El idioma de intercambio de la Unión Europea

Tradicionalmente, el idioma auxiliar o de intercambio internacional ha sido definido por las relaciones de poder. El griego (koiné), el latín, el francés, hasta el español lo han sido. Desde la 2ª Guerra Mundial, el que toca es el inglés.

No es el peor que podría tocar. Su gramática es muy cómoda y sencilla, y su extensísimo vocabulario muy útil para muchas situaciones. Sin embargo, la falta de reglas fonéticas convierte en un infierno la pronunciación del lenguaje escrito, y los acentos no siempre son comprensibles entre sí (sobre todo, los acentos de los no nativos). En Europa se ha estandarizado de facto una “pronunciación europea”, que entrecomillo por mi falta de seguridad al respecto. Parece ser un mínimo común múltiplo, donde la pronunciación es clara para la mayoría de los hablantes. Menos vocales, vocales más abiertas, quizás pronunciación menos rápida.

¿”Inglés europeo”?

Inglaterra está enclavada geográfica y culturalmente en Europa. Sin embargo, hace 4 días los británicos decidieron por un escueto 2% separarse de la Unión. Parto de la base de que es un movimiento populista (por lo tanto, estúpido por parte del votante que lo suscribe), y que daña gravemente a UK y también al resto de los países de la UE. Con toda probabilidad les daña más a ellos, y de hecho es posible que se haga un segundo referéndum, como ya pasó con Irlanda cuando el Tratado de Niza (la primera vez votaron No, hubo que hacer un segundo referéndum y ya votaron sí).

En otra ocasión quizás hable de los inconvenientes de los referenda, que tal cual se implementan están muy lejos de “expresar la voluntad popular”. Hoy prefiero hablar del idioma

Si se invoca el Art. 50 y UK sale de la Unión, nos encontraremos con que el idioma auxiliar de facto es hablado nativamente por el 1% de habitantes de la UE que son los irlandeses. Tendría más sentido demográfico que se empleara el danés, el holandés o el polaco a ese respecto, pero evidentemente no va a ser así.

El Brexit es un perjuicio objetivo, pero también una oportunidad. A la espera de concretar si se produce o no, estoy convencido de que es el momento para la reflexión. Es evidente, por la historia previa, que necesitamos al menos un idioma de intercambio para trabajar entre distintos países de la Unión.

Hasta la fecha ese idioma ha sido el inglés (de facto, no de norma). Eso producía un desequilibrio tan grave y patente que resultaba invisible: una minoría de habitantes de la Unión empleaban su idioma materno para los intercambios, y el resto no. En alguna ocasión que me ha tocado negociar en un grupo intereuropeo, y mi experiencia era que todos nos entendíamos bien… menos el inglés. Como el chiste. El inglés no se esforzaba en hacer su lengua comprensible, y como resultado era más compleja de seguir en un debate rápido que el inglés que empleaban alemanes, franceses o italianos.

No era discutible porque es el idioma internacional de intercambio, el koiné del siglo 21. Sin embargo, el Brexit nos puede poner ante los ojos la aberración que supone el inglés como idioma de intercambio de la Unión. Es desequilibrado y, de forma muy sutil, un imperialismo cultural que al final ha resultado un freno tan sordo como eficaz para la integración europea.

El inglés no ha colaborado en la construcción europea porque no era el idioma de todos. El idioma de todos sólo puede serlo si no es de ninguno en particular.Y lo mismo que los gobiernos británicos han frenado los procesos de integración europea en distintas ocasiones, el inglés ha impedido el trato en condiciones de igualdad.

Si finalmente UK sale de la Unión, ¿Tiene sentido emplear el inglés en instancias europeas?

La oportunidad del Brexit es señalar al elefante en la habitación. El inglés debería dejar de ser el idioma de intercambio si queremos progresar en los Estados Unidos de Europa, sea cual sea su forma final. Quiero pensar que aún hoy el sentimiento proeuropeo es mayoritario entre los habitantes de la Unión, y por lo tanto agradecerían nuevos pasos en esa dirección.

¿Cuál sería el idioma de intercambio?

Evidentemente, no ninguno de los mayoritarios. No el francés, el alemán, el italiano o el español. Sólo reproduciríamos lo que ha sido un freno y un error. No, de hecho, ninguno de los idiomas locales de la Unión

¿Cuál, entonces?

Un idioma construido. Un idioma auxiliar creado para el intercambio desde el principio, que fuera de ninguno y por lo tanto de todos.

Cada vez que he nombrado la posibilidad de adoptar un idioma de intercambio, las más de las veces me he encontrado con reacciones negativas. La más común de las cuales era “los idiomas de la calle no se pueden crear”. Esa respuesta se debe al prejuicio y al desconocimiento de otros contextos. Tres ejemplos:

  • El hebreo: cuando acaba la segunda guerra mundial, la mayoría de los judíos no usaban el hebreo en su vida diaria y, de hecho, no lo entendían. Para construir el Estado de Israel, los inmigrantes tuvieron que aprender un idioma ajeno para casi todos (al ser semítico, es muy diferente de los idiomas europeos). El éxito fue indiscutible pese a esa dificultad, y la inmensa mayoría de los habitantes de Israel posee un nivel completo de hebreo (de dalet para arriba)
  • El turco: cuando Kemal el padre de los turcos reconstruye el Estado de Turquía, toma con los suyos la decisión de crear una nación libre de las ataduras con los árabes y el árabe, a las que culpaban de su retraso. Sus especialistas crearon el turco moderno, hasta tal punto de que los abuelos no entendían la lengua de los nietos. En dos generaciones el cambio se completó.
  • El indonesio: miles de islas, cientos de idiomas. Mala receta para construir un país tras la descolonización. Los nuevos gobernantes encargaron a un equipo de lingüistas la normalización de un dialecto del malayo para disponer de un idioma común para el enorme archipiélago. En la actualidad, ese idioma es una eficaz lengua auxiliar para la inmensa mayoría de la población.

Se puede hacer si hay voluntad. Hay suficientes precedentes como para asumir que, con la suficiente voluntad, el éxito es muy probable. El motivo es evidente: la construcción europea. Lograr el sueño de los padres de la Unión en las mejores condiciones posibles, las de una estricta igualdad entre los ciudadanos que transforme el sueño en identidad común.

No hablo de renunciar a la nacionalidad y cultura propias. Me siento especialmente a gusto con mi identidad, lengua, símbolos y costumbres españolas. Pero las entiendo como completamente compatibles con una ciudadanía europea, un idioma de intercambio y más y mejor Europa.

¿Qué idioma de intercambio?

Hay, al menos, tres posibilidades:

  • Interlingua, mi preferido. Es muy sencillo de aprender para los hablantes de lenguas romances y también fácil para los que hablen inglés o alemán. Une una gramática muy sencilla (parecida a la inglesa), con un vocabulario creado a partir de la “media” entre las 5 lenguas de origen y 2 de control. Un texto de ejemplo: Interlingua es un lingua auxiliar international naturalistic basate super le vocabulos commun al major linguas europee e super un grammatica anglo-romanic simple, initialmente publicate in 1951 per International Auxiliary Language Association (IALA).
  • Esperanto, el más conocido. Más complejo de aprender, aunque con algunas ventajas. Lo veo más difícil que el anterior porque exigiría un mayor esfuerzo a la población. Como podéis comprobar, no es obvio de entenderlo directamente: Esperanto (origine Lingvo Internacia) estas la plej disvastigita internacia planlingvo.[5] La nomo venas de la kaŝnomo “Dr-o Esperanto”, sub kiu la judakuracisto Ludoviko Lazaro Zamenhofo en la jaro 1887 publikigis la bazon de la lingvo. La unua versio, la rusa, ricevis la cenzuran permeson disvastiĝi en la 26-a de julio; ĉi tiun daton oni konsideras la naskiĝtago de Esperanto[6][7]. Li intencis krei facile lerneblan neŭtralan lingvon, taŭgan por uzo en la internaciakomunikado, tamen ne anstataŭigi aliajn, naciajn lingvojn..
  • Otro idioma construido para este propósito. Si bien considero que interlingua es la mejor opción para nuestro propósito, no se puede descartar que algunos especialistas puedan hacerlo mejor. Creo que el criterio debería primar la rapidez de aprendizaje y la legibilidad desde cero.

No soy optimista. Creo que la mayoría quiere ser europeo mientras no le suponga un esfuerzo. Creo que la identidad europea sigue siendo un sentimiento superficial, o no lo suficientemente profundo. Entre otras cosas, creo que se debe a la lejanía con la que se perciben a las instituciones europeas.

Las más de las veces que he mencionado esta idea, las respuestas han ido del rechazo a la indiferencia. No tengo razones para pensar que a corto plazo fuera diferente.

Sin embargo, estoy convencido de que necesitamos una Unión fuerte, que proteja nuestros intereses comunes y nuestra cultura cívica y modo de vida. Los socios, por separado, serán cada vez menos capaces de protegerlos y estarán más a merced de los vaivenes internacionales.

Y cada vez estoy más convencido de que, sin identidad, no se construye la Unión. Y sin lengua común, no se construye la identidad.

 

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El idioma de intercambio de la Unión Europea

¿Qué es el Real Madrid?

Nota: post aparecido originalmente en el blog de empresa

Disclaimer: lo que va a continuación es un análisis cultural. Si el Real Madrid – mi equipo – produce rechazo, lo mejor es ahorrarse sufrimientos y no seguir leyendo

Comenzaré posicionándome: el fútbol me produce reacciones tibias las más de las veces. No me va la vida en ello ni me desgañito si mi equipo pierde. No tengo particular manía ni odio a ningún otro equipo, y tal posición me parece profundamente irracional. Además, me entristece el coste de oportunidad que representa el fútbol para España: los millones de euros invertidos en fútbol no van a otros objetivos más necesarios y de más recorrido.

Dicho esto, no puedo evitarlo: el Real Madrid es una parte esencial de mis raíces. Cuando lo veo jugar, me transformo y vocifero para bien y para mal. Es mi raíz porque mi padre es madridista, y mi abuelo y su hermano mayor eran madridistas y, antes de ellos, ser madridista era imposible. Véase.

carnet Real Madrid Luis Chulilla

Ese señor era mi abuelo Luis, que en paz descanse. Socio nº 23, como podemos ver. No dispongo del carnet de su hermano mayor Julio, socio nº2. Su hijo Julio hace una semblanza de Julio Chulilla Gazol que cuenta, mejor de lo que podría hacerlo yo, esa relación identitaria de la familia.

DELANTE DE LA VALLA

Por Julio Chulilla Sainz

Vine al mundo el 23 de abril de 1923. Mi padre, madridista de pro, se encontró con dos momentos difíciles: el nacimiento de su hijo y la inauguración del campo de Ciudad Lineal. Metió tanta prisa que pudo llegar a ambas cosas: yo nací a las 13:15 y el partido empezó a las 16:00 con su presencia ¿qué pensaría mi madre? Y eso que era su primer hijo. Esta es la historia. Un estudiante de aduanas, llamado Julio Chulilla Gazol, tenía otra pasión: el fútbol.

Era tanta su ilusión que dejó los estudios y empezó a jugar en distintos equipos: la Gimnástica, el Iberia y, por último, el Madrid F. C. Dado que el deporte no daba para mantener una familia puso una imprenta en la calle Pelayo, 46 llamada Tipografía Hispana, donde se empezó a editar la revista deportiva Madrid Sport. Del negocio no entendía nada, solamente la parte comercial. Tenía muchos clientes ya que era pequeño de estatura pero grande de corazón.

El trabajo aumentaba y en 1921 se asoció con Felipe Angel Rodríguez, también socio del Real Madrid, con el número 31. Se trasladaron a la calle Torrecilla del Leal, 17, con el nombre comercial de Chulilla y Angel. Quien se dé una vuelta por allí todavía podrá ver el local. La vida deportiva del “ratón” Chulilla, uno de los fundadores del Club y socio número 2 en el Madrid de entonces, fue de 1905 a 1912. Después el club le demandó más responsabilidad: la secretaría, en la que estuvo de 1912 a 1924. Dado que venía con los motes, le llamaban «el perpetuo».

Para imaginarnos lo que era el Madrid en esa época, tenía el despacho de la secretaría en una habitación de su propia casa. Pero su “amor” hacia el club era tanto que quería meternos a todos ese entusiasmo y como no podía ser de otra forma, empecé a ir al campo del Madrid con cuatro años. Nos colocábamos detrás de la portería y yo aprovechaba a ponerme delante de la valla y, bajo la atenta mirada de mi padre, recoger los balones que salían del terreno de juego. Es difícil olvidar, además, que en esa zona estaba el marcador y el gran reloj de Coppel.

Con 15 años empecé a tener más relación con el Real Madrid. Era nuestro principal cliente y, como buen aprendiz que había empezado a ser, tenía que estar a lo que me mandaran; me tocaba llevar los trabajos, carteles y billetajes a las pequeñas oficinas del club, que se convirtieron en nuestra segunda casa. Si me cruzaba con D. Santiago Bernabéu por algún despacho, siempre me decía “«hola hijo, da un abrazo a tu padre que es muy grande»”. Así llegó el 7 de enero de 1960, día en que falleció mi padre.

El Madrid envió una corona y fue D. Santiago a casa a darnos el pésame. A mi madre le dijo: «mientras yo siga en el Madrid seguiremos trabajando con su imprenta» y así se cumplió. Los cambios en las directivas del Club, después del fallecimiento de D. Santiago, hicieron que poco a poco su palabra se dejara de cumplir. En abril de 1984 hicimos el último trabajo para el Real Madrid; el haber trabajado para él en exclusividad hizo que el negocio se cerrara.

Por ello y siendo socio número 612 me di de baja, pero a pesar de todo, el plomo, la tinta y la sangre madridista todavía corren por nuestras venas. Que esta historia y mi padre el “ratón”, por un lado, y el “perpetuo”, por otro, ocupen el lugar que corresponde en este año del centenario del Madrid Football Club.

Julio Chulilla Sainz es hijo de Julio Chulilla Gazol, fundador del Madrid «Foot-ball Club».

Me disculparéis que cite textualmente la parte que corresponde del artículo de El Mundo. Me he sorprendido recientemente con la desaparición de un artículo que publiqué hace 14 años y, como quiera que me importa mucho este tema, no corro riesgos.

Imaginaos cómo ha sido mi infancia. El madridismo en mi familia no se discute: se transmite. No pocos de los cuentos familiares tienen al Madrid como contexto, en una relación larga y emocionalmente irrompible. A veces me disgusta la dedicación de mi padre al fútbol, pero luego recuerdo las tardes que pasó con su padre en Chamartín y lo entiendo, vaya si lo entiendo.

Entenderéis que el Madrí no es para mí el equipo de los galácticos. No conecto con la empresa globalizada que es hoy, y probablemente mi forma de sentir el equipo tenga profundas diferencias con no pocos de los demás madridistas. De hecho, sólo este 2016 he tenido una camiseta del Madrí, porque mi nene está intenso y encendido con los colores y me arrastró, por así decirlo. Ojo, eso no quita para que, cuando el Madrí gana algo y me voy a pasear por la calle, comparta la alegría con otros madridistas cuando nos gritamos “¡Hala Madrí!” o tocamos el soniquete correspondiente con el claxon.

Si mi Madrí no es exactamente el Real Madrid actual (aunque sí en esencia), la distancia con el Real Madrid globalizado es mucho, mucho mayor. Los días posteriores a la undécima me impresionó mucho ver estas fotos:

real madrid iraq

Que viene de esto:

Este mundo globalizado, en el que el Real Madrid es también un producto altamente exitoso, ha traído consigo peñas madridistas hasta en los lugares más insospechados (como éste, ahí es ná). Uno esperaría que en un país destrozado como Irak la gente no tiene tiempo o necesidad de seguir al Madrid, pero al final su realidad se hace más llevadera cuando ven un buen partido. El deporte rey genera emoción más allá de las barreras idiomáticas y culturales.

Por si alguno no supisteis de ello, el 12 de mayo de 2016 el Daesh atentó contra una peña madridista en la ciudad de Balad, Irak, matando a 12 de los allí reunidos. El siguiente partido de liga, el Real Madrid portó brazaletes de duelo en recuerdo de sus seguidores asesinados. Ese gesto elemental, obligado, causó un fuerte impacto en los iraquíes, como podemos ver en la foto de los cadetes.

Los supervivientes del atentado dudaban en reunirse para ver la final de la Champions. Esa duda lo que hizo fue transformar para ellos al Real Madrid: ver la final era honrar a sus muertos y demostrar a la escoria inmunda que, como dijeron, la vida es más fuerte y no tienen miedo. El 29 de mayo, los amigos de los fallecidos volvieron a su peña para ver el partido, y gritaron tanto como nosotros por la victoria. Esos iraquíes madridistas han hecho del Real Madrid algo mucho más grande de lo que es para la mayoría de los aficionados globales, y me atrevería a decir que tan grande como lo es para mí.

Hay un mundo y más de un siglo de distancia entre el Madrid Football Club de mi abuelo y su hermano mayor, y el Real Madrid de victorias celebradas por los iraquíes. Mi Madrí ha acabado siendo más polisémico de lo que cualquiera habría imaginado hace 40 años. Hace mucho que dejó de ser de unas cuantas centenas de familias para pasar a ser de media España, y los éxitos internacionales le han impedido seguir siendo un fenómeno sólo nacional o aún europeo.

Ya sé que hay por medio miles de millones en márketing, en consumo de masas, en imagen corporativa. Me da exactamente igual: es imposible que no me emocionen mis historias familiares, y también se me humedecen los ojos al ver a esos iraquíes entusiasmados con mi equipo.

¡Hala Madrí!

 

¿Qué es el Real Madrid?

Mi hijo tiene mis manos

Ya tiene 8 años. Sus manos, y las de su hermana, ya no van a cambiar de forma sino de tamaño. Y ya es evidente: las manos de mi hijo son un calco de las mías, como las mías lo fueron de mi padre o de su hermano.

Son manos anchas, un poco bastas. De alguna manera, los dedos regordetes traicionan su aspecto y terminan siendo hábiles con objetos o instrumentos pequeños, porque a sus dueños les encanta trabajar con sus manos.

Todavía no sé si al nuevo dueño de esas manos acabará disfrutando al trabajar con las manos. Se concentra como yo, y le gustan las máquinas y cacharros como a mí.

En cualquier caso, lo que me impresiona es poner mi mano izquierda contra su mano derecha. El efecto es asombroso: es innegable que esa mano va a acabar ocupando el espacio como la que le precedió. Cuando mi tío ponía su mano contra la mía, eran intercambiables por completo. Eran la misma.

Hace 10 años, casi 11, que dejé de ser el último eslabón de esa cadena de transmisión. Conforme los nuevos van apuntando a lo que serán, los miro desde mi distancia y me quedo sobrecogido. Contento, pero muy impresionado.

Otras manos que harán.

Mi hijo tiene mis manos