, sus hijos y sus nietos atacan una y otra vez en nuestros países, sencillamente no estamos preparados y es hasta mejor. Tenemos margen para tomar decisiones no draconianas, de enfrentarnos a una amenaza muy real sin llevarnos por delante a nuestras democracias en el proceso.

La inacción tampoco va a funcionar. Los muertos, sus imágenes, sus noticias, se van a acumular. Las decisiones draconianas parecerán justificables tras otro atentado especialmente salvaje. Esto no lo para don Tancredo

Por supuesto, tampoco nos sirve “comprenderlos”, poniéndonos paternalistas (y mira que dije que no iba a hablar del buenismo), o siquiera tratar de comprender el fenómeno. Al mismo tiempo, es de una complejidad aterradora (internet mediante, peor aún) y descansa en un hecho sencillo: ante una vida insatisfactoria (anómica en extremo, siguiendo a Durkheim), o ante un episodio de grave caída moral o depresión, un suicidio se transforma en un hecho heroico con última recompensa. Ni siquiera los islamólogos con décadas de experiencia lo tienen fácil para comprender este objeto demencialmente complejo y de tan rápida mutación.

No podemos esperar que cambien, ni por sí mismos ni con nuestra ayuda. No podemos esperar nada positivo de los candidatos a Sahhid, o de los que los apoyan, o de los jalean y justifican en las redes sociales. O de los miembros de un grupo más amplio que miran para otro lado. No, por la sencilla razón de que ya viven en Europa, y aquí gozan de unos estándares de vida, libertad y dignidad inalcanzables en sus países. No es sólo economía, por más que sea importante; también es la seguridad personal y jurídica de toda persona con residencia legal o el derecho a la libertad de expresión aún si se ejerce soltando mierda por la boca.

No va a parar por sí mismo. No van a cambiar, y tampoco podemos aspirar a comprender el fenómeno ni a sus protagonistas. ¿Qué es lo que nos queda?

Mi modesta proposición

Nosotros

Cambiarnos. Nuestras percepciones, expectativas y prioridades.

Para empezar, valorando como se merece lo conseguido en el último siglo. Dejando de dar importancia a memeces como el manspreading, de moda estos días, y dedicando tiempo y atención a pensar en la sociedad que tenemos, y en la sociedad de nuestros abuelos europeos. De donde hemos salido, oiga, y en todos los campos: de la renta al civismo, de la pluralidad al respeto, de la educación a la sanidad.

Para continuar, teniendo claro que esto no ha sido casual en modo alguno. Que gente más lista y tenaz que nosotros fueron acumulando los ladrillos de la hermosa catedral en la que vivimos. A base de esfuerzo y tras mucho sufrir, se tomaron las decisiones que nos han llevado a donde estamos. Hubo momentos en los que se tomaron decisiones difíciles, se llevaron a cabo grandes sacrificios y se apostó por el largo plazo. Y se hizo, atención, sin garantías: sólo con la esperanza (habría quien hablaría de la loca esperanza) de lograr llegar a donde estamos, con una Europa en construcción, sin fronteras y plenamente democrática.

Este punto de partida imprescindible nos debería llevar a más cambios de perspectiva. La democracia y la sociedad cívica que queremos proteger es tan valiosa como delicada. No podemos salvarla destruyéndola, con campos de concentración, suspensión de habeas corpus o las barbaridades con las que algunos se hacen los dedos huéspedes.

Antes de llegar a eso, hay que cambiar las leyes. 

  1. Hay que hacer de todo apoyo al yihadismo, por leve que sea, algo tan costoso como sea posible para los miserables. Dado que no se puede parar al Sahhid con un coche, un cuchillo o un martillo, sí que se puede castigar al que difunde el odio por internet o en una mezquita. Se puede, y se debe, expulsar al residente que caiga en eso. Se pueden endurecer las penas para todos los delitos que en otros contextos calificamos como leves, pero que son pasos necesarios hacia el horror recurrente. Insultos en una boda religiosa, como pasó hace unos días, son parte de este problema mayor, y la legislación se debe adaptar para expulsar al residente o condenar a cárcel al nacional.
  2. La cárcel no debe ser un centro de reclutamiento de los salafistas. La monitorización debe llegar a ellas y, a partir de delitos de cierta entidad, el confinamiento en solitario es tanto un factor de disuasión como una vacuna para la propagación de esa peste.
  3. Se deben asignar recursos para monitorizar, detectar y detener, y apoyar moralmente a quienes están dedicados a una tarea tan crítica.
  4. Se deben cerrar el acceso a nuestras calles y a nuestros medios y redes de todos aquellos recursos y organizaciones extranjeras que apoyan el Islam radical. Son parte de la amenaza y les seguimos dejando actuar de momento. Los proveedores de conexión a Internet, así como los principales proveedores de redes sociales, deben colaborar con este esfuerzo y negar el acceso a quienes emplean sus servicios para propagar la amenaza islamista.
  5. Se debe impedir con eficacia toda aquella colonización cultural del espacio urbano que rompa las reglas de convivencia a las que hemos llegado. En las ciudades españolas no tenemos ese problema, pero sabemos que hay barriadas europeas donde una interpretación rigurosa del Islam compite con nuestras normas y consensos para definir qué se puede o no se puede hacer en el espacio público.

Todos los pasos que acabo de mencionar no rompen (que se me corrija si no estoy en lo cierto) con las bases del derecho. Muy al contrario, exigen una aplicación rigurosa y garantista de las normas previas y de las nuevas. De lo contrario, ya habríamos perdido parte de lo que queremos defender: las garantías básicas de que el Estado no se va a saltar el marco de la ley con los ciudadanos.

Y todos estos pasos exigen cambios por nuestra parte, como vengo diciendo:

  1. Asumir que el problema existe. De verdad. El problema, hoy, no es la islamofobia. Son los atentados y las amenazas, así como seguir insistiendo en que eso no es un problema, o en otros síperoísmos
  2. Asumir que tenemos algo precioso para proteger, y que merece la pena protegerlo y transmitirlo de la mejor manera posible a nuestros hijos
  3. Asumir que la democracia tiene cauces, y que los derechos tienen límites. Exigir agradecimiento de las personas que hemos acogido, y exigir su plena adaptación a nuestras formas y normas de convivencia.
  4. Asumir que afrontar la amenaza y proteger nuestras democracias exige recursos y esfuerzos. Exige priorizar dotaciones, y asumir medidas de seguridad inéditas y que pueden obstaculizar levemente el progreso de nuestras vidas diarias. Chequeos y test de seguridad en locales públicos y acontecimientos masivos, y no sorprendernos de que estén algo más centrados en quienes físicamente responden más a la imagen del musulmán.
  5. No aceptar que la defensa contra la amenaza yihadista sea parte de la confrontación política. Ya nos hemos equivocado en el pasado a ese respecto, con funestos resultados. Por más que los políticos españoles lo hagan bien a este respecto, puede mejorar. Y nosotros podemos exigirles que cumplan y que no aprovechen la amenaza para sus fines particulares.

Obviamente, no se trata de un conjunto definitivo de soluciones sino de ejemplos de las mismas desde un principio general: que cambiemos nosotros. Que nos adaptemos, que enfrentemos como sociedad la amenaza yihadista perdiendo poco o nada de lo precioso a cambio de invertir recursos y esfuerzos

Una modesta propuesta de solución gordiana al Yihadismo en Europa

El error estadístico de la consideración contemporánea de la psicopatía

Psicopatía. You name it. El término que más os convenga, porque ni entre los especialistas hay acuerdo. Estoy leyendo un reportaje de The Atlantic sobre niños psicópatas, que nacen con la condición, y un párrafo me ha llamado la atención:

Psychopaths have always been with us. Indeed, certain psychopathic traits have survived because they’re useful in small doses: the cool dispassion of a surgeon, the tunnel vision of an Olympic athlete, the ambitious narcissism of many a politician. But when these attributes exist in the wrong combination or in extreme forms, they can produce a dangerously antisocial individual, or even a cold-blooded killer

No es la primera vez que me lo encuentro, pero ésta ha sido la vez que ha resonado en mi cabeza. No es la primera vez que leo que la psicopatía, en pequeñas dosis, es “útil”. Como dicen en el ejemplo, el frío desapasionamiento de un cirujano. ¿De verdad que toda persona concentrada en su trabajo y que es capaz de dejar sus emociones a un lado cuando la ocasión lo requiere es un psicópata? Mejor, ¿que tiene algo de psicópata? Una cosa es no ser capaz de sentir empatía y otra, muy distinta, ser capaz de controlar las emociones para lograr un fin (socialmente aceptable, se entiende).

A partir de aquí, es un coladero. O un verdadero problema. Según el artículo, y según una corriente de pensamiento identificable, el “ambicioso narcisismo” de un político no es intrínsecamente malo. Por más que el poder a disposición de un político logre que los rasgos psicópatas sean más comunes entre los políticos que entre la población normal, difuminar la diferencia entre las aspiraciones de un político y los rasgos psicopáticos hace menos malos a los segundos porque, según esto, todo es cuestión de escala. Un poquito está bien, o no está mal.

Lo verdaderamente malo es la figura clásica del psicópata fracasado. El individuo frío y depredador, el narcisista maligno, que sólo obtiene placer con el dolor y la destrucción extrema en otros. Los cientos de Ted Bundy y hombres lobo o del saco que han dejado huella en nuestra historia. Los monstruos que aprovechan el desorden para depredar, o que depredan hasta que se les pilla.


Como me dijo mi amigo Pío una vez, “la noticia es que el dueño muerde al perro”. Un monstruo es recordado por su excepcionalidad. Porque uno entre millones desciende tan abajo, y deja el reguero de daño extremo que deja. Giles de Rais es recordado 700 años después de sus crímenes.

No nos confundamos. Si tienes la horrible desgracia de que alguno de los tuyos tope con un hombre-lobo como éstos, se acabó para tu ser amado, y lo que te quede de vida estará trufado de dolor. Pobres familias, desde luego. Aún en los años absurdos en los que se suspendió la cadena perpetua, la sociedad encontró un loophole bajo la forma de los internamientos en psiquiátricos penitenciarios… aunque con la debilidad de que un mal diagnóstico puede desencadenar a un hombre-lobo, como ha pasado. Es evidente que la sociedad, como un todo, tiene que protegerse de ellos.

Pero es algo realmente infrecuente. En España, hablamos de casos individuales por década en todo el territorio nacional. Es dos o incluso tres órdenes de magnitud más improbable que te toque la lotería. Por más que sean una amenaza para la sociedad en su conjunto, no lo son para ti o para mí, estadísticamente hablando. Afirmando que la psicopatía es un problema cuando se llega a la figura del fracasado, lo que se está afirmando es que la psicopatía no es un problema de probable padecimiento para una persona o una familia. Estadísticamente hablando, la víctima de un psicópata será otro.

Y no es correcto. Porque, por cada hombre-lobo, hay ¿centenares de miles? de personas de poderosos rasgos psicopáticos. Personas que mantienen el control, que nunca van a matar porque entienden perfectamente las consecuencias y viven muy bien como viven. O incluso porque eso de hanniballectear no va con ellos. No es su rollo.


Su rollo es mentir. Intoxicar. Parasitar la vida ajena: hazme un favor. Hazme otro. Créete lo que te cuento de fulano. Deja de lado a mengano. No me llega el dinero, necesito para. Hazlo por mí, yo lo haría.

Lo que tampoco va con ellos es ponerse en lugar de los otros. Nunca son responsables de sus actos, porque la culpa es siempre del mismo: de Otro. Las personas, para ellos, somos ovejas. E instrumentos. Bípedos interesantes, que aprenden a analizar para aprovecharse de ellos o para victimarlos por puro placer sádico. Puede que no les desmembren, pero van a enfocar en ellos sus poderosas capacidades de intoxicación y mentira hasta hacer de su vida familiar, laboral o de amistad un infierno pequeño, o no tan pequeño.

Van a reclutar aliados. Mediante el halago y la fabulación constante, tratarán de que algunos cercanos se pongan de su lado para sus propósitos. Para victimar a otro, o para ayudarles a sostener sus mentiras-boomerang. Porque ocurre que la mentira poderosa es la que también es verdad para su creador, de manera que no tiene que dudar de ella.

Mientras, los no halagados sienten que algo no va bien. Empiezan a atar cabos, y cuando se acumulan las mentiras llegan a desconfiar por sistema. A habituarse a recordar lo que su hombre-lobo particular dijo en tal o cual momento. Incluso a apuntarlo. Si son lo suficientemente constantes, comprobarán cómo lo que sale de su hombre-lobo es básicamente mentira, sin freno, sin límite.

No les habrá matado. Les habrá costado una amistad. Una parte de las relaciones familiares. Un despido. Pero el durante habrá sido malo, o peor. Habrá sido una experiencia frustrante, agotadora, que les animará a desconfiar en un futuro. Habrán sido puestos a prueba, y les habrá forzado a cuestionar parcelas importantes de su cotidianidad, de su querida normalidad. Habrá dejado una huella de dolor indeleble.

Para los grupos, es lo mismo. Relaciones familiares rotas, redes de amigos disgregadas. Empresas dañadas o hundidas por comportamientos depredadores, parasitarios o tóxicos. Organizaciones sociales disfuncionales y hasta dañinas gracias a la labor incansable de muy pocos. Gobiernos de distintas escalas parasitados por personajes fundamentalmente dañinos.

El problema no es el hombre-lobo con las fauces manchadas de sangre, que deja su huella en la Historia con mayúsculas. No, ése no es un problema probable. Es narrativo, pero estadísticamente insignificante. El problema es esa bestiezuela de un grado de aberración muy inferior, aparentemente capaz de vivir en sociedad, pero que va dejando su reguero de daño.

Seguro que no habéis conocido a un Ted Bundy. O eso espero. Sin embargo, es altamente probable que hayáis topado con un mentiroso compulsivo. Con un manipulador, un intoxicador. Un amigo o familiar parásito que no tiene límites a la hora de pedir favores, y que nunca tiene la culpa de las cosas malas que pasan con frecuencia a su alrededor.

Ellos son el verdadero problema. Y no son sólo capaces de dejar las emociones a un lado, o no son sólo ególatras en busca de poder. No son como la mayoría de las personas, porque al final lo que les falta es suficiente corazón y un mínimo de amor a la verdad.

De ellos no se nos advierte, o no lo suficiente. Al final, te toca pasar por ello y bandearlo como puedas. Lo que es peor, últimamente empieza a estar peligrosamente de moda asumir que no es para tanto. Que en pequeñas dosis no es malo. Que todo es cuestión de versiones.  

Que las ovejas no seamos santas ovejas no nos deslegitima para tratar de protegernos de los lobos. Y de los chacales que aúllan con voz melíflua. Al contrario que esta peligrosa corriente que menciono al principio, es evidente que no todo es lo mismo, y es necesario que se hable: que los chacales viven entre nosotros, y que no merecemos sus miasmas.

El error estadístico de la consideración contemporánea de la psicopatía

Está mal visto sentir orgullo de los mejores que te precedieron

Evento social no deseado. No daré más pistas, es suficiente como contexto. Por conjurar la insoportable nadería dialéctica, pongo sobre la mesa un cuadro de Ferrer Dalmau

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carga del Regimento de Caballería Alcántara nº 14 en el río Igan.

Se lo juro, señor agente, no tuve ánimo de provocar. Conté muy sucintamente la historia de cómo el Alcántara ganó la Laureada de San Fernando a título colectivo, y cómo los hechos heroicos de ese día son desconocidos en España. Comparé a esos valientes que dieron sus vidas por una causa mayor con los héroes de otros países de nuestro entorno que son ampliamente recordados y referenciados en las historias nacionales, y concluí que era otra prueba más de nuestro complejo y endofobia.

Respuesta: no estoy orgulloso de ningún hecho de armas. No creo que haya que estar orgulloso de ninguno.

La distancia era insalvable, y ahí acabó mi participación. De joven, como mis mayores, habría interpretado el tema en términos de testosterona y testiculina. Pero la falta de cojones dista mucho de ser una explicación satisfactoria. Dejando aparte la endofobia, que por cotidiana y extendida no deja de ser dolorosa y deprimente de cara al ¿futuro?, creo que hay algo aún peor, más descorazonador. Dejemos a un lado mi acierto como narrador. Dejemos también a un lado la certeza de la falta de simpatía hacia el que viste y calza. Con un mínimo de bonhomía se puede escuchar algo cierto y emotivo de labios inconvenientes.

No, sinceramente creo que el problema es el divorcio total con el hombre del pasado, aún del pasado reciente, y de sus valores. No digo que yo tenga particulares ganas de entregar la cuchara en un acto único y cinético, que tampoco es eso. Lo que digo es que muchos, posiblemente demasiados, sólo ven estupidez, borreguismo y victimismo pasivo en quienes entregan sus vidas por una causa que creen que merece la pena. Luego pueden hacer un paréntesis mental cuando ven “Salvad al soldado Ryan”, pero ocurre que esa cinta es parte de la cultura popular que luego se desarrolla en videojuegos. No pasa nada: es una peli y luego un videojuego.

Rechazar de plano el sacrificio supremo de los que nos precedieron, o admirar su constancia, perseverancia o ingenio en las circunstancias más difíciles posibles sólo habla de un tipo de persona sin sangre en las venas e incapaz de anteponer nada a su ego, su capricho del momento o su muy voluble sensibilidad. Me habla de uno más de una sociedad que está lista para la cosecha

P.S.: si no conocen la historia del Alcántara, les recomiendo que indaguen un poco. Hay artículos y podcasts de gran calidad narrando los hechos de ese día. Si lo hacen, será muy difícil que en algunos momentos no se emocionen hasta lo más profundo.

 

 

Está mal visto sentir orgullo de los mejores que te precedieron

El feminismo contemporáneo y el Potlatch

El potlatch era una costumbre ritual de los Kwakiutl y otros pueblos nativos de la costa oeste americana. Es un ritual que se emplea en antropología para explicar la lógica subyacente a toda práctica y creencia cultural establecida, por más que desde fuera parezcan absurdas.

Empiezo bien, ¿eh?

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La costa de la Columbia Británica era una tierra rica para cazadores recolectores. Cuando fue registrado etnográficamente el Potlatch, consistía en una fiesta competitiva entre jefes, que repartían todo tipo de dádivas locales o intercambiadas con europeos, o incluso llegaban a destruirlas y a destruir sus propias casas rituales para demostrar lo mucho que les sobraba. Así contado, parece indefectiblemente absurdo.

Lo cierto es que era completamente lógico. Pocas generaciones antes, el Potlatch sólo integraba reparto de bienes (salmón, pieles, etc.). El jefe que repartía más a más familias atraía más lealtades, y sus viejos y nuevos leales marchaban con él a las campañas estacionarias. Dichas campañas consistían en elegir las desembocaduras y cauces de algunos ríos para capturar el máximo de salmón posible.

Con tal de no elegir un río que esa temporada recibiera pocos salmones, a más leales se capturaría más salmón. El salmón se preservaba y se consumía el resto del año, y de cualquier forma en el Potlatch siempre había salmón suficiente para que todas las familias consiguieran algo y no se fueran de vacío.

De esta manera, una competición entre líderes tenía como resultado una redistribución optimizada de un recurso abundante, pero altamente variable a lo largo de una enorme costa.

El problema se presentó por dos motivos:

  1. Los europeos comenzaron a comerciar con ellos, y el intercambio de pieles les proporcionó un nivel de riquezas inédito hasta entonces
  2. Los europeos trajeron accidentalmente consigo enfermedades que, como en el resto del continente, diezmaron a la población

El resultado era que los jefes tenían que competir con más recursos a su favor para atraer la atención de menos familias. Competir con salmón ya no era posible, porque tenían más del que nadie podía consumir. Además, conseguir el máximo de partidarios era crítico porque con la población disminuida, ya no era fácil lograr el número suficiente de brazos para hacer una captura suficiente de salmones.

¿Consecuencia? Que los jefes ya no sólo redistribuían, sino que empezaron a quemar bienes para demostrar que eran más ricos y poderosos que sus rivales. No había otra forma de atraer brazos suficientes, y así se mantuvo unos años hasta que la costumbre se perdió (por mandato del gobierno colonial canadiense, entre otras cosas).

Ahora veamos otro absurdo aparente

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Lo primero que se viene a la cabeza de más de uno es una variante de “Cuanta tontería hay por el mundo”. Sin embargo, yo creo que puede tener una lógica relativamente paralela al Potlatch.

El feminismo, por simplificar, es un movimiento emancipador occidental moderno. En sus bastantes décadas de existencia, luchó con éxito para que las mujeres fueran logrando distintos éxitos de equiparación e igualdad de derechos con el 49% restante de la población. Uno de sus primeros hechos fue el derecho a voto, por el que las sufragistas se sacrificaron durante años y que en España fue impulsado por españolas inmortales como Clara Campoamor. Acceder a la educación superior, a puestos de trabajo apreciados y bien remunerados, a poder disponer de la herencia y los ingresos propios son hitos en el camino de una igualdad de derechos y oportunidades como la que disfrutamos hoy en día, inédita en la historia humana.

Nada que decir hasta aquí, claro. Y tampoco digo que todo el trabajo del feminismo (del feminismo bien entendido, se entiende) haya finalizado, sobre todo fuera de Europa pero también en ella. Sin embargo, una cosa es la reivindicación racional y otra esa bella afirmación de que consumir abejas es machismo. O, sin broma alguna, que se llegue a afirmar que la custodia compartida es violencia de género.

En este caso no hablamos de repartir salmones ritualmente. Lo que aquí está en juego es la economía de la atención. Lograr cierta cuota de atención tiene diversos resultados tanto personales y de prestigio grupal como prácticos, lo que queda a un golpe de Google. En su momento, las feministas pioneras tenían todo el trabajo por hacer, ningún apoyo financiero y sí toda la incomprensión; en 2016, hay muchísimo alcanzado, comprensión generalizada y recursos financieros disponibles.

Las aspirantes a lograr la atención ya no pueden reclamar situaciones cuya obviedad sea compartida por toda la población. No pueden reclamar derecho a voto, o disponer de la herencia, o cualquier otra de las grandes conquistas del pasado. Tienen que reclamar nuevas conquistas de igualdad, y sucede que hay actores ya establecidos en un campo que no llama tanto la atención como en el pasado. Como quiera que encima tienen a su disposición medios de comunicación de masas inéditos como son las redes sociales, el recurso es tan extremo como quemar una montaña de pieles de castor.

En ambos casos, el asunto parece absurdo. Pero cobra sentido cuando observamos que resulta cada vez más duro lograr la atención y el prestigio suficientes como para que tenga consecuencias. El jefe Kwakiutl tenía que quemar bienes y casas. La feminista radical que quiere captar la atención de sus pares puede tener la tentación de saltar puestos en el escalafón de la jerarquía de la popularidad con comunicaciones públicas aparentemente absurdas pero que tienen, probablemente, todo el sentido.

Y conociendo lo competitivo que es Twitter en el reino de la atención, parece funcionar: 5.231 seguidores a la hora de escribir este post.

El feminismo contemporáneo y el Potlatch

El valor de la vida

La vida es un don precioso. Cuando se acaba la vida de una persona a la que quieres lo vuelves a comprobar con dolor y con añoranza. Si esa pérdida se produce antes de lo que cabe esperar como un final de ciclo razonable, si de la persona cabía esperar décadas de actividad a tu lado, al dolor se le une la incomprensión, hasta la tentación de una rebelión inútil…

Hace media vida creé un modelo cultural para la percepción contemporánea de la muerte. En mi tesis, dividía la muerte como evento entre

  1. Estructural, la muerte aceptable en su inevitabilidad. La muerte de la persona mayor, que ha cumplido su ciclo, y que fallece por enfermedad.
  2. Antiestructural, la muerte inaceptable. La muerte de la persona madura o aún joven en un suceso impredecible, o bien tras una enfermedad que no debería acudir tan pronto.
  3. Aestructural, la muerte que no existe. La muerte del niño, que debería ser cosa del pasado. La muerte de la que apenas se puede hablar, so pena que sea un accidente o crimen. Lo imposible hecho posible y que apaga la palabra

El modelo se complejizaba por el tratamiento mediático y narrativo de los eventos, sobre todo cuando eran colectivos o cuando sus caracterizaciones destacaban por una diversidad de motivos. Algo que dejé de lado en su momento por su unicidad y dificultad fue el suicidio. Si una parte de mi trabajo se basaba en analizar las reacciones culturales a una muerte reconocida, ¿Qué se puede hacer cuando la reacción cultural es de una eficacísima censura? ¿Cuándo una serie de esfuerzos concertados se encaminan a negar que tal suceso, que cada suceso, ocurra?

Por motivos ajenos a la voluntad de la compañía, se ha interrumpido el servicio entre las estaciones de…

Una persona se ha arrojado al metro y está prohibido mencionarlo.

La verdad, escogí el tema de la cultura de la muerte desde el dolor de una pérdida. De una pérdida estructural, por enfermedad. Después de 2012, quizás habría escogido el suicidio emulando a Durkheim: como él, soy el superviviente de un suicidio, el de un gran amigo que me sumió en la desesperación y la incomprensión más profunda.

En la época en la que llevé a cabo el trabajo de campo y el análisis de mi tesis, la eutanasia no formaba parte del debate público principal ni era previsible. La muerte era un final, un accidente o el producto de la acción de un tercero. El suicidio era tan invisible como ahora, y no se planteaba dentro del debate mediático la intervención médica para finalizar la vida de una persona con su consentimiento.

Ya desde los 80, los cuidados paliativos son en realidad parte de una zona gris. No hay una intención deliberada de morir o de matar, pero la sedación terminal acorta la vida de una persona por sus propios efectos. Sin embargo, la idea es evitar el sufrimiento, no terminar una vida de manera deliberada.

La idea de la eutanasia activa, la intervención que acaba con la vida en un único evento farmacológico, merece un debate. Ha habido casos conocidos que han logrado visibilizarla y, desde luego, entiendo como innegociable partir desde una posición de respeto. El juicio moral está completamente fuera de lugar, y no somos nadie para imponer nuestro criterio a una persona  que quiere ahorrarse los últimos pasos de una patología terminal. Hay que apoyar a la persona en todo lo posible, pero no me siento capacitado para censurar a alguien que desee poner fin a esa situación.

El problema, claro, es dónde se coloca la barrera. Y ahí es donde es facilísimo pasar de un complicado problema humano a pasarse de frenada.

Desde hace 2 años, en Holanda es legal la eutanasia en casos de depresión. Es un problema brutal y que considero que tiene el potencial de convertir la buena muerte en una amenaza para la sociedad. Me explico.

No niego que el sufrimiento derivado de una depresión pueda llegar a ser demencial. Lo sé muy bien por experiencias muy, muy cercanas. Es algo terrible; de hecho, cuando el resultado es un suicidio lo que nos muestra es que el sufrimiento que la depresión ha provocado en la persona ha sido tal que ha derrotado hasta al instinto de superviviencia.

El problema lo encuentro en la decisión de un depresivo. Hay un momento muy gris en el que legalmente la persona es responsable de sus actos y, sin embargo, su perspectiva se halla radicalmente trastocada, hasta el punto de que la esperanza es imposible y el mañana una amenaza espantosa. Y es en esos momentos cuando desde los programas de eutanasia se pide a una persona que tome una decisión.

El acto del suicidio, en sí, depende de los medios al alcance del suicida. Es más probable cuanto más sencillo sea llevarlo a cabo. No es fácil conseguir una dosis letal de medicamentos, y es realmente duro ahorcarse o autolesionarse de manera directa. Imaginaos lo que tiene que superar una persona para arrojarse al vacío, por ejemplo.

Un arma de fuego facilita bastante el acto. Es un evento rápido (a menos que se haga mal), y para un suicida potencial un arma de fuego es una tentación de metal. Cuando mi abuelo era brigada, un cabo a sus órdenes se descerrajó un tiro con su arma reglamentaria. No lo viví, pero la impresión que dejó en mi madre era tan viva que, desde aquel día, aborrece las armas de fuego. Un pequeño movimiento es todo lo que se necesita.

Algo parecido, y muy americano, es el suicide by cop. Un suicida puede simular que amenaza a policías de gatillo fácil, o amenazarles de verdad. Sabe que en ciertos ambientes el policía va a responder con fuerza letal a una amenaza, y realmente es lo que busca. La sencillez terrible del acto es que la persona no tiene siquiera que apretar el gatillo. Va a transformar al policía en su verdugo involuntario.

Lo que considero que es un error terrible en las últimas iniciativas de eutanasia va en esta línea. Para empezar, ampliadas hasta llegar a la depresión logran el efecto inevitable de bajar la barrera de entrada al suicidio. El medio es indoloro, y lo que precisamente se pide de la persona es que decida cuando su juicio está catastróficamente afectado por la depresión. Se pide que decida sobre seguir vivo o no, y esa decisión puede llegar a incentivar la salida, en vez de la lucha. Realmente se reconoce un fracaso terapéutico y se niega toda posibilidad a que la persona logre remontar parcial o incluso totalmente su situación, de manera que logre recuperar una vida o, al menos, una cierta calidad de vida.

Si lo pensáis, es peor que un suicide by cop. Es más sencillo y está definido para que sea así. No va a doler. Lo que es peor aún, está aceptado y sancionado por la autoridad política y sanitaria y, a no mucho tardar, se puede conformar como valor positivo integrado en la cultura de esa sociedad. Si se es respetuoso con la libertad de la persona, el resultado final es que a las personas con depresión se les comunica desde el sistema sanitario, y hasta desde el resto de la sociedad, que su salida de este mundo es válida y aceptable.

Dado ese paso, no queda tan lejano el paso siguiente: si estás deprimido, llegado a cierto punto lo lógico es que recurras a la eutanasia. ¿Exagerado? Yo creo que no. Si el valor de la eutanasia para los depresivos se consolida, parece coherente. De hecho, ya se están dando pasos en este sentido: En Holanda se plantean permitir la eutanasia a personas mayores con cansancio vital. Al parecer, bastarían con dos entrevistas de facultativos para admitir la petición de la persona. Francamente, me parece demasiado fácil. Demasiado sencillo. Demasiado barato.

El problema no es sólo la letra de la ley. El problema peor es la consecuencia cultural de la ley. ¿Es imposible que, a unos años de empezar a aplicar esta norma, se termine por convertir en un hecho culturalmente aceptable? ¿Es imposible, a su vez, que el mayor recién enviudado se termine por asumir que lo suyo es que le den la pastilla?

¿Nuestros abuelos acabarían como las viudas en la India, en un sati, pero sin distinguir género? ¡Menudo ahorro para el sistema de pensiones, desde luego!

No niego la mayor de la eutanasia activa. No me veo en posición moral de hacerlo, por más que para mí la vida sea preciosa y siempre digna de ser vivida. Creo que las barreras de entrada  a la eutanasia deberían ser extremadamente rígidas y elevadas, para dar a la persona las máximas opciones posibles de dar marcha atrás. Y, por supuesto, deberían ser permisibles sólo en un reducido espectro de casos extremos: enfermedades degenerativas o terminales, principalmente.

Y no, la depresión no es irremediable ni terminal. Tengo muy cerca casos muy graves de depresión, con momentos realmente duros de sobrellevar. Pero son vidas dignas de ser vividas, que tras cada crisis vuelven a tener su espacio en este mundo, bajo el sol.

El problema definitivo es que tantos pasos liberalizadores de la eutanasia pueden transformarse en la resurrección de uno de los episodios más oscuros de la historia europea reciente: la aktion T4, que se aplicó sobre cientos de miles de personas con vidas Lebensunwertes Leben. Parece imposible, y de hecho las iniciativas actuales de eutanasia van en el sentido opuesto, hacia valores que se presentan positivos, de respeto a la voluntad individual y de comprensión hacia situaciones teóricamente irreversibles, o al menos inaceptables.

El problema de estas iniciativas es cómo acaben siendo aceptadas y digeridas por las sociedades. Si se pasa de aceptarlas a entenderlas como conducta previsible primero, y apropiada después, puede que no esté tan lejos el día en el que la voluntad explícita y del protagonista ya no sea condición enteramente necesaria. De hecho, en el caso de las personas con depresión, o de las personas recién enviudadas, me parece lícito poner en duda que su juicio sea aceptable para una decisión sin vuelta atrás. Pensad en una pareja que se ama en profundidad, y que uno de sus miembros muere.

¿Tiene sentido facilitarle el suicidio al superviviente?

¿El amor al prójimo no debería impelirnos a apoyar a esa persona en su dolor, a tratar de que empiece los siguientes pasos de la nueva etapa de su camino? ¿Es imposible que esa persona aporte más bien a este mundo?

Volviendo a mi modelo, se puede llegar a dar el caso de que se pase de un suicidio aestructural, invisible y censurado, a una muerte estructural, aceptada, aceptable y previsible. Una transición directa y sin escalas, y un valor cultural que llegue incluso a no ser discutible, o al menos difícil de cuestionar.

Y finalizo con la parte que me toca. Como dije, soy superviviente de un suicidio. Superar esa situación exige mucho, y deja una huella duradera. No puedo imaginar por lo que han pasado sus padres y hermanos, y no he tenido corazón de preguntarles ni he encontrado la forma de apoyarles.

Desde esta vivencia, lo que me gustaría es que se conociera la realidad del suicidio y su supervivencia. Me gustaría que se comunicara adecuadamente, que los próximos candidatos a suicida que quieren y que les quieren conocieran un poco más el daño terrible que dejan en los suyos. Es un gran trabajo por hacer, contra el que se yergue la censura cultural actual.

Imaginaos que la eutanasia por depresión se legalizara primero, y se aceptara culturalmente después. Los supervivientes de un eutanasizado no sólo se enfrentarían al dolor de la decisión de la persona. Se enfrentarían, en mayor o menor grado, a una percepción cultural que animaría a pensar que lo suyo es que un suicida se tome la pastilla. Lebensunwertes leben. Tu padre, tu hermano, tu pareja, tu hijo debe suicidarse y le vamos a ayudar.

¿Qué sociedad puede ser esa? ¿La fuga de Logan a lo bestia? ¿El puto carroussel?

Cada vez es más urgente que pensemos con cuidado en estos temas tan críticos, evitando como a la peste los clichés fáciles y demagógicos y sopesando con cuidado las consecuencias de las decisiones.

El valor de la vida