El feminismo contemporáneo y el Potlatch

El potlatch era una costumbre ritual de los Kwakiutl y otros pueblos nativos de la costa oeste americana. Es un ritual que se emplea en antropología para explicar la lógica subyacente a toda práctica y creencia cultural establecida, por más que desde fuera parezcan absurdas.

Empiezo bien, ¿eh?

Sigo

La costa de la Columbia Británica era una tierra rica para cazadores recolectores. Cuando fue registrado etnográficamente el Potlatch, consistía en una fiesta competitiva entre jefes, que repartían todo tipo de dádivas locales o intercambiadas con europeos, o incluso llegaban a destruirlas y a destruir sus propias casas rituales para demostrar lo mucho que les sobraba. Así contado, parece indefectiblemente absurdo.

Lo cierto es que era completamente lógico. Pocas generaciones antes, el Potlatch sólo integraba reparto de bienes (salmón, pieles, etc.). El jefe que repartía más a más familias atraía más lealtades, y sus viejos y nuevos leales marchaban con él a las campañas estacionarias. Dichas campañas consistían en elegir las desembocaduras y cauces de algunos ríos para capturar el máximo de salmón posible.

Con tal de no elegir un río que esa temporada recibiera pocos salmones, a más leales se capturaría más salmón. El salmón se preservaba y se consumía el resto del año, y de cualquier forma en el Potlatch siempre había salmón suficiente para que todas las familias consiguieran algo y no se fueran de vacío.

De esta manera, una competición entre líderes tenía como resultado una redistribución optimizada de un recurso abundante, pero altamente variable a lo largo de una enorme costa.

El problema se presentó por dos motivos:

  1. Los europeos comenzaron a comerciar con ellos, y el intercambio de pieles les proporcionó un nivel de riquezas inédito hasta entonces
  2. Los europeos trajeron accidentalmente consigo enfermedades que, como en el resto del continente, diezmaron a la población

El resultado era que los jefes tenían que competir con más recursos a su favor para atraer la atención de menos familias. Competir con salmón ya no era posible, porque tenían más del que nadie podía consumir. Además, conseguir el máximo de partidarios era crítico porque con la población disminuida, ya no era fácil lograr el número suficiente de brazos para hacer una captura suficiente de salmones.

¿Consecuencia? Que los jefes ya no sólo redistribuían, sino que empezaron a quemar bienes para demostrar que eran más ricos y poderosos que sus rivales. No había otra forma de atraer brazos suficientes, y así se mantuvo unos años hasta que la costumbre se perdió (por mandato del gobierno colonial canadiense, entre otras cosas).

Ahora veamos otro absurdo aparente

cxqeldoxuaagcwo

Lo primero que se viene a la cabeza de más de uno es una variante de “Cuanta tontería hay por el mundo”. Sin embargo, yo creo que puede tener una lógica relativamente paralela al Potlatch.

El feminismo, por simplificar, es un movimiento emancipador occidental moderno. En sus bastantes décadas de existencia, luchó con éxito para que las mujeres fueran logrando distintos éxitos de equiparación e igualdad de derechos con el 49% restante de la población. Uno de sus primeros hechos fue el derecho a voto, por el que las sufragistas se sacrificaron durante años y que en España fue impulsado por españolas inmortales como Clara Campoamor. Acceder a la educación superior, a puestos de trabajo apreciados y bien remunerados, a poder disponer de la herencia y los ingresos propios son hitos en el camino de una igualdad de derechos y oportunidades como la que disfrutamos hoy en día, inédita en la historia humana.

Nada que decir hasta aquí, claro. Y tampoco digo que todo el trabajo del feminismo (del feminismo bien entendido, se entiende) haya finalizado, sobre todo fuera de Europa pero también en ella. Sin embargo, una cosa es la reivindicación racional y otra esa bella afirmación de que consumir abejas es machismo. O, sin broma alguna, que se llegue a afirmar que la custodia compartida es violencia de género.

En este caso no hablamos de repartir salmones ritualmente. Lo que aquí está en juego es la economía de la atención. Lograr cierta cuota de atención tiene diversos resultados tanto personales y de prestigio grupal como prácticos, lo que queda a un golpe de Google. En su momento, las feministas pioneras tenían todo el trabajo por hacer, ningún apoyo financiero y sí toda la incomprensión; en 2016, hay muchísimo alcanzado, comprensión generalizada y recursos financieros disponibles.

Las aspirantes a lograr la atención ya no pueden reclamar situaciones cuya obviedad sea compartida por toda la población. No pueden reclamar derecho a voto, o disponer de la herencia, o cualquier otra de las grandes conquistas del pasado. Tienen que reclamar nuevas conquistas de igualdad, y sucede que hay actores ya establecidos en un campo que no llama tanto la atención como en el pasado. Como quiera que encima tienen a su disposición medios de comunicación de masas inéditos como son las redes sociales, el recurso es tan extremo como quemar una montaña de pieles de castor.

En ambos casos, el asunto parece absurdo. Pero cobra sentido cuando observamos que resulta cada vez más duro lograr la atención y el prestigio suficientes como para que tenga consecuencias. El jefe Kwakiutl tenía que quemar bienes y casas. La feminista radical que quiere captar la atención de sus pares puede tener la tentación de saltar puestos en el escalafón de la jerarquía de la popularidad con comunicaciones públicas aparentemente absurdas pero que tienen, probablemente, todo el sentido.

Y conociendo lo competitivo que es Twitter en el reino de la atención, parece funcionar: 5.231 seguidores a la hora de escribir este post.

El feminismo contemporáneo y el Potlatch