El error estadístico de la consideración contemporánea de la psicopatía

Psicopatía. You name it. El término que más os convenga, porque ni entre los especialistas hay acuerdo. Estoy leyendo un reportaje de The Atlantic sobre niños psicópatas, que nacen con la condición, y un párrafo me ha llamado la atención:

Psychopaths have always been with us. Indeed, certain psychopathic traits have survived because they’re useful in small doses: the cool dispassion of a surgeon, the tunnel vision of an Olympic athlete, the ambitious narcissism of many a politician. But when these attributes exist in the wrong combination or in extreme forms, they can produce a dangerously antisocial individual, or even a cold-blooded killer

No es la primera vez que me lo encuentro, pero ésta ha sido la vez que ha resonado en mi cabeza. No es la primera vez que leo que la psicopatía, en pequeñas dosis, es “útil”. Como dicen en el ejemplo, el frío desapasionamiento de un cirujano. ¿De verdad que toda persona concentrada en su trabajo y que es capaz de dejar sus emociones a un lado cuando la ocasión lo requiere es un psicópata? Mejor, ¿que tiene algo de psicópata? Una cosa es no ser capaz de sentir empatía y otra, muy distinta, ser capaz de controlar las emociones para lograr un fin (socialmente aceptable, se entiende).

A partir de aquí, es un coladero. O un verdadero problema. Según el artículo, y según una corriente de pensamiento identificable, el “ambicioso narcisismo” de un político no es intrínsecamente malo. Por más que el poder a disposición de un político logre que los rasgos psicópatas sean más comunes entre los políticos que entre la población normal, difuminar la diferencia entre las aspiraciones de un político y los rasgos psicopáticos hace menos malos a los segundos porque, según esto, todo es cuestión de escala. Un poquito está bien, o no está mal.

Lo verdaderamente malo es la figura clásica del psicópata fracasado. El individuo frío y depredador, el narcisista maligno, que sólo obtiene placer con el dolor y la destrucción extrema en otros. Los cientos de Ted Bundy y hombres lobo o del saco que han dejado huella en nuestra historia. Los monstruos que aprovechan el desorden para depredar, o que depredan hasta que se les pilla.


Como me dijo mi amigo Pío una vez, “la noticia es que el dueño muerde al perro”. Un monstruo es recordado por su excepcionalidad. Porque uno entre millones desciende tan abajo, y deja el reguero de daño extremo que deja. Giles de Rais es recordado 700 años después de sus crímenes.

No nos confundamos. Si tienes la horrible desgracia de que alguno de los tuyos tope con un hombre-lobo como éstos, se acabó para tu ser amado, y lo que te quede de vida estará trufado de dolor. Pobres familias, desde luego. Aún en los años absurdos en los que se suspendió la cadena perpetua, la sociedad encontró un loophole bajo la forma de los internamientos en psiquiátricos penitenciarios… aunque con la debilidad de que un mal diagnóstico puede desencadenar a un hombre-lobo, como ha pasado. Es evidente que la sociedad, como un todo, tiene que protegerse de ellos.

Pero es algo realmente infrecuente. En España, hablamos de casos individuales por década en todo el territorio nacional. Es dos o incluso tres órdenes de magnitud más improbable que te toque la lotería. Por más que sean una amenaza para la sociedad en su conjunto, no lo son para ti o para mí, estadísticamente hablando. Afirmando que la psicopatía es un problema cuando se llega a la figura del fracasado, lo que se está afirmando es que la psicopatía no es un problema de probable padecimiento para una persona o una familia. Estadísticamente hablando, la víctima de un psicópata será otro.

Y no es correcto. Porque, por cada hombre-lobo, hay ¿centenares de miles? de personas de poderosos rasgos psicopáticos. Personas que mantienen el control, que nunca van a matar porque entienden perfectamente las consecuencias y viven muy bien como viven. O incluso porque eso de hanniballectear no va con ellos. No es su rollo.


Su rollo es mentir. Intoxicar. Parasitar la vida ajena: hazme un favor. Hazme otro. Créete lo que te cuento de fulano. Deja de lado a mengano. No me llega el dinero, necesito para. Hazlo por mí, yo lo haría.

Lo que tampoco va con ellos es ponerse en lugar de los otros. Nunca son responsables de sus actos, porque la culpa es siempre del mismo: de Otro. Las personas, para ellos, somos ovejas. E instrumentos. Bípedos interesantes, que aprenden a analizar para aprovecharse de ellos o para victimarlos por puro placer sádico. Puede que no les desmembren, pero van a enfocar en ellos sus poderosas capacidades de intoxicación y mentira hasta hacer de su vida familiar, laboral o de amistad un infierno pequeño, o no tan pequeño.

Van a reclutar aliados. Mediante el halago y la fabulación constante, tratarán de que algunos cercanos se pongan de su lado para sus propósitos. Para victimar a otro, o para ayudarles a sostener sus mentiras-boomerang. Porque ocurre que la mentira poderosa es la que también es verdad para su creador, de manera que no tiene que dudar de ella.

Mientras, los no halagados sienten que algo no va bien. Empiezan a atar cabos, y cuando se acumulan las mentiras llegan a desconfiar por sistema. A habituarse a recordar lo que su hombre-lobo particular dijo en tal o cual momento. Incluso a apuntarlo. Si son lo suficientemente constantes, comprobarán cómo lo que sale de su hombre-lobo es básicamente mentira, sin freno, sin límite.

No les habrá matado. Les habrá costado una amistad. Una parte de las relaciones familiares. Un despido. Pero el durante habrá sido malo, o peor. Habrá sido una experiencia frustrante, agotadora, que les animará a desconfiar en un futuro. Habrán sido puestos a prueba, y les habrá forzado a cuestionar parcelas importantes de su cotidianidad, de su querida normalidad. Habrá dejado una huella de dolor indeleble.

Para los grupos, es lo mismo. Relaciones familiares rotas, redes de amigos disgregadas. Empresas dañadas o hundidas por comportamientos depredadores, parasitarios o tóxicos. Organizaciones sociales disfuncionales y hasta dañinas gracias a la labor incansable de muy pocos. Gobiernos de distintas escalas parasitados por personajes fundamentalmente dañinos.

El problema no es el hombre-lobo con las fauces manchadas de sangre, que deja su huella en la Historia con mayúsculas. No, ése no es un problema probable. Es narrativo, pero estadísticamente insignificante. El problema es esa bestiezuela de un grado de aberración muy inferior, aparentemente capaz de vivir en sociedad, pero que va dejando su reguero de daño.

Seguro que no habéis conocido a un Ted Bundy. O eso espero. Sin embargo, es altamente probable que hayáis topado con un mentiroso compulsivo. Con un manipulador, un intoxicador. Un amigo o familiar parásito que no tiene límites a la hora de pedir favores, y que nunca tiene la culpa de las cosas malas que pasan con frecuencia a su alrededor.

Ellos son el verdadero problema. Y no son sólo capaces de dejar las emociones a un lado, o no son sólo ególatras en busca de poder. No son como la mayoría de las personas, porque al final lo que les falta es suficiente corazón y un mínimo de amor a la verdad.

De ellos no se nos advierte, o no lo suficiente. Al final, te toca pasar por ello y bandearlo como puedas. Lo que es peor, últimamente empieza a estar peligrosamente de moda asumir que no es para tanto. Que en pequeñas dosis no es malo. Que todo es cuestión de versiones.  

Que las ovejas no seamos santas ovejas no nos deslegitima para tratar de protegernos de los lobos. Y de los chacales que aúllan con voz melíflua. Al contrario que esta peligrosa corriente que menciono al principio, es evidente que no todo es lo mismo, y es necesario que se hable: que los chacales viven entre nosotros, y que no merecemos sus miasmas.

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