¿Donde están los europeos?

Esta mañana me ha venido como del rayo una idea sencilla:

Ahí se iba a quedar, entre mis adentros y twitter. Pero @versvs estuvo al quite, listo para la provocación

Así que no me queda otra. Seré breve.

El mundo de ayer, de Zweig, fue el año pasado para mí uno de esos libros que, aún en la cama, tienes que leer con el portaminas presto para subrayar y anotar. El cuadro que relataba no era desconocido, pero aún así me iba dejando una impresión dura y duradera conforme se desarrollaba.

Ese mundo de ayer apuntaba desde el principio hacia el espanto: ¿Cómo podía ser que en esos años y ese continente ocurriera otra cosa que el crecimiento sin pausa de aquél vergel de ciencia, cultura y conocimiento? Detengámonos por un momento a pensar en el plantel inagotable de artistas, pensadores, científicos, etc., que pululan, dialogan y crean por aquellos años. Mi propia profesión, la antropología, adquiere carta de madurez en la segunda década del XX por un señor austrohúngaro. Y lo cito porque he parado un momentito de hacer lo que él desarrolló, el trabajo de campo, para parir este post. Pensad en los creadores que más os motiven o inquieten de aquellos años: seguro que la lista no es pequeña.

El horror en dos pasos que desgranaba Zweig (la carnicería irracional primero, las oscuridades después) son tan conocidos que han perdido parte de su capacidad de dar miedo. Eso, de por sí, es algo que merecería que nos detuviéramos: ¿Corremos peligro de que los bichos pardos y rojos se hagan multirresistentes a las vacunas?

Pero hoy no. Hoy he necesitado detenerme en un enigma comparativamente pequeñito. Por cada Zweig, había ¿miles? ¿cientos de miles? ¿millones, para todo el continente? de receptores de ese alegre océano cultural. Una minoría, por supuesto, pero una minoría significativa que daba luz a sus días leyendo, escuchando, visionando ese patrimonio cultural único en la historia de la humanidad. Y sí, he dicho “único” y lo mantengo: esas dos generaciones produjeron cantidad, variedad y calidad como para una civilización entera. Física cuántica, amiguetes. Generaciones de escritores. Mi querida antropología floreciendo, sin saber que la amenazaba la oscuridad posmoderna.

Pues bien: ¿dónde están esos europeos amantes de la cultura?

Detengámonos por un momento. En aquella época, quienes podían acceder a la cultura elevada eran una minoría, entre los que se encontraban sólo uno de mis bisabuelos (no su hija) y esa proporción es hasta afortunada. No es que no hubiera radio, o siquiera dinero para conciertos: es que no se alcanzaba la preparación y costumbre mínimas para disfrutar de la música clásica. Otro tanto reza para la literatura, aunque quizás menos para nuestro caso español: para disfrutarla, había que adquirir la costumbre, y para eso hacía falta educación formal, dinero o acceso a los libros… y siquiera tiempo disponible para leer.

Hoy lo podemos dar por supuesto. Si no pagas por spotify (donde está la mayoría de la inmensa discoteca de naxos), de todas formas en youtube hay zillones de voluntarios que siguen colgando discos maravillosos de música clásica. Leer es más barato que nunca, la educación formal es universal y hay iniciativas como Gutenberg project, u otros de distintas cataduras. Mis abuelos padecieron distintas barreras infranqueables para disfrutar de esta infinita riqueza, pero nosotros no.

¿no?

Lo cierto es que algo pasa. El acceso es ilimitado, pero aparentemente el acceso real a la música clásica no es mucho más popular que a principios del siglo 20. Hablo de España, obviamente. Peor: si echamos la vista atrás un siglo, los literatos y su obra eran más populares y conocidos entonces que ahora. Aunque el porcentaje de personas con educación universitaria se haya disparado, tampoco tengo claro que se haya producido algo equivalente en el interés por los avances de la producción académica digna de ese nombre.

No hay tiempo. Pero luego hay personas que lanzan cienes de tuits al día. Son legión los que se zampan maratones de series, o los que discuten incansables sobre minucias que persisten en llamar “noticias”. Suma y sigue.

No hay tiempo para ese patrimonio cultural que prometía florecer antes de agosto del 14. Y ojo, no es como leer el Quijote. Para los adultos, ya no hay un profe que nos ponga la pistola de la calificación en la sien como efectiva amenaza para leer. O para escuchar. O para contemplar. Somos libres, y tampoco es cuestión de calificar a quien no disfruta del patrimonio cultural, teniendo opción de hacerlo. Su opción, libre y respetable, es no hacerlo.

Desde el respeto me tengo que preguntar por qué. Con sinceridad. A mí me resulta inevitable invertir tiempo en ese patrimonio, lo disfruto desde hace décadas, nunca tendré suficiente y siempre tendré poco y habré accedido a menos aún. Pero, ya digo, es inevitable. De ahí mi pregunta: ¿Cómo puede ser que no se haya generalizado el acceso práctico, real, efectivo, a ese patrimonio?

Y acabo como empiezo. Respeto. Vale. Pero eso no quita para que haya que señalar con el finger a un problema incómodo: un título universitario no tiene NADA que ver con ese patrimonio. Cuerpos de ejército de profesionales que han pasado por la universidad viven el resto de sus vidas ajenos a algo que sólo tendrían que pagar en tiempo. Y desde esa libertad que les mantiene ajenos, llega la consecuencia: no acceden a esa cultura, no son parte de ella. En lo que a cultura respecta, el título universitario es sólo papel timbrado a menos que se demuestre lo contrario el resto de la vida.

¿Donde están los europeos?