Una historia de “mafias de la okupación”

El entrecomillado viene, en este caso, de poner en cuestión el término y posibles prejuicios al respecto. Bancos malos, okupas buenos y todo eso. Lo que os voy a contar es la historia que vivimos el mes pasado en un barrio trabajador de Madrid. Voy a disimular algunos datos para que no sea identificable ni la vivienda ni sus protagonistas, porque lo que me importa de todo esto es el estado actual de la tutela judicial efectiva en 2017 respecto a la vivienda en propiedad. O dicho de otro modo: ¿Cómo puede ser que si unas personas dañan una propiedad e irrumpen en ella, adquieran derechos hasta que el juez determine lo contrario? ¿Cómo pueden permanecer en la vivienda, sin que el legítimo propietario tenga algo que decir al respecto?

Madrid capital. Bloque de viviendas de barrio trabajador, en el que viven las personas que las compraron entre finales de los años 60 y principios de los 70. La más joven de las moradoras es una viuda de 76 años. Un lunes por la tarde, unos individuos rompen el enrejado y la persiana de una ventana del piso del antiguo portero (hoy, dedicado a reuniones, equipos y tareas comunitarias) y entran en el piso.

Nada más entrar, lo primero que hacen es llamar a la policía.

Ellos. Los que han dañado propiedad ajena y han entrado sin permiso en el piso.

La policía les identifica. Ellos les dicen que llevan 48 horas en el piso (flagrante falsedad, porque sólo hacía 3 horas la persona que limpia la finca había entrado en el piso para dejar los útiles de trabajo). La policía se va.

¿Por qué se va? Porque es lo que marca la ley en 2017. Porque las personas que han forzado la entrada en el piso han declarado que es su residencia. Hasta que termine un proceso judicial que puede durar desde meses hasta años, la policía no puede hacer nada sin el permiso del juez.

Este primer paso demuestra, como comunicó la policía cuando los vecinos denunciaron, que conocen perfectamente la letra de la ley y la aplican para casos así.

He de decir que la policía tuvo un trato exquisito. Informó de los límites de su actuación, y de lo que los vecinos podían y no podían hacer. Entre las cosas que no podían hacer era dar de baja el suministro de electricidad y agua, porque se considera coacción. No es la primera vez  que oigo algo parecido y, aunque no fuera así, da bastante igual: si se diera de baja el suministro y la compañía distribuidora de zona retirara el fusible, los okupas se dedicarían a colocar de nuevo el fusible, cuando no a enganchar “en directo” (con un peligrosísimo cable entre el embarrado y la acometida, sin elementos de protección de ningún tipo) con el consiguiente y muy real peligro de incendio.

En otras palabras, mientras durase la situación de ocupación, los vecinos tendrían que pagarles de una forma u otra la electricidad y el agua a los que habían invadido su propiedad común.

Hubo improperios y amenazas verbales por parte de los nuevos “vecinos”, que recibieron su correspondiente denuncia. Sin resultado a corto plazo.

Ahora bien, imaginaos el estado anímico de esos vecinos. Pensad en unas personas que han trabajado toda su vida, que han pagado sus impuestos y los plazos de sus hipotecas, que conviven de manera armoniosa (o, al menos, civilizada) y que, de pronto, entra un grupo de personas, lleva a cabo destrozos, impreca y amenaza. Poneos en el lugar de esos abuelos.

No se supo hasta más tarde, pero los okupas “vendieron” el piso a dos familias por unos cientos de euros. Estas familias aparecieron con unas furgonetas desvencijadas, muebles y enseres y empezaron a instalarse. Al menos no había amenazas ni imprecaciones, y hasta tuvieron el “detalle” de sustituir el bombín de la puerta. También pidieron una llave del portal. Tal cual. No se supo hasta el final de esta corta historia que habían empleado infiernillos o dios sabe qué para algo, y que habían quemado el parquet.

Los vecinos se pusieron rápidamente de acuerdo y contactaron con una empresa que soluciona estos problemas. Esta empresa garantizó solución en 24 horas, y mandó a dos empleados de aspecto físico imponente.

Lo que hizo uno de los dos armarios de tres puertas fue contactar con una persona que gozaba del predicamento de los nuevos ocupas, y negociar con él una “indemnización” para la salida del piso. La cosa quedó en 1.700€ para que estas personas se fueran, y pactar la renuncia a denunciarles. Era evidente que todas las partes (menos los vecinos, claro) sabían a qué jugaban, qué márgenes tenían y cómo poder solucionar la situación en beneficio de todos.

Los okupantes pidieron tres días para poder trasladarse de nuevo (pese a que habían tardado menos de 6 horas en trasladar sus (¿sus?) enseres), y no hubo mus. Se les concedió.

Finalmente se cumplió el plazo. Volvieron a aparecer los empleados de la empresa y acompañaron a las personas para que salieran del domicilio, sin ningún acto violento o ilegal. Todo era muy civilizado… aunque hubo un detalle final.

Preguntaba si eran sus enseres, y con motivo: como se había pactado una renuncia a denunciarles, los segundos ocupadores aprovecharon para transmutarse en langostas de lo inmobiliario y arramblaron con todo lo que no estuviera físicamente integrado en la vivienda. Por lo que me está llegando últimamente, parece ser un modelo de negocio en auge: se ocupa una vivienda y se negocia con sus dueños la salida a cambio de una indemnización, o se venden los “derechos” a otros que hacen lo mismo, o que se quedan sin pagar por tiempo indefinido.

Los vecinos han asumido todo como una derrama, lo que es lo más racional dadas las circunstancias. La empresa solucionadora cobró una minuta importante, pero se asumió con tal de acabar con una situación que estaba suponiendo un estrés brutal a los legítimos propietarios e inquilinos de las viviendas. Hay que insistir en su profesionalidad y eficiencia. Sin violencia ni más amenaza que su mera presencia, negociaron con rapidez y acabaron con un problema que se podía eternizar por meses y años y dar lugar a choques continuados, molestias o incluso más allanamientos o robos.

Contado la totalidad de los destrozos, el coste de tapiar y cambiar la puerta por una blindada, los bienes sustraidos y restos de gastos, la derrama supera los 6.000 euros.

Estos son los hechos. La policía no pudo hacer nada en un primer momento, una empresa eficaz solucionó el problema a cambio de una importante minuta y dos grupos distintos de personas han repetido un modus operandi ya maduro y, como podemos comprobar, extremadamente lucrativo.

Mientras, los imbéciles seguimos pagando nuestras hipotecas, alquileres e impuestos. Dedicamos una parte importantísima de nuestras vidas a trabajar para poder pagar todo eso, y a esto lo llamamos vida honrada.

No me quejo de la policía. Fueron exquisitamente profesionales, acudieron al minuto y se mantuvieron dentro de los límites que marca la ley. Es una interpretación mía, pero estoy convencido de que algunos de ellos habrían deseado que, por decencia elemental, la ley les permitiera echar a los ocupantes.

Tampoco me quejo de la empresa solucionadora. Hicieron su trabajo muy bien. Fueron caros, pero habría salido al final por algo parecido pagar a un letrado o bufete para seguir todos los pasos legales para la expulsión de los okupas, que según opinión de la policía podían llevar entre 9 meses y más de un año, si no es que más. Y mientras, que 16 unidades familiares muy envejecidas tuvieran que pencar con todo eso. Porque, al parecer, es lo que merecen después de estar toda una vida trabajando y pagando sus impuestos.

De lo que me quejo es de lo obvio. De la indignidad e iniquidad. De que la ley permita que estas cosas sucedan. De que la ley no esté completamente de parte del ciudadano cumplidor y honesto, y que deje todo ese margen para que malnacidos delincuentes repitan una y otra vez estas dañinas acciones. Porque, hay que insistir, es ya un modelo de negocio que reporta pingües beneficios a pequeñas (o no tan pequeñas) mafias.

La actual letra de la ley impide en la práctica que los ciudadanos disfruten de las consecuencias de parte del Estado de Derecho. Con una policía maniatada, sólo resta recurrir a empresas privadas que solucionan el problema vía pago. Me queda la impresión de que a nuestros representantes electos el problema les resbala, porque esta situación jamás se va a dar en sus barrios, urbanizaciones o viviendas. Y obviamente, si problemas tan graves los solucionan empresas privadas y no la policía, es que algo marcha rematadamente mal.

Problemas urgentes y muy reales como éste están necesitados de solución, y la solución debe venir de la reforma legal para que la ley se ponga del lado de los que cumplimos con ella. Estoy completamente convencido de que el partido que ofrezca soluciones a estos disparates y abusos se llevaría un buen montón de votos.

Actualización: al final la derrama no ha sido de 6.000€. Ha sido de casi 9.000€, con el coste de las reparaciones ya concretado

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Una historia de “mafias de la okupación”

Los Eloi, la IA y el paro

Los Eloi, la IA y el paro. Una propuesta

No pasan más de unas semanas, en el mejor de los casos, hasta que otro analista, (o “analista”, o anal-ista), nos vuelve a advertir de cómo la IA o la robótica van a acabar con decenas de zillones de puestos de trabajo. Para ‘demostrarlo’, sacan a la palestra ejemplos incompletamente ilustrativos o directamente chuscos.

Vamos a dejar aparte la cuestión de la IA. Es apasionante discutir si alguna vez veremos IAs fuertes o procesamiento avanzado de lenguaje natural más allá de modelos estocásticos apañaos, pero no es lo que me importa para este post. Seré insinceramente optimista y, para los propósitos de este post, asumiré decisivos progresos en el campo que acabarán con muchos puestos de trabajo.

El problema, o la broma, es dar el salto a que las pérdidas de trabajo serán masivas y que habrá que hacer algo para dar ingresos y hasta actividad con sentido a la mayoría desempleada. El problema es doble:

  1. La mecanización de la agricultura y la globalización se liquidaron, ellas solas, más puestos de trabajo y sectores de los que por lógica se puede fumigar la IA y los roboces. Pensemos en las cosechas que antes se hacían con guadaña y millones en el campo, o en amplios sectores industriales que se han trasladado a China.
  2. Quien afirma eso, o quien se lo traga, es un eloi. Es ese habitante del mundo futuro de H. G. Wells que se viste con ropas que no entiende de donde salen, y usa objetos que desconoce su procedencia. La diferencia, de momento, es que los morlock no se comen al augur del paro masivo. Pero ese augur, lo mismo que el eloi, no entiende de dónde salen los objetos y servicios que mantienen su modo de vida.

Más que de objetos, hablo de los servicios invisibles como los que llevan electricidad, gas y agua a nuestras casas. De las personas que cuidan a personas mayores y personas con discapacidad. Son cuatro ejemplos que conozco de primera mano y que, alejados como están de los servicios con los que se ganan la vida los articulistas que propagan el paroapocalipsis IAtico-robótico, son mucho más importantes que dichos servicios e insustituibles por recursos no humanos.

Ningún robot nos limpiará cuando seamos viejos. Ningún robot, o IA, instalará o mantendrá el suministro de agua, electricidad o gas. Estas cuatro tareas tienen en común la interacción con elementos físicos en un margen de variabilidad tan, tan elevado que no parece previsible que un recurso mecánico pueda hacerse cargo. Eso es fácil de imaginar para la limpieza corporal, pero os puedo asegurar que ocurre otro tanto con el suministro energético. Nunca es una tarea trivial o baladí. Incluso las instalaciones modernas construidas bajo criterios y normativas actualizados no se escapan de la casuística, por la sencilla razón de que hay demasiados elementos en juego. Y la limpieza, la electricidad, el gas o el agua son recursos demasiado importantes como para andarse con jueguecitos o experimentos.

Remontemos el vuelo. Desde poco antes de mi nacimiento (1971) hasta nuestros días, en España el sector agroganadero ha quedado reducido a su mínima expresión demográfica, el sector extractivo hace mucho que pasó su mejor momento, y el sector secundario-industrial pasó por n reconversiones, la integración europea y finalmente la globalización. Hemos perdido subsectores enteros y millones de puestos de trabajo en este período, y a nadie se le pasó por la cabeza preguntarse cómo se iba a emplear a las legiones de desempleados. De acuerdo que no había percepción de la amenaza de la IA y de la robotización (las cuales, para que no quede duda, me las creeré cuando sean indiscutibles, ni un segundo antes), pero había amenazas mucho más reales (se cierran minas, se cierran fábricas a mansalva, se fuerza a reducir cabezas de ganado o a cambiar cultivos, se introducen cosechadoras).

Podría decirse que en décadas anteriores había margen para reacomodar a los damnificados por las reconversiones de sus sectores, desde las jubilaciones y las compensaciones a las reconversiones personales a otros sectores. Por ejemplo, los pequeños empresarios y empleados de tiendas de comercio local tuvieron que reconvertirse vía jubilación o como pudieran cuando el panorama urbano local cambió y la población les dejó de lado, en favor de las superficies masivas. Al padre de uno de mis mejores amigos le pasó exactamente eso, y tuvo que emplearse con cincuenta y tantos en una empresa mediana de su sector para llegar mejor a la jubilación. Me parece más razonable asumir la recolocación y absorción de impactos laborales sectoriales que la llegada invasiva de las IAs a nuestros mercados laborales, más que nada por las pruebas acumuladas en el pasado sobre las recolocaciones.

Todo esto me lleva a una consideración mucho más pragmática. Los articulistas que venden miedo a la IA pueden entender que sus puestos de trabajo están en peligro. Estos mismos que no mostraron solidaridad apreciable hacia el tendero o el tornero-fresador que se quedaban sin curro, ahora nos advierten y, con ello, venden contenidos y viven del miedo.

Por repetir una afirmación miles de veces no se convierte en verdad… siempre que se necesite que pasen cosas. La repetición goebbeliana funciona en el campo de las creencias, pero no en el de la realidad práctica. Petabytes de avisos quejumbrosos y bosques talados para libros jeremíacos sobre la IA no van a afectar un ápice su advenimiento ni la fecha del mismo. Desde la ignorancia, me atrevo a asumir la aplicabilidad del mítico hombre-mes, de esa máxima de los 90 por la cual meter más gente en un proyecto no acelera la entrega del mismo. Si eso se aplica a una aplicación B2B, a la IA ni te cuento.

El problema de fondo no es sólo de estos eloi-articulistas. Es de todos, un servidor incluido. El problema que tenemos es que nos aburríamos en clase de ciencias sociales, o de pretecnología, o como se llamen ahora. O más allá, Durkheim como casi siempre tenía razón y la solidaridad orgánica de nuestra sociedad nos empuja a conocer como mejor podamos nuestra parcelita. Lo cierto es que no tenemos ni idea de cómo funciona casi nada: cómo llegan los suministros esenciales a casa, o cómo se distribuye la comida, o qué se hace realmente con la basura, o cómo son aún descritos a línea gruesa la gran mayoría de productos y servicios que mantienen nuestra calidad de vida.

Esto es así. No tiene mucha discusión. Yo puedo conocer algo de suministro energético por haber trabajado en ello, pero se me escapan muchísimas cosas de la mayoría de los demás sectores.

Pero sí tiene solución. Sin pretender llegar a gran nivel de detalle, podríamos al menos entender los rudimentos de sectores ajenos al nuestro. Podríamos empezar con wikipedia, y seguir con la panoplia infinita de recursos de aprendizaje y divulgación sobre los sectores más variados.

Estamos en un momento de la civilización más delicado de lo que parece, y más fácil de salirse de su curso y apuntar a un estado peor de las cosas. Una de las formas a nuestra disposición de evitarlo, o siquiera de aminorar el choque es entender cómo funciona nuestro paraíso del siglo 21.

Creo que esta pesquisa es crítica: es crítica para priorizar nuestras peticiones y urgencias como sociedad, y sobre todo es crítica para frenar a los populistas que nos vuelven a querer engañar, como hace 80 años. Dejando de ser elois, y entendiendo las bases de nuestra riqueza, la podremos apreciar y defender mejor.

Quizás es un esfuerzo excesivo para cada uno por su cuenta. Quizás requiera muchos cientos o aún miles de horas de recopilación y ordenación de la información.

Pero quizás, también, si hubiera más ciudadanos que estuvieran de acuerdo en que algo así es útil y necesario no se necesitaría tanto. Después de todo, sólo unos pocos centenares de miles hemos colaborado en levantar la mayor enciclopedia de la historia.

“Cómo-funciona-nuestro-mundo” (nombre beta para el que no me he tenido que despeinar) es un proyecto mucho más modesto que la wikipedia. Factible… creo que sí.

Ahí queda.

Los Eloi, la IA y el paro

Tengo 46 años y estoy retomando la programación

Es largo de contar. Lo haré breve, y que cada uno rellene las líneas de puntos

Ha tiempo desarrollaba. No era mi fuerte, pero lo hacía

En mi vida profesional casi dejé de hacerlo. Empleaba productos de terceros, o todo lo más automatizaba o creaba scripts muy cortos para ahorrar tiempo. Soy antropólogo, después de todo

Me he puesto una serie de retos

Los he superado. Para mi perfil y mi edad, 400 líneas en python me satisfacen

Descomponer grandes problemas en muchos problemas pequeñitos. Solucionarlos uno a uno. Repensar formas más elegantes de hacer las cosas

Y aprovechar… 30 años de evolución en lenguajes y librerías. Cosas que ni soñaba

Lo mejor: stackoverflow. Impresionante. No hay duda que no la hayan resuelto con ejemplos, y cuando he tenido una ultraespecífica, han tardado 10 minutos en responder.

A mi edad, que la cabeza me dé para superar estas pruebas me ha supuesto un bonus de confianza. De satisfacción.

Tengo 46 años y estoy retomando la programación

Una modesta propuesta de solución gordiana al Yihadismo en Europa

gordiana, que no salomónica. Cortar por lo sano, ni sería sano ni acabaría nunca. Si se prefiere, lateral.

Llevamos trece años oyendo todo tipo de propuestas de acción sobre el yihadismo en Europa. Propuestas públicas, se entiende. Las no-públicas, las que están en manos de los servicios de seguridad, están en marcha y funcionando. No me cabe la menor duda de que, de no ser así, al menos subiríamos en un orden de magnitud las víctimas de esta lacra, probablemente en dos. O, en el camino de eso, los gobiernos europeos habrían tomado decisiones salomónicas de verdad. Habrían cortado por lo sano, y no les habríamos dicho que no tras ciertos límites numéricos de víctimas.

Voy a obviar las propuestas buenistas. Se me agotó la paciencia con ellas hace tiempo, porque hace tiempo que me pregunto “¿Cuántos tienen que morir para que los endófobos abran los ojos?”, sin respuesta ni capacidad de comprensión. Sin embargo, los endófobos nos ponen sobre una pista interesante: no comprenden aspectos fundamentales de la realidad que estamos describiendo, porque anteponen sus anteojeras ideológicas.

Sí que me voy a parar un poco sobre las propuestas islamófobas radicales / xenófobas / yasabesloquevieneacontinuación. Hay una gama de reacciones extremas que van desde la suspensión de elementos del Estado de Derecho (como el Habeas Corpus, que ya ha pasado en EE.UU.), hasta cambios en la naturaleza de la prueba, expulsiones en masa, campos de internamiento… you name it. Para algunas alimañas, el yihadismo es la oportunidad que anhelan para resucitar una Europa Oscura – el habeas corpus que suspenden para el terrorista, mañana ya no se te aplicará a ti. Te podrán detener sin cargos ni garantías. A los que tenemos menos de 60 años nos cuesta interiorizar este concepto. Lo importante de todas estas reacciones es:

  1. Es lo que buscan los malvados, nuestros enemigos: buscan que nuestra reacción indigne a más de los suyos y les mueva a apoyar su yihad, o a postularse como candidatos a Sahhidun. Buscan una realimentación que acabe en una jodida batalla del juicio.
  2. Es un camino descendente, del que en el mejor de los casos nos costaría subir y, en el peor, perderíamos parte de lo que tanto nos ha costado conquistar.

Entre ambos extremos indeseables de una dicotomía muy verdadera se encuentran el resto de ideas y propuestas. Un problema de partida es que, caramba, habíamos ganado la Guerra Fría. Se les acabó la plata a los bastardos que habían pagado a ratas en Alemania, Italia, España, etc., para que mataran a algunos y aterrorizaran a los demás, desestabilizando nuestras democracias. Antes de que me saltéis con fuentes de dinero, os recuerdo que se puede pagar por persona interpuesta y de muchas formas. Pero esa internacional terrorista de los 60-80 no fue casualidad ni una serie de coincidencias, en modo alguno.

Desde su final, los europeos nos encantamos de habernos conocido y nos dedicamos, con razón o sin ella, a disfrutar de nuestro estándar de vida, de nuestra forma de organizar la vida pública y de nuestros valores. Mejorables, claro, pero ponte a mirar en cualquier otra parte. Se nos olvidó, o nunca nos había quedado del todo claro, que habíamos estado en guerra.

Cuando inmigrantes musulmanes, sus hijos y sus nietos atacan una y otra vez en nuestros países, sencillamente no estamos preparados y es hasta mejor. Tenemos margen para tomar decisiones no draconianas, de enfrentarnos a una amenaza muy real sin llevarnos por delante a nuestras democracias en el proceso.

La inacción tampoco va a funcionar. Los muertos, sus imágenes, sus noticias, se van a acumular. Las decisiones draconianas parecerán justificables tras otro atentado especialmente salvaje. Esto no lo para don Tancredo

Por supuesto, tampoco nos sirve “comprenderlos”, poniéndonos paternalistas (y mira que dije que no iba a hablar del buenismo), o siquiera tratar de comprender el fenómeno. Al mismo tiempo, es de una complejidad aterradora (internet mediante, peor aún) y descansa en un hecho sencillo: ante una vida insatisfactoria (anómica en extremo, siguiendo a Durkheim), o ante un episodio de grave caída moral o depresión, un suicidio se transforma en un hecho heroico con última recompensa. Ni siquiera los islamólogos con décadas de experiencia lo tienen fácil para comprender este objeto demencialmente complejo y de tan rápida mutación.

No podemos esperar que cambien, ni por sí mismos ni con nuestra ayuda. No podemos esperar nada positivo de los candidatos a Sahhid, o de los que los apoyan, o de los jalean y justifican en las redes sociales. O de los miembros de un grupo más amplio que miran para otro lado. No, por la sencilla razón de que ya viven en Europa, y aquí gozan de unos estándares de vida, libertad y dignidad inalcanzables en sus países. No es sólo economía, por más que sea importante; también es la seguridad personal y jurídica de toda persona con residencia legal o el derecho a la libertad de expresión aún si se ejerce soltando mierda por la boca.

No va a parar por sí mismo. No van a cambiar, y tampoco podemos aspirar a comprender el fenómeno ni a sus protagonistas. ¿Qué es lo que nos queda?

Mi modesta proposición

Nosotros

Cambiarnos. Nuestras percepciones, expectativas y prioridades.

Para empezar, valorando como se merece lo conseguido en el último siglo. Dejando de dar importancia a memeces como el manspreading, de moda estos días, y dedicando tiempo y atención a pensar en la sociedad que tenemos, y en la sociedad de nuestros abuelos europeos. De donde hemos salido, oiga, y en todos los campos: de la renta al civismo, de la pluralidad al respeto, de la educación a la sanidad.

Para continuar, teniendo claro que esto no ha sido casual en modo alguno. Que gente más lista y tenaz que nosotros fueron acumulando los ladrillos de la hermosa catedral en la que vivimos. A base de esfuerzo y tras mucho sufrir, se tomaron las decisiones que nos han llevado a donde estamos. Hubo momentos en los que se tomaron decisiones difíciles, se llevaron a cabo grandes sacrificios y se apostó por el largo plazo. Y se hizo, atención, sin garantías: sólo con la esperanza (habría quien hablaría de la loca esperanza) de lograr llegar a donde estamos, con una Europa en construcción, sin fronteras y plenamente democrática.

Este punto de partida imprescindible nos debería llevar a más cambios de perspectiva. La democracia y la sociedad cívica que queremos proteger es tan valiosa como delicada. No podemos salvarla destruyéndola, con campos de concentración, suspensión de habeas corpus o las barbaridades con las que algunos se hacen los dedos huéspedes.

Antes de llegar a eso, hay que cambiar las leyes. 

  1. Hay que hacer de todo apoyo al yihadismo, por leve que sea, algo tan costoso como sea posible para los miserables. Dado que no se puede parar al Sahhid con un coche, un cuchillo o un martillo, sí que se puede castigar al que difunde el odio por internet o en una mezquita. Se puede, y se debe, expulsar al residente que caiga en eso. Se pueden endurecer las penas para todos los delitos que en otros contextos calificamos como leves, pero que son pasos necesarios hacia el horror recurrente. Insultos en una boda religiosa, como pasó hace unos días, son parte de este problema mayor, y la legislación se debe adaptar para expulsar al residente o condenar a cárcel al nacional.
  2. La cárcel no debe ser un centro de reclutamiento de los salafistas. La monitorización debe llegar a ellas y, a partir de delitos de cierta entidad, el confinamiento en solitario es tanto un factor de disuasión como una vacuna para la propagación de esa peste.
  3. Se deben asignar recursos para monitorizar, detectar y detener, y apoyar moralmente a quienes están dedicados a una tarea tan crítica.
  4. Se deben cerrar el acceso a nuestras calles y a nuestros medios y redes de todos aquellos recursos y organizaciones extranjeras que apoyan el Islam radical. Son parte de la amenaza y les seguimos dejando actuar de momento. Los proveedores de conexión a Internet, así como los principales proveedores de redes sociales, deben colaborar con este esfuerzo y negar el acceso a quienes emplean sus servicios para propagar la amenaza islamista.
  5. Se debe impedir con eficacia toda aquella colonización cultural del espacio urbano que rompa las reglas de convivencia a las que hemos llegado. En las ciudades españolas no tenemos ese problema, pero sabemos que hay barriadas europeas donde una interpretación rigurosa del Islam compite con nuestras normas y consensos para definir qué se puede o no se puede hacer en el espacio público.

Todos los pasos que acabo de mencionar no rompen (que se me corrija si no estoy en lo cierto) con las bases del derecho. Muy al contrario, exigen una aplicación rigurosa y garantista de las normas previas y de las nuevas. De lo contrario, ya habríamos perdido parte de lo que queremos defender: las garantías básicas de que el Estado no se va a saltar el marco de la ley con los ciudadanos.

Y todos estos pasos exigen cambios por nuestra parte, como vengo diciendo:

  1. Asumir que el problema existe. De verdad. El problema, hoy, no es la islamofobia. Son los atentados y las amenazas, así como seguir insistiendo en que eso no es un problema, o en otros síperoísmos
  2. Asumir que tenemos algo precioso para proteger, y que merece la pena protegerlo y transmitirlo de la mejor manera posible a nuestros hijos
  3. Asumir que la democracia tiene cauces, y que los derechos tienen límites. Exigir agradecimiento de las personas que hemos acogido, y exigir su plena adaptación a nuestras formas y normas de convivencia.
  4. Asumir que afrontar la amenaza y proteger nuestras democracias exige recursos y esfuerzos. Exige priorizar dotaciones, y asumir medidas de seguridad inéditas y que pueden obstaculizar levemente el progreso de nuestras vidas diarias. Chequeos y test de seguridad en locales públicos y acontecimientos masivos, y no sorprendernos de que estén algo más centrados en quienes físicamente responden más a la imagen del musulmán.
  5. No aceptar que la defensa contra la amenaza yihadista sea parte de la confrontación política. Ya nos hemos equivocado en el pasado a ese respecto, con funestos resultados. Por más que los políticos españoles lo hagan bien a este respecto, puede mejorar. Y nosotros podemos exigirles que cumplan y que no aprovechen la amenaza para sus fines particulares.

Obviamente, no se trata de un conjunto definitivo de soluciones sino de ejemplos de las mismas desde un principio general: que cambiemos nosotros. Que nos adaptemos, que enfrentemos como sociedad la amenaza yihadista perdiendo poco o nada de lo precioso a cambio de invertir recursos y esfuerzos

Una modesta propuesta de solución gordiana al Yihadismo en Europa

El error estadístico de la consideración contemporánea de la psicopatía

Psicopatía. You name it. El término que más os convenga, porque ni entre los especialistas hay acuerdo. Estoy leyendo un reportaje de The Atlantic sobre niños psicópatas, que nacen con la condición, y un párrafo me ha llamado la atención:

Psychopaths have always been with us. Indeed, certain psychopathic traits have survived because they’re useful in small doses: the cool dispassion of a surgeon, the tunnel vision of an Olympic athlete, the ambitious narcissism of many a politician. But when these attributes exist in the wrong combination or in extreme forms, they can produce a dangerously antisocial individual, or even a cold-blooded killer

No es la primera vez que me lo encuentro, pero ésta ha sido la vez que ha resonado en mi cabeza. No es la primera vez que leo que la psicopatía, en pequeñas dosis, es “útil”. Como dicen en el ejemplo, el frío desapasionamiento de un cirujano. ¿De verdad que toda persona concentrada en su trabajo y que es capaz de dejar sus emociones a un lado cuando la ocasión lo requiere es un psicópata? Mejor, ¿que tiene algo de psicópata? Una cosa es no ser capaz de sentir empatía y otra, muy distinta, ser capaz de controlar las emociones para lograr un fin (socialmente aceptable, se entiende).

A partir de aquí, es un coladero. O un verdadero problema. Según el artículo, y según una corriente de pensamiento identificable, el “ambicioso narcisismo” de un político no es intrínsecamente malo. Por más que el poder a disposición de un político logre que los rasgos psicópatas sean más comunes entre los políticos que entre la población normal, difuminar la diferencia entre las aspiraciones de un político y los rasgos psicopáticos hace menos malos a los segundos porque, según esto, todo es cuestión de escala. Un poquito está bien, o no está mal.

Lo verdaderamente malo es la figura clásica del psicópata fracasado. El individuo frío y depredador, el narcisista maligno, que sólo obtiene placer con el dolor y la destrucción extrema en otros. Los cientos de Ted Bundy y hombres lobo o del saco que han dejado huella en nuestra historia. Los monstruos que aprovechan el desorden para depredar, o que depredan hasta que se les pilla.


Como me dijo mi amigo Pío una vez, “la noticia es que el dueño muerde al perro”. Un monstruo es recordado por su excepcionalidad. Porque uno entre millones desciende tan abajo, y deja el reguero de daño extremo que deja. Giles de Rais es recordado 700 años después de sus crímenes.

No nos confundamos. Si tienes la horrible desgracia de que alguno de los tuyos tope con un hombre-lobo como éstos, se acabó para tu ser amado, y lo que te quede de vida estará trufado de dolor. Pobres familias, desde luego. Aún en los años absurdos en los que se suspendió la cadena perpetua, la sociedad encontró un loophole bajo la forma de los internamientos en psiquiátricos penitenciarios… aunque con la debilidad de que un mal diagnóstico puede desencadenar a un hombre-lobo, como ha pasado. Es evidente que la sociedad, como un todo, tiene que protegerse de ellos.

Pero es algo realmente infrecuente. En España, hablamos de casos individuales por década en todo el territorio nacional. Es dos o incluso tres órdenes de magnitud más improbable que te toque la lotería. Por más que sean una amenaza para la sociedad en su conjunto, no lo son para ti o para mí, estadísticamente hablando. Afirmando que la psicopatía es un problema cuando se llega a la figura del fracasado, lo que se está afirmando es que la psicopatía no es un problema de probable padecimiento para una persona o una familia. Estadísticamente hablando, la víctima de un psicópata será otro.

Y no es correcto. Porque, por cada hombre-lobo, hay ¿centenares de miles? de personas de poderosos rasgos psicopáticos. Personas que mantienen el control, que nunca van a matar porque entienden perfectamente las consecuencias y viven muy bien como viven. O incluso porque eso de hanniballectear no va con ellos. No es su rollo.


Su rollo es mentir. Intoxicar. Parasitar la vida ajena: hazme un favor. Hazme otro. Créete lo que te cuento de fulano. Deja de lado a mengano. No me llega el dinero, necesito para. Hazlo por mí, yo lo haría.

Lo que tampoco va con ellos es ponerse en lugar de los otros. Nunca son responsables de sus actos, porque la culpa es siempre del mismo: de Otro. Las personas, para ellos, somos ovejas. E instrumentos. Bípedos interesantes, que aprenden a analizar para aprovecharse de ellos o para victimarlos por puro placer sádico. Puede que no les desmembren, pero van a enfocar en ellos sus poderosas capacidades de intoxicación y mentira hasta hacer de su vida familiar, laboral o de amistad un infierno pequeño, o no tan pequeño.

Van a reclutar aliados. Mediante el halago y la fabulación constante, tratarán de que algunos cercanos se pongan de su lado para sus propósitos. Para victimar a otro, o para ayudarles a sostener sus mentiras-boomerang. Porque ocurre que la mentira poderosa es la que también es verdad para su creador, de manera que no tiene que dudar de ella.

Mientras, los no halagados sienten que algo no va bien. Empiezan a atar cabos, y cuando se acumulan las mentiras llegan a desconfiar por sistema. A habituarse a recordar lo que su hombre-lobo particular dijo en tal o cual momento. Incluso a apuntarlo. Si son lo suficientemente constantes, comprobarán cómo lo que sale de su hombre-lobo es básicamente mentira, sin freno, sin límite.

No les habrá matado. Les habrá costado una amistad. Una parte de las relaciones familiares. Un despido. Pero el durante habrá sido malo, o peor. Habrá sido una experiencia frustrante, agotadora, que les animará a desconfiar en un futuro. Habrán sido puestos a prueba, y les habrá forzado a cuestionar parcelas importantes de su cotidianidad, de su querida normalidad. Habrá dejado una huella de dolor indeleble.

Para los grupos, es lo mismo. Relaciones familiares rotas, redes de amigos disgregadas. Empresas dañadas o hundidas por comportamientos depredadores, parasitarios o tóxicos. Organizaciones sociales disfuncionales y hasta dañinas gracias a la labor incansable de muy pocos. Gobiernos de distintas escalas parasitados por personajes fundamentalmente dañinos.

El problema no es el hombre-lobo con las fauces manchadas de sangre, que deja su huella en la Historia con mayúsculas. No, ése no es un problema probable. Es narrativo, pero estadísticamente insignificante. El problema es esa bestiezuela de un grado de aberración muy inferior, aparentemente capaz de vivir en sociedad, pero que va dejando su reguero de daño.

Seguro que no habéis conocido a un Ted Bundy. O eso espero. Sin embargo, es altamente probable que hayáis topado con un mentiroso compulsivo. Con un manipulador, un intoxicador. Un amigo o familiar parásito que no tiene límites a la hora de pedir favores, y que nunca tiene la culpa de las cosas malas que pasan con frecuencia a su alrededor.

Ellos son el verdadero problema. Y no son sólo capaces de dejar las emociones a un lado, o no son sólo ególatras en busca de poder. No son como la mayoría de las personas, porque al final lo que les falta es suficiente corazón y un mínimo de amor a la verdad.

De ellos no se nos advierte, o no lo suficiente. Al final, te toca pasar por ello y bandearlo como puedas. Lo que es peor, últimamente empieza a estar peligrosamente de moda asumir que no es para tanto. Que en pequeñas dosis no es malo. Que todo es cuestión de versiones.  

Que las ovejas no seamos santas ovejas no nos deslegitima para tratar de protegernos de los lobos. Y de los chacales que aúllan con voz melíflua. Al contrario que esta peligrosa corriente que menciono al principio, es evidente que no todo es lo mismo, y es necesario que se hable: que los chacales viven entre nosotros, y que no merecemos sus miasmas.

El error estadístico de la consideración contemporánea de la psicopatía

Está mal visto sentir orgullo de los mejores que te precedieron

Evento social no deseado. No daré más pistas, es suficiente como contexto. Por conjurar la insoportable nadería dialéctica, pongo sobre la mesa un cuadro de Ferrer Dalmau

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carga del Regimento de Caballería Alcántara nº 14 en el río Igan.

Se lo juro, señor agente, no tuve ánimo de provocar. Conté muy sucintamente la historia de cómo el Alcántara ganó la Laureada de San Fernando a título colectivo, y cómo los hechos heroicos de ese día son desconocidos en España. Comparé a esos valientes que dieron sus vidas por una causa mayor con los héroes de otros países de nuestro entorno que son ampliamente recordados y referenciados en las historias nacionales, y concluí que era otra prueba más de nuestro complejo y endofobia.

Respuesta: no estoy orgulloso de ningún hecho de armas. No creo que haya que estar orgulloso de ninguno.

La distancia era insalvable, y ahí acabó mi participación. De joven, como mis mayores, habría interpretado el tema en términos de testosterona y testiculina. Pero la falta de cojones dista mucho de ser una explicación satisfactoria. Dejando aparte la endofobia, que por cotidiana y extendida no deja de ser dolorosa y deprimente de cara al ¿futuro?, creo que hay algo aún peor, más descorazonador. Dejemos a un lado mi acierto como narrador. Dejemos también a un lado la certeza de la falta de simpatía hacia el que viste y calza. Con un mínimo de bonhomía se puede escuchar algo cierto y emotivo de labios inconvenientes.

No, sinceramente creo que el problema es el divorcio total con el hombre del pasado, aún del pasado reciente, y de sus valores. No digo que yo tenga particulares ganas de entregar la cuchara en un acto único y cinético, que tampoco es eso. Lo que digo es que muchos, posiblemente demasiados, sólo ven estupidez, borreguismo y victimismo pasivo en quienes entregan sus vidas por una causa que creen que merece la pena. Luego pueden hacer un paréntesis mental cuando ven “Salvad al soldado Ryan”, pero ocurre que esa cinta es parte de la cultura popular que luego se desarrolla en videojuegos. No pasa nada: es una peli y luego un videojuego.

Rechazar de plano el sacrificio supremo de los que nos precedieron, o admirar su constancia, perseverancia o ingenio en las circunstancias más difíciles posibles sólo habla de un tipo de persona sin sangre en las venas e incapaz de anteponer nada a su ego, su capricho del momento o su muy voluble sensibilidad. Me habla de uno más de una sociedad que está lista para la cosecha

P.S.: si no conocen la historia del Alcántara, les recomiendo que indaguen un poco. Hay artículos y podcasts de gran calidad narrando los hechos de ese día. Si lo hacen, será muy difícil que en algunos momentos no se emocionen hasta lo más profundo.

 

 

Está mal visto sentir orgullo de los mejores que te precedieron

El feminismo contemporáneo y el Potlatch

El potlatch era una costumbre ritual de los Kwakiutl y otros pueblos nativos de la costa oeste americana. Es un ritual que se emplea en antropología para explicar la lógica subyacente a toda práctica y creencia cultural establecida, por más que desde fuera parezcan absurdas.

Empiezo bien, ¿eh?

Sigo

La costa de la Columbia Británica era una tierra rica para cazadores recolectores. Cuando fue registrado etnográficamente el Potlatch, consistía en una fiesta competitiva entre jefes, que repartían todo tipo de dádivas locales o intercambiadas con europeos, o incluso llegaban a destruirlas y a destruir sus propias casas rituales para demostrar lo mucho que les sobraba. Así contado, parece indefectiblemente absurdo.

Lo cierto es que era completamente lógico. Pocas generaciones antes, el Potlatch sólo integraba reparto de bienes (salmón, pieles, etc.). El jefe que repartía más a más familias atraía más lealtades, y sus viejos y nuevos leales marchaban con él a las campañas estacionarias. Dichas campañas consistían en elegir las desembocaduras y cauces de algunos ríos para capturar el máximo de salmón posible.

Con tal de no elegir un río que esa temporada recibiera pocos salmones, a más leales se capturaría más salmón. El salmón se preservaba y se consumía el resto del año, y de cualquier forma en el Potlatch siempre había salmón suficiente para que todas las familias consiguieran algo y no se fueran de vacío.

De esta manera, una competición entre líderes tenía como resultado una redistribución optimizada de un recurso abundante, pero altamente variable a lo largo de una enorme costa.

El problema se presentó por dos motivos:

  1. Los europeos comenzaron a comerciar con ellos, y el intercambio de pieles les proporcionó un nivel de riquezas inédito hasta entonces
  2. Los europeos trajeron accidentalmente consigo enfermedades que, como en el resto del continente, diezmaron a la población

El resultado era que los jefes tenían que competir con más recursos a su favor para atraer la atención de menos familias. Competir con salmón ya no era posible, porque tenían más del que nadie podía consumir. Además, conseguir el máximo de partidarios era crítico porque con la población disminuida, ya no era fácil lograr el número suficiente de brazos para hacer una captura suficiente de salmones.

¿Consecuencia? Que los jefes ya no sólo redistribuían, sino que empezaron a quemar bienes para demostrar que eran más ricos y poderosos que sus rivales. No había otra forma de atraer brazos suficientes, y así se mantuvo unos años hasta que la costumbre se perdió (por mandato del gobierno colonial canadiense, entre otras cosas).

Ahora veamos otro absurdo aparente

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Lo primero que se viene a la cabeza de más de uno es una variante de “Cuanta tontería hay por el mundo”. Sin embargo, yo creo que puede tener una lógica relativamente paralela al Potlatch.

El feminismo, por simplificar, es un movimiento emancipador occidental moderno. En sus bastantes décadas de existencia, luchó con éxito para que las mujeres fueran logrando distintos éxitos de equiparación e igualdad de derechos con el 49% restante de la población. Uno de sus primeros hechos fue el derecho a voto, por el que las sufragistas se sacrificaron durante años y que en España fue impulsado por españolas inmortales como Clara Campoamor. Acceder a la educación superior, a puestos de trabajo apreciados y bien remunerados, a poder disponer de la herencia y los ingresos propios son hitos en el camino de una igualdad de derechos y oportunidades como la que disfrutamos hoy en día, inédita en la historia humana.

Nada que decir hasta aquí, claro. Y tampoco digo que todo el trabajo del feminismo (del feminismo bien entendido, se entiende) haya finalizado, sobre todo fuera de Europa pero también en ella. Sin embargo, una cosa es la reivindicación racional y otra esa bella afirmación de que consumir abejas es machismo. O, sin broma alguna, que se llegue a afirmar que la custodia compartida es violencia de género.

En este caso no hablamos de repartir salmones ritualmente. Lo que aquí está en juego es la economía de la atención. Lograr cierta cuota de atención tiene diversos resultados tanto personales y de prestigio grupal como prácticos, lo que queda a un golpe de Google. En su momento, las feministas pioneras tenían todo el trabajo por hacer, ningún apoyo financiero y sí toda la incomprensión; en 2016, hay muchísimo alcanzado, comprensión generalizada y recursos financieros disponibles.

Las aspirantes a lograr la atención ya no pueden reclamar situaciones cuya obviedad sea compartida por toda la población. No pueden reclamar derecho a voto, o disponer de la herencia, o cualquier otra de las grandes conquistas del pasado. Tienen que reclamar nuevas conquistas de igualdad, y sucede que hay actores ya establecidos en un campo que no llama tanto la atención como en el pasado. Como quiera que encima tienen a su disposición medios de comunicación de masas inéditos como son las redes sociales, el recurso es tan extremo como quemar una montaña de pieles de castor.

En ambos casos, el asunto parece absurdo. Pero cobra sentido cuando observamos que resulta cada vez más duro lograr la atención y el prestigio suficientes como para que tenga consecuencias. El jefe Kwakiutl tenía que quemar bienes y casas. La feminista radical que quiere captar la atención de sus pares puede tener la tentación de saltar puestos en el escalafón de la jerarquía de la popularidad con comunicaciones públicas aparentemente absurdas pero que tienen, probablemente, todo el sentido.

Y conociendo lo competitivo que es Twitter en el reino de la atención, parece funcionar: 5.231 seguidores a la hora de escribir este post.

El feminismo contemporáneo y el Potlatch