La rana y el escorpión en España

De la wikipedia

un escorpión le pide a una rana que le ayude a cruzar el río prometiéndole no hacerle ningún daño. La rana accede subiéndole a sus espaldas pero cuando están a mitad del trayecto el escorpión pica a la rana. Ésta le pregunta incrédula “¿cómo has podido hacer algo así?, ahora moriremos los dos” ante lo que el escorpión se disculpa “no he tenido elección, es mi naturaleza”.

Cuando el escorpión pique a la rana española, ¿qué dirá esta? ¿Le reclamará al maestro armero? ¿Le tentará siquiera asumir la responsabilidad de sus decisiones, aunque sea por una vez?

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La ilustración turca es de una fábula previa, “la tortuga y el escorpión”. Entiendo que “tortuga” aplica más que “rana” a nuestro caso, por cierto

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La rana y el escorpión en España

“No les gusta la violencia, pero…”: atentado a Rajoy y sus consecuencias

Esta tarde, la red que invita a la reacción irreflexiva (también conocida como Twitter), ardía en comentarios sobre el atentado a Rajoy. Empleo “atentado” en su definición legal; concretamente, a menos que me corrija un jurista, la agresión a Rajoy se definiría como “atentado a la autoridad”.

Pues bien, el resumen más suave de los tuits no condenatorios ha sido “no me gusta la violencia, pero…” (un resumen genial de @aperalesf, por cierto). A partir de ahí, una gradación de la comprensión a la justificación y de ella a la celebración, que en sus extremos espero tenga consecuencias. A saber.

Ha resultado un episodio deprimente y preocupante a partes iguales. Deprimente, porque lo que ha demostrado es lo endeble de la cultura cívica y democrática de un porcentaje asustante de la población española. Esta parte de la ciudadanía, al parecer, no entiende que por encima de la persona y el partido está la institución del Estado. La presidencia del Gobierno, como tal institución esencial para la Nación, no puede ser vista según quien la ocupe por mandato de las urnas. Como consecuencia, la única reacción posible a un atentado a esa institución debe ser el rechazo.

Sin peros.

Que algo tan sencillo y obvio no se entienda y/o no se comparta deja muy claro que la corrupción no es el único de los grandes problemas de España, y quizás no sea el más importante. Quizás, por debajo, nos amenace la falta de cultura democrática y, con ello, que nuestra democracia sea más endeble de lo que nos gustaría creer.

El problema es aún peor. Lo que los celebrantes del atentado no han entendido es que es un precedente. Que ha habido mucha suerte de que el menor fuera con la mano y no con un cutter. No han entendido que otros menores con ideología opuesta lo pueden tomar como ejemplo, o como afrenta, o como ambas cosas, y empezar a buscar ocasiones para lograr una “hazaña” semejante con otro candidato a la presidencia del gobierno.

He insistido en que el agresor es menor de edad porque me parece que, según la infausta ley del menor, no puede recibir el castigo legal que le correspondería a un mayor de edad por un delito semejante. Es más, hay precedentes en la crónica de sucesos de menores de edad culpables de asesinato que no han penado cárcel, que han ido a un centro de acogida y, al cumplir los 18, a la calle y con nueva identidad para su protección.

A la espera de que algún partido cambie esa ley de trágicas consecuencias, se ha sentado un peligroso precedente. A nuestro favor, hay que señalar que la profesionalidad de las FSE hace extremadamente improbable que un suceso como el de esta tarde se repita. En eso confío, porque lo que se ha visto esta tarde es que una parte preocupantemente grande de nuestra sociedad no tiene asentada la cultura democrática de la que, seguramente, alardean.

“No les gusta la violencia, pero…”: atentado a Rajoy y sus consecuencias

#usagilipollas en vez de la discapacidad como insulto

Hemos mejorado muchísimo como sociedad. La opción sexual hace tiempo que es cuestión de cada uno, y cada vez está peor vista la discriminación basada en ella. La creencia personal, personal queda, y en la España del siglo XXI no hay forma aceptable de cuestionar en lo que cree un ciudadano. Las iglesias no católicas ejercen sus actividades con libertad, y las personas que creen que Dios no existe lo hacen sin temor a las consecuencias. Hemos llegado, incluso, a emplear la imagen de las personas con discapacidad en positivo y sin complejos

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Fuente: http://farmaciaacacia.com/la-vida-no-va-de-cromosomas-nueva-campana-de-down-espana-para-el-dia-mundial-del-sindrome-de-down/

Esta imagen cotidiana habría sido impensable hace… ¿20 años? ¿30 años? Probablemente no hace falta remontarse más. La discapacidad física o intelectual era vergonzante y las familias reaccionaban ante esa situación escondiendo a sus hijos todo lo que podían, encerrándolos en casa, por miedo al qué dirán.

Porque se decía.

Señalar con el dedo o decir cualquier barbaridad a una persona con discapacidad intelectual no era inaceptable en mi infancia en los años 70. No se había desarrollado todavía la sensibilidad que hacía censurable el ataque a la persona con discapacidad intelectual. Y las familias eran las primeras en sentir como vergonzante la situación de uno de sus miembros, porque así lo marcaba la cultura de la época o de las épocas precedentes. Mi padre, en sus viajes por Marruecos en los años 60, se encontró algunas veces en los zocos a personas con Down expuestas por un tercero como una atracción de feria, con los transeúntes riendo o echando monedas.

Sin embargo, que las cosas hayan mejorado no significa que no puedan mejorar, o que no tengan que mejorar. Y un aspecto importante es el lenguaje: lo mismo que ya es inaceptable acosar o insultar a una persona con discapacidad intelectual por la calle, debe volverse inaceptable el empleo de la discapacidad intelectual como insulto.

Para que eso ocurra, lo primero que tiene que ocurrir es que haya conciencia del problema que supone. Para ello, lo mejor que se me ocurre es un ejemplo. Imaginad al padre de una niña con down, que pasea por la calle cuando un propio le grita a otro “¡Pedazo de subnormal!”. Horas después, en una charla de bar, un parroquiano a su lado le dice a otro “Fíjate si será retrasado que no se le ocurrió otra cosa que…”. Y así cada día. Una cosa es que haya aprendido a convivir con semejante basura, y otra que no le afecte en ningún momento.

Y le afecta porque ama. Porque, para un padre normal, es su hija antes que la etiqueta de la nena. No quiero caer en el desatino de que las personas con discapacidad intelectual son sólo amor (porque es diametralmente falso), pero es innegable que son perfectamente capaces de amar. De hecho, la falta de desarrollo de la capacidad intelectual les facilita expresar el amor, o no se lo frena. Pensad en vuestros hijos o hermanos pequeños y en lo inmediato que les resultaba sonreír de oreja a oreja o dar un abrazo.

Cuando se insulta a alguien empleando términos como

* Retrasado
* Subnormal
* Mongólico
* Mongolo
* Monguer
* y un tristemente largo etc.

Se está insultando a alguien que no tiene discapacidad intelectual. Se está empleando la naturaleza y situación de las personas con discapacidad intelectual como algo denigrante, sucio y humillante.

Ante todo, diría que esto es remediable, al ser producto de la falta de reflexión al respecto. Las personas de bien que caen en el empleo de este tipo de insultos no se han parado a pensar en sus consecuencias. Nunca han considerado que lo pudieran estar empleando delante de un familiar de una persona con discapacidad intelectual, o que fuera moralmente inaceptable. Desgraciadamente, forma parte de nuestro paisaje conversacional cotidiano.

Pensar en ese padre o hermano de la persona con Down debería ser un freno que nos impidiera seguir empleando la discapacidad intelectual como insulto. Por otra parte, esto nos plantea un problema: es casi seguro que quien lea esto no es un santo con autocontrol perfecto y compasión infinita, y en ocasiones se puede ver en la situación de tener que insultar a alguien, preferentemente por algo que ha hecho.

Afortunadamente, el español es lo suficientemente rico como para ofrecernos alternativas. En la península, la más exacta y feliz sería gilipollas. La gilipollez no alude a ningún tipo de discapacidad. Cuando es ocasional, es algo que nos pasa a todos y que, en no pocas ocasiones, nos merecemos el epíteto. En mi poblacho manchego venido a más, nos lamentamos contundentemente por algo que no querríamos haber hecho o dicho con un “Pero mira que eres gilipollas, tunombreaquí“.

Cuando es menos ocasional y tiende a lo estable y habitual, tampoco es calificable como discapacidad. La gilipollez como naturaleza alude a una persona con capacidades intelectuales en la media, pero con una capacidad aparentemente infinita de soltar lindezas meritoriamente inconvenientes, de juzgar situaciones empleando el tercer ojo o, en general, de tomar la moda del momento como la enésima verdad incontrovertible. Es una persona que hace del mundo un lugar levemente más feo y menos soportable, pero nada más.

Cuando lo expliqué en casa, mi hijo me regañó por decir una palabrota. No es algo baladí: enseñar a los hijos a emplear gilipollas en vez de subnormal no es una buena idea. Es necesario que no empleen la discapacidad intelectual como insulto, pero a esas edades no aplica el lenguaje grueso. Mi hijo dio con la solución al momento: llamar “capullo”. Más aceptable, desde luego.

Después, podemos cruzar el charco y buscar ejemplos de nuestros hermanos de lengua. Los cubanos, por ejemplo, emplean el feliz término “comemierda”, en buena medida sustituyendo al “gilipollas” mesetario (hasta donde sé). El insulto exige variación, so pena de ejercer efectividad, y por ello esa importación lingüística me parece digna de consideración.

Alguno me podría acusar de emplear la coprofilia de manera denigrante. Y tendría razón: la coprofilia es denigrante. Sólo hay que recordar, con el consiguiente estremecimiento, al trans Divine deglutiendo un ñordo fresco de caniche en Pink Flamingos. Esta denigración tiene una base biológica, que es el rechazo fecal que los mamíferos carnívoros experimentamos ante los subproductos propios y ajenos por el riesgo de contaminación bacteriana que implican. Por ejemplo, al gorila le da exactamente igual dormir sentándose en sus heces, al estar compuestas de restos vegetales comparativamente inofensivos. Pero no verás hacer lo mismo al lobo carnívoro, que no caga donde come. Habría lo que matizar, pero ha llegado el momento de finiquitar este excursus.

Sobre todo, la coprofagia presenta una cualidad cultural universalmente denigrante. No hay cultura conocida para la que comer caca sea algo aceptable. Incluso hay culturas para la que es aceptable el canibalismo postmortem, pero no la coprofilia (hasta donde recuerdo de las HRAF). Una cosa es que haya “derecho” a la coprofagia, sobre todo en su variante de parafilia sexual extrema. Otra cosa es que ejercer ese derecho no denigre en color beis a quien lo hace.

Por supuesto, estoy abierto a la consideración de que un coprófago, con nombre y apellidos, conteste a este post recriminándome que estoy empleando su opción personal como insulto. Si es el caso, me parecerá un acto tan valiente que no tendre otra opción que reconsiderar la aceptabilidad de “comemierda”. O al menos, cabrá la opción de emplear “valiente comemierda” como una acepción positiva.

Es hora de acabar. Tras este pequeño interludio ligero, sólo me queda insistir en la idea central: el empleo de la discapacidad intelectual como insulto no debe ser aceptable. Tenemos que ser conscientes del daño que sigue haciendo, de la exclusión que sigue provocando, de cómo se sienten las personas con discapacidad intelectual y sus familiares y amigos al oírlo. En nuestras manos está que cambien las tornas y que este comportamiento quede relegado al pasado. Para ello, además de la censura propia y ajena, es necesario buscar alternativas. Ahí os dejo ese #usagilipollas como propuesta.

#usagilipollas en vez de la discapacidad como insulto

Damero maldito

Dicen que los dameros malditos de Conchita Montes fueron el mejor crucigrama jamás escrito en español. Imagino que no le falta razón a quien afirma eso, más que nada porque se publicaban en La Codorniz.

Además, creo que el término describe muy bien una idea que no sé si es maldita, pero seguro que es incómoda: un cruce entre religiosidad y ciencia

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Como podemos ver, dos de las cuatro categorías son aparentemente evidentes: el partidario de la ciencia y ateo, y el enemigo de la ciencia y creyente. Tenemos estigmas y casuística para aburrir en ambos casos: desde el new born christian creacionista, al Richard Dawkins como científico campeón del ateismo.

Lo cierto es que la ciencia no puede hablar de lo religioso strictu sensu. Su reino  es de este mundo. No hay aparato experimental ni modelo matemático que pueda explicar o desdecir nada metafísico, porque no es su función.

Esta posición de la ciencia encuentra reflejo en las dos posiciones incómodas del damero: el científico o persona cercana a la ciencia que alberga alguna creencia metafísica, y el ateo que cree, da pábulo o margen a pseudociencias, paraciencias y demás ralea. no puedo evitar ser asimétrico al respecto: como creyente, respeto profunda y esencialmente al ateo. Pero como amante satisfecho de la ciencia, no respeto en lo más mínimo a las pseudociencias, crecientemente populares. Soy crecientemente intolerante con el último resto de la medicina precientífica europea (la homeopatía) y no puedo aceptar las intoxicantes y falseadas importaciones de la medicina “tradicional” china: acupuntura, quiropraxia, uso de trozos (que no productos) de animales, etc. No acepto la aberración epistemológica que vienen en denominar el principio de precaución (al que tengo que darle fuerte con Popper algún día), y me molesta especialmente la falta de entendimiento del efecto de las fuerzas básicas (e.g., contaminación electromagnética, hipersensibilidad electromagnética, etc. ad nauseam) o el puro sinsentido que aparece y reaparece acerca del concepto de energía.

La ciencia es una amante generosa pero exigente: no para de regalarnos maravillas sobre el mundo, su funcionamiento y su devenir, pero en su reino no es compatible con las creencias que no han sido construidas empleando sus reglas: prueba empírica, falsabilidad, reproducibilidad, you name it. Una persona amante de la ciencia no puede aceptar, a la vez, la medicina científica y que tenemos una serie de canales en el cuerpo por los cuales circula una energía, el qi, y que muchas enfermedades están causadas por un flujo incorrecto de ese qi que se puede regular por medio de agujas, bastoncitos humeantes o fortísima presión con los dedos.

La primera categoría incómoda sería la persona cercana a la ciencia que tiene alguna creencia metafísica. Habréis adivinado que es mi categoría: para el mundo sensible y medible, no necesitamos más herramienta que la que nos proporciona la ciencia. Y cuando no hay posibilidad (al menos, de momento) para aplicar modelos matemáticos, no vale todo. Tiene que haber rigor, contrastabilidad, trazabilidad de las fuentes y otros ingredientes de la labor académica que no eran discutibles antes de la llegada de la peste posmoderna. Sin embargo, siento y creo en la existencia de una realidad más allá de lo que percibimos todos a diario. Por cultura occidental y trabajo personal, le he dado una forma concreta, que es el unitarianismo universalista, pero esa forma es una opción entre otras. La cuestión esencial para este grupo es mantener dos reinos separados de manera más o menos cómoda y tratar cada uno con las mejores herramientas disponibles.

Por otra parte, están los ateos declarados que no son intolerantes con las pseudociencias, que les dan cancha o que, directamente, las adoptan sin rubor. Esas personas que echan pestes sobre cualquier forma de religiosidad pero que dan margen a la homeopatía, que luchan con peligroso éxito contra la vacunación básica, que aceptan otras terapias no probadas científicamente o que aceptan creencias indemostrables sobre la realidad sensible.

Si la persona cercana a la ciencia y creyente le puede resultar incómoda a la persona cercana a la ciencia y atea, no tengo claro cómo reacciona ante el ateo alejado de la ciencia. Un estereotipo querido para algunos ateos cientifistas es que el creyente es anticientífico, que el anticientífico es creyente, y por idénticos motivos: como quiera que, para el ateo, la creencia metafísica es una superstición, creer en paraciencias es algo que vendría dado; para algunos ateos, su opuesto es el crédulo. Si aplicamos la misma lógica, todo ateo debería ser cientifista hasta donde llega su conocimiento y formación, porque no puede ser crédulo.

Esta imagen unidimensional de parejas equivalentes, ateo/creyente, científico/acientífico, escéptico/crédulo, etc., es cómoda. Sencilla. Satisfactoria. Presenta el posible problema de que es estigmatizante y tienta con la superioridad, pero ocurre que estigmatizar no supone un problema para todo el mundo.

Si dicha imagen unidimensional se ve amenazada por el cientifista creyente, el cientifista ateo podría afirmar que la cientificidad del creyente no es tal debido a su credulidad religiosa. No será la primera vez que me encuentro con que un ateo cientifista me dice que, como no se puede demostrar ni medir nada respecto a lo metafísico, lo metafísico no existe. Para estas personas, el non sequitur no existe, o bien su imagen unidimensional les resulta demasiado querida.

El problema se torna irresoluble cuando entra en escena el ateo paracientífico, el ateo que da oportunidades y cancha a las creencias palmariamente anticientíficas. ¿Qué puede hacer el ateo cientifista con él? Imagino que la tentación sería emplear el socorrido estigma de la credulidad… si no fuera porque esta persona es incrédula en lo más esencial para el ateo que es lo metafísico.

Esto nos llevaría a otra pregunta: ¿Todas las credulidades son iguales? Y sí, el planteamiento es preciso: por un momento estoy tratando de emplear los términos de ese ateo y colocar mi creencia personal en situación de credulidad

Veamos: por una parte tenemos la ciencia, las paraciencias y sus respectivos efectos. Volvamos a la acupuntura. Tenemos una serie de afecciones que la medicina científica trata con un conjunto de métodos y recursos determinados por investigación empírica contrastada. Tenemos, por otra parte, unas prescripciones milenarias basadas en el concepto de la energía qi que circula por unos canalas invisibles del cuerpo humano. Podemos dejar a un lado la detección de ese qi y centrarnos en sus efectos. Podemos, y se ha hecho, aplicar unas pruebas de doble ciego a dos muestra suficientes de pacientes. En una muestra se aplicará, para una afección dada, el tratamiento prescrito “oficialmente” a algunos, a otros se les administrará un placebo y a otros nada. En la otra, se clavarán agujas a algunos pacientes, se le administrará agujas-placebo a otros (clavándolas en cualquier parte no prescrita por los manuales acupuntores) y a otros no se les pinchará.

El resultado es evidente y medible. El doble ciego es una prueba muy madura para lidiar con el efecto placebo.

Otro caso aún más claro sería el de la vacunación: las series históricas muestran una correlación desgraciadamente evidente entre la ruptura de la cadena de la vacunación y la reaparición de enfermedades erradicadas en un territorio. Once and again.

¿Podemos hacer una prueba equivalente con las creencias puramente metafísicas? ¿Hay alguna forma de contrastar una afirmación de la ciencia sobre lo metafísico con una afirmación religiosa sobre lo mismo?

Sinceramente, me gustaría que alguien me corrigiera, pero hasta entonces lo tengo claro: la acupuntura y la medicina científica tratan fenómenos reales, objetivamente perceptibles y medibles. La ciencia trata esos mismos fenómenos, pero la religiosidad puede no tratarlos. Y digo “puede no tratarlos” porque es evidente que no ha sido así y para algunos siguen sin serlo. Por ejemplo, cuando los fundamentalistas de todo pelaje niegan la evolución. Pero hay una parcela de la religiosidad, la metafísica, ajena a la percepción objetiva, a la realidad sensible y mundana y a toda posibilidad ya no de medición, sino siquiera de discusión. La creencia no se puede demostrar, e incluso no se puede transmitir en su esencia verdadera fuera de convenciones históricas o de lenguaje. Se pueden enseñar los pilares culturales de un credo, pero no se puede forzar la creencia ni aún en el caso de que se pidiera. La creencia es un asunto inevitablemente individual, que está o no está y de forma no totalmente controlada.

Todas las sociedades civilizadas se articulan en base al principio de libertad de credo y conciencia porque es la única opción razonable. No hay forma de llegar a acuerdos con las creencias y con cada creencia, y a lo único que pueden aspirar las personas es a encontrarse con los que comparten su creencia o a convivir con los que no la comparten. Sin embargo, restarle espacios a la ciencia en los asuntos de este mundo, dar opciones a poner en pie de igualdad a la ciencia con la superstición, es negar el avance de la humanidad y tentar a la vuelta parcial de una Edad Oscura. Si todo el avance técnico que hemos acumulado nos llevara a una ciencia aceptada sólo por una minoría, la derrota como especie no podría ser más humillante. A la vez, sería causa y consecuencia de rendir todo control de nuestro destino.

Como conclusión final, me gustaría volver a la visión unidimensional entre ciencia y religión. Tengo la esperanza de que, en los términos estrictos en los que la he planteado, como poco se haya puesto seriamente en cuestión. Al menos, me gustaría pensar que la tolerancia entre religiosidad y su ausencia sea indiscutible. Sin embargo, por los mismos motivos estoy convencido de que la tolerancia no aplica a la paraciencia, tanto por su dominio de realidad como por sus efectos en los que sucumben a ella. La religión compatible con una sociedad secular no puede ser un problema; sin embargo, la paraciencia se ha demostrado como exitosamente adversa a la propagación de la ciencia y sus efectos (sobre todo en la salud, pero no sólo).

Creo que, como sociedades, estamos errando el tiro: crece la intolerancia entre posiciones religiosas, a la vez que no crece la intolerancia respecto a las paraciencias.

Damero maldito