El valor de la vida

La vida es un don precioso. Cuando se acaba la vida de una persona a la que quieres lo vuelves a comprobar con dolor y con añoranza. Si esa pérdida se produce antes de lo que cabe esperar como un final de ciclo razonable, si de la persona cabía esperar décadas de actividad a tu lado, al dolor se le une la incomprensión, hasta la tentación de una rebelión inútil…

Hace media vida creé un modelo cultural para la percepción contemporánea de la muerte. En mi tesis, dividía la muerte como evento entre

  1. Estructural, la muerte aceptable en su inevitabilidad. La muerte de la persona mayor, que ha cumplido su ciclo, y que fallece por enfermedad.
  2. Antiestructural, la muerte inaceptable. La muerte de la persona madura o aún joven en un suceso impredecible, o bien tras una enfermedad que no debería acudir tan pronto.
  3. Aestructural, la muerte que no existe. La muerte del niño, que debería ser cosa del pasado. La muerte de la que apenas se puede hablar, so pena que sea un accidente o crimen. Lo imposible hecho posible y que apaga la palabra

El modelo se complejizaba por el tratamiento mediático y narrativo de los eventos, sobre todo cuando eran colectivos o cuando sus caracterizaciones destacaban por una diversidad de motivos. Algo que dejé de lado en su momento por su unicidad y dificultad fue el suicidio. Si una parte de mi trabajo se basaba en analizar las reacciones culturales a una muerte reconocida, ¿Qué se puede hacer cuando la reacción cultural es de una eficacísima censura? ¿Cuándo una serie de esfuerzos concertados se encaminan a negar que tal suceso, que cada suceso, ocurra?

Por motivos ajenos a la voluntad de la compañía, se ha interrumpido el servicio entre las estaciones de…

Una persona se ha arrojado al metro y está prohibido mencionarlo.

La verdad, escogí el tema de la cultura de la muerte desde el dolor de una pérdida. De una pérdida estructural, por enfermedad. Después de 2012, quizás habría escogido el suicidio emulando a Durkheim: como él, soy el superviviente de un suicidio, el de un gran amigo que me sumió en la desesperación y la incomprensión más profunda.

En la época en la que llevé a cabo el trabajo de campo y el análisis de mi tesis, la eutanasia no formaba parte del debate público principal ni era previsible. La muerte era un final, un accidente o el producto de la acción de un tercero. El suicidio era tan invisible como ahora, y no se planteaba dentro del debate mediático la intervención médica para finalizar la vida de una persona con su consentimiento.

Ya desde los 80, los cuidados paliativos son en realidad parte de una zona gris. No hay una intención deliberada de morir o de matar, pero la sedación terminal acorta la vida de una persona por sus propios efectos. Sin embargo, la idea es evitar el sufrimiento, no terminar una vida de manera deliberada.

La idea de la eutanasia activa, la intervención que acaba con la vida en un único evento farmacológico, merece un debate. Ha habido casos conocidos que han logrado visibilizarla y, desde luego, entiendo como innegociable partir desde una posición de respeto. El juicio moral está completamente fuera de lugar, y no somos nadie para imponer nuestro criterio a una persona  que quiere ahorrarse los últimos pasos de una patología terminal. Hay que apoyar a la persona en todo lo posible, pero no me siento capacitado para censurar a alguien que desee poner fin a esa situación.

El problema, claro, es dónde se coloca la barrera. Y ahí es donde es facilísimo pasar de un complicado problema humano a pasarse de frenada.

Desde hace 2 años, en Holanda es legal la eutanasia en casos de depresión. Es un problema brutal y que considero que tiene el potencial de convertir la buena muerte en una amenaza para la sociedad. Me explico.

No niego que el sufrimiento derivado de una depresión pueda llegar a ser demencial. Lo sé muy bien por experiencias muy, muy cercanas. Es algo terrible; de hecho, cuando el resultado es un suicidio lo que nos muestra es que el sufrimiento que la depresión ha provocado en la persona ha sido tal que ha derrotado hasta al instinto de superviviencia.

El problema lo encuentro en la decisión de un depresivo. Hay un momento muy gris en el que legalmente la persona es responsable de sus actos y, sin embargo, su perspectiva se halla radicalmente trastocada, hasta el punto de que la esperanza es imposible y el mañana una amenaza espantosa. Y es en esos momentos cuando desde los programas de eutanasia se pide a una persona que tome una decisión.

El acto del suicidio, en sí, depende de los medios al alcance del suicida. Es más probable cuanto más sencillo sea llevarlo a cabo. No es fácil conseguir una dosis letal de medicamentos, y es realmente duro ahorcarse o autolesionarse de manera directa. Imaginaos lo que tiene que superar una persona para arrojarse al vacío, por ejemplo.

Un arma de fuego facilita bastante el acto. Es un evento rápido (a menos que se haga mal), y para un suicida potencial un arma de fuego es una tentación de metal. Cuando mi abuelo era brigada, un cabo a sus órdenes se descerrajó un tiro con su arma reglamentaria. No lo viví, pero la impresión que dejó en mi madre era tan viva que, desde aquel día, aborrece las armas de fuego. Un pequeño movimiento es todo lo que se necesita.

Algo parecido, y muy americano, es el suicide by cop. Un suicida puede simular que amenaza a policías de gatillo fácil, o amenazarles de verdad. Sabe que en ciertos ambientes el policía va a responder con fuerza letal a una amenaza, y realmente es lo que busca. La sencillez terrible del acto es que la persona no tiene siquiera que apretar el gatillo. Va a transformar al policía en su verdugo involuntario.

Lo que considero que es un error terrible en las últimas iniciativas de eutanasia va en esta línea. Para empezar, ampliadas hasta llegar a la depresión logran el efecto inevitable de bajar la barrera de entrada al suicidio. El medio es indoloro, y lo que precisamente se pide de la persona es que decida cuando su juicio está catastróficamente afectado por la depresión. Se pide que decida sobre seguir vivo o no, y esa decisión puede llegar a incentivar la salida, en vez de la lucha. Realmente se reconoce un fracaso terapéutico y se niega toda posibilidad a que la persona logre remontar parcial o incluso totalmente su situación, de manera que logre recuperar una vida o, al menos, una cierta calidad de vida.

Si lo pensáis, es peor que un suicide by cop. Es más sencillo y está definido para que sea así. No va a doler. Lo que es peor aún, está aceptado y sancionado por la autoridad política y sanitaria y, a no mucho tardar, se puede conformar como valor positivo integrado en la cultura de esa sociedad. Si se es respetuoso con la libertad de la persona, el resultado final es que a las personas con depresión se les comunica desde el sistema sanitario, y hasta desde el resto de la sociedad, que su salida de este mundo es válida y aceptable.

Dado ese paso, no queda tan lejano el paso siguiente: si estás deprimido, llegado a cierto punto lo lógico es que recurras a la eutanasia. ¿Exagerado? Yo creo que no. Si el valor de la eutanasia para los depresivos se consolida, parece coherente. De hecho, ya se están dando pasos en este sentido: En Holanda se plantean permitir la eutanasia a personas mayores con cansancio vital. Al parecer, bastarían con dos entrevistas de facultativos para admitir la petición de la persona. Francamente, me parece demasiado fácil. Demasiado sencillo. Demasiado barato.

El problema no es sólo la letra de la ley. El problema peor es la consecuencia cultural de la ley. ¿Es imposible que, a unos años de empezar a aplicar esta norma, se termine por convertir en un hecho culturalmente aceptable? ¿Es imposible, a su vez, que el mayor recién enviudado se termine por asumir que lo suyo es que le den la pastilla?

¿Nuestros abuelos acabarían como las viudas en la India, en un sati, pero sin distinguir género? ¡Menudo ahorro para el sistema de pensiones, desde luego!

No niego la mayor de la eutanasia activa. No me veo en posición moral de hacerlo, por más que para mí la vida sea preciosa y siempre digna de ser vivida. Creo que las barreras de entrada  a la eutanasia deberían ser extremadamente rígidas y elevadas, para dar a la persona las máximas opciones posibles de dar marcha atrás. Y, por supuesto, deberían ser permisibles sólo en un reducido espectro de casos extremos: enfermedades degenerativas o terminales, principalmente.

Y no, la depresión no es irremediable ni terminal. Tengo muy cerca casos muy graves de depresión, con momentos realmente duros de sobrellevar. Pero son vidas dignas de ser vividas, que tras cada crisis vuelven a tener su espacio en este mundo, bajo el sol.

El problema definitivo es que tantos pasos liberalizadores de la eutanasia pueden transformarse en la resurrección de uno de los episodios más oscuros de la historia europea reciente: la aktion T4, que se aplicó sobre cientos de miles de personas con vidas Lebensunwertes Leben. Parece imposible, y de hecho las iniciativas actuales de eutanasia van en el sentido opuesto, hacia valores que se presentan positivos, de respeto a la voluntad individual y de comprensión hacia situaciones teóricamente irreversibles, o al menos inaceptables.

El problema de estas iniciativas es cómo acaben siendo aceptadas y digeridas por las sociedades. Si se pasa de aceptarlas a entenderlas como conducta previsible primero, y apropiada después, puede que no esté tan lejos el día en el que la voluntad explícita y del protagonista ya no sea condición enteramente necesaria. De hecho, en el caso de las personas con depresión, o de las personas recién enviudadas, me parece lícito poner en duda que su juicio sea aceptable para una decisión sin vuelta atrás. Pensad en una pareja que se ama en profundidad, y que uno de sus miembros muere.

¿Tiene sentido facilitarle el suicidio al superviviente?

¿El amor al prójimo no debería impelirnos a apoyar a esa persona en su dolor, a tratar de que empiece los siguientes pasos de la nueva etapa de su camino? ¿Es imposible que esa persona aporte más bien a este mundo?

Volviendo a mi modelo, se puede llegar a dar el caso de que se pase de un suicidio aestructural, invisible y censurado, a una muerte estructural, aceptada, aceptable y previsible. Una transición directa y sin escalas, y un valor cultural que llegue incluso a no ser discutible, o al menos difícil de cuestionar.

Y finalizo con la parte que me toca. Como dije, soy superviviente de un suicidio. Superar esa situación exige mucho, y deja una huella duradera. No puedo imaginar por lo que han pasado sus padres y hermanos, y no he tenido corazón de preguntarles ni he encontrado la forma de apoyarles.

Desde esta vivencia, lo que me gustaría es que se conociera la realidad del suicidio y su supervivencia. Me gustaría que se comunicara adecuadamente, que los próximos candidatos a suicida que quieren y que les quieren conocieran un poco más el daño terrible que dejan en los suyos. Es un gran trabajo por hacer, contra el que se yergue la censura cultural actual.

Imaginaos que la eutanasia por depresión se legalizara primero, y se aceptara culturalmente después. Los supervivientes de un eutanasizado no sólo se enfrentarían al dolor de la decisión de la persona. Se enfrentarían, en mayor o menor grado, a una percepción cultural que animaría a pensar que lo suyo es que un suicida se tome la pastilla. Lebensunwertes leben. Tu padre, tu hermano, tu pareja, tu hijo debe suicidarse y le vamos a ayudar.

¿Qué sociedad puede ser esa? ¿La fuga de Logan a lo bestia? ¿El puto carroussel?

Cada vez es más urgente que pensemos con cuidado en estos temas tan críticos, evitando como a la peste los clichés fáciles y demagógicos y sopesando con cuidado las consecuencias de las decisiones.

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El valor de la vida

Y sin embargo, somos millones

Viendo. Gozando.

Me lamentaba ayer que poco cabe esperar de las visitas recibidas por un video maravilloso después de un mes.

Y sin embargo, en 4 años hemos sido 1.597.777 los que hemos escuchado a Schiff interpretando las suites francesas de Bach.

Caben todas las esperanzas. Cabe que un niño haitiano logre escuchar los primeros compases, quede atrapado, lo mantenga hasta el final y quiera eso para sí.

“Haitiano” es por la renta per cápita y por el estereotipo. Pero resulta tan accidental, o poco más, que lo mismo le pase a un niño español. Que el oyente 1.597.778 sea un niño, y que le cambie.

Y sin embargo, somos millones

2.239 visitas, incluida la mía

Youtube es el gran tapado de Internet. La cornucopia infinita. Lo que te permite aprender, o simplemente gozar.

El 19 de septiembre de 2016, un usuario colgó el video que inserto abajo. Glenn Gould – Johann Sebastian Bach’s The Art of the Fugue, BWV 1080: Contrapunctus XIV Da Capo I. Cualquiera, en cualquier lugar del mundo donde no restrinjan el acceso a YouTube y disponga de ancho de banda, puede escuchar esto. Puede reducir la calidad de video y gozarlo igualmente, porque de lo que se trata es de ver a Gould emborracharse con este movimiento concreto del Viejo Peluca.

2.239 visitas en casi un mes. Cualquiera lo podría haber visto, pero sólo 2.239 lo hemos hecho. Más de uno, como yo, más de una vez. Lento. Parando la Internet entera, porque estos 17 minutos merecen verdaderamente la pena.

En youtube cabe todo. Los dibujos de mis nenes. Cosas de perros, gatos, aviones. Tengo fuerzas – gracias a haber visto y escuchado lo que os comento – para evitar el juicio. Sin juzgar, no deja de darme pena que esta maravilla sólo la hayamos visto estas personas en todo el mundo durante un mes, siendo gratis y no pidiendo más que nuestro tiempo…

2.239 visitas, incluida la mía