Damero maldito

Dicen que los dameros malditos de Conchita Montes fueron el mejor crucigrama jamás escrito en español. Imagino que no le falta razón a quien afirma eso, más que nada porque se publicaban en La Codorniz.

Además, creo que el término describe muy bien una idea que no sé si es maldita, pero seguro que es incómoda: un cruce entre religiosidad y ciencia

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Como podemos ver, dos de las cuatro categorías son aparentemente evidentes: el partidario de la ciencia y ateo, y el enemigo de la ciencia y creyente. Tenemos estigmas y casuística para aburrir en ambos casos: desde el new born christian creacionista, al Richard Dawkins como científico campeón del ateismo.

Lo cierto es que la ciencia no puede hablar de lo religioso strictu sensu. Su reino  es de este mundo. No hay aparato experimental ni modelo matemático que pueda explicar o desdecir nada metafísico, porque no es su función.

Esta posición de la ciencia encuentra reflejo en las dos posiciones incómodas del damero: el científico o persona cercana a la ciencia que alberga alguna creencia metafísica, y el ateo que cree, da pábulo o margen a pseudociencias, paraciencias y demás ralea. no puedo evitar ser asimétrico al respecto: como creyente, respeto profunda y esencialmente al ateo. Pero como amante satisfecho de la ciencia, no respeto en lo más mínimo a las pseudociencias, crecientemente populares. Soy crecientemente intolerante con el último resto de la medicina precientífica europea (la homeopatía) y no puedo aceptar las intoxicantes y falseadas importaciones de la medicina “tradicional” china: acupuntura, quiropraxia, uso de trozos (que no productos) de animales, etc. No acepto la aberración epistemológica que vienen en denominar el principio de precaución (al que tengo que darle fuerte con Popper algún día), y me molesta especialmente la falta de entendimiento del efecto de las fuerzas básicas (e.g., contaminación electromagnética, hipersensibilidad electromagnética, etc. ad nauseam) o el puro sinsentido que aparece y reaparece acerca del concepto de energía.

La ciencia es una amante generosa pero exigente: no para de regalarnos maravillas sobre el mundo, su funcionamiento y su devenir, pero en su reino no es compatible con las creencias que no han sido construidas empleando sus reglas: prueba empírica, falsabilidad, reproducibilidad, you name it. Una persona amante de la ciencia no puede aceptar, a la vez, la medicina científica y que tenemos una serie de canales en el cuerpo por los cuales circula una energía, el qi, y que muchas enfermedades están causadas por un flujo incorrecto de ese qi que se puede regular por medio de agujas, bastoncitos humeantes o fortísima presión con los dedos.

La primera categoría incómoda sería la persona cercana a la ciencia que tiene alguna creencia metafísica. Habréis adivinado que es mi categoría: para el mundo sensible y medible, no necesitamos más herramienta que la que nos proporciona la ciencia. Y cuando no hay posibilidad (al menos, de momento) para aplicar modelos matemáticos, no vale todo. Tiene que haber rigor, contrastabilidad, trazabilidad de las fuentes y otros ingredientes de la labor académica que no eran discutibles antes de la llegada de la peste posmoderna. Sin embargo, siento y creo en la existencia de una realidad más allá de lo que percibimos todos a diario. Por cultura occidental y trabajo personal, le he dado una forma concreta, que es el unitarianismo universalista, pero esa forma es una opción entre otras. La cuestión esencial para este grupo es mantener dos reinos separados de manera más o menos cómoda y tratar cada uno con las mejores herramientas disponibles.

Por otra parte, están los ateos declarados que no son intolerantes con las pseudociencias, que les dan cancha o que, directamente, las adoptan sin rubor. Esas personas que echan pestes sobre cualquier forma de religiosidad pero que dan margen a la homeopatía, que luchan con peligroso éxito contra la vacunación básica, que aceptan otras terapias no probadas científicamente o que aceptan creencias indemostrables sobre la realidad sensible.

Si la persona cercana a la ciencia y creyente le puede resultar incómoda a la persona cercana a la ciencia y atea, no tengo claro cómo reacciona ante el ateo alejado de la ciencia. Un estereotipo querido para algunos ateos cientifistas es que el creyente es anticientífico, que el anticientífico es creyente, y por idénticos motivos: como quiera que, para el ateo, la creencia metafísica es una superstición, creer en paraciencias es algo que vendría dado; para algunos ateos, su opuesto es el crédulo. Si aplicamos la misma lógica, todo ateo debería ser cientifista hasta donde llega su conocimiento y formación, porque no puede ser crédulo.

Esta imagen unidimensional de parejas equivalentes, ateo/creyente, científico/acientífico, escéptico/crédulo, etc., es cómoda. Sencilla. Satisfactoria. Presenta el posible problema de que es estigmatizante y tienta con la superioridad, pero ocurre que estigmatizar no supone un problema para todo el mundo.

Si dicha imagen unidimensional se ve amenazada por el cientifista creyente, el cientifista ateo podría afirmar que la cientificidad del creyente no es tal debido a su credulidad religiosa. No será la primera vez que me encuentro con que un ateo cientifista me dice que, como no se puede demostrar ni medir nada respecto a lo metafísico, lo metafísico no existe. Para estas personas, el non sequitur no existe, o bien su imagen unidimensional les resulta demasiado querida.

El problema se torna irresoluble cuando entra en escena el ateo paracientífico, el ateo que da oportunidades y cancha a las creencias palmariamente anticientíficas. ¿Qué puede hacer el ateo cientifista con él? Imagino que la tentación sería emplear el socorrido estigma de la credulidad… si no fuera porque esta persona es incrédula en lo más esencial para el ateo que es lo metafísico.

Esto nos llevaría a otra pregunta: ¿Todas las credulidades son iguales? Y sí, el planteamiento es preciso: por un momento estoy tratando de emplear los términos de ese ateo y colocar mi creencia personal en situación de credulidad

Veamos: por una parte tenemos la ciencia, las paraciencias y sus respectivos efectos. Volvamos a la acupuntura. Tenemos una serie de afecciones que la medicina científica trata con un conjunto de métodos y recursos determinados por investigación empírica contrastada. Tenemos, por otra parte, unas prescripciones milenarias basadas en el concepto de la energía qi que circula por unos canalas invisibles del cuerpo humano. Podemos dejar a un lado la detección de ese qi y centrarnos en sus efectos. Podemos, y se ha hecho, aplicar unas pruebas de doble ciego a dos muestra suficientes de pacientes. En una muestra se aplicará, para una afección dada, el tratamiento prescrito “oficialmente” a algunos, a otros se les administrará un placebo y a otros nada. En la otra, se clavarán agujas a algunos pacientes, se le administrará agujas-placebo a otros (clavándolas en cualquier parte no prescrita por los manuales acupuntores) y a otros no se les pinchará.

El resultado es evidente y medible. El doble ciego es una prueba muy madura para lidiar con el efecto placebo.

Otro caso aún más claro sería el de la vacunación: las series históricas muestran una correlación desgraciadamente evidente entre la ruptura de la cadena de la vacunación y la reaparición de enfermedades erradicadas en un territorio. Once and again.

¿Podemos hacer una prueba equivalente con las creencias puramente metafísicas? ¿Hay alguna forma de contrastar una afirmación de la ciencia sobre lo metafísico con una afirmación religiosa sobre lo mismo?

Sinceramente, me gustaría que alguien me corrigiera, pero hasta entonces lo tengo claro: la acupuntura y la medicina científica tratan fenómenos reales, objetivamente perceptibles y medibles. La ciencia trata esos mismos fenómenos, pero la religiosidad puede no tratarlos. Y digo “puede no tratarlos” porque es evidente que no ha sido así y para algunos siguen sin serlo. Por ejemplo, cuando los fundamentalistas de todo pelaje niegan la evolución. Pero hay una parcela de la religiosidad, la metafísica, ajena a la percepción objetiva, a la realidad sensible y mundana y a toda posibilidad ya no de medición, sino siquiera de discusión. La creencia no se puede demostrar, e incluso no se puede transmitir en su esencia verdadera fuera de convenciones históricas o de lenguaje. Se pueden enseñar los pilares culturales de un credo, pero no se puede forzar la creencia ni aún en el caso de que se pidiera. La creencia es un asunto inevitablemente individual, que está o no está y de forma no totalmente controlada.

Todas las sociedades civilizadas se articulan en base al principio de libertad de credo y conciencia porque es la única opción razonable. No hay forma de llegar a acuerdos con las creencias y con cada creencia, y a lo único que pueden aspirar las personas es a encontrarse con los que comparten su creencia o a convivir con los que no la comparten. Sin embargo, restarle espacios a la ciencia en los asuntos de este mundo, dar opciones a poner en pie de igualdad a la ciencia con la superstición, es negar el avance de la humanidad y tentar a la vuelta parcial de una Edad Oscura. Si todo el avance técnico que hemos acumulado nos llevara a una ciencia aceptada sólo por una minoría, la derrota como especie no podría ser más humillante. A la vez, sería causa y consecuencia de rendir todo control de nuestro destino.

Como conclusión final, me gustaría volver a la visión unidimensional entre ciencia y religión. Tengo la esperanza de que, en los términos estrictos en los que la he planteado, como poco se haya puesto seriamente en cuestión. Al menos, me gustaría pensar que la tolerancia entre religiosidad y su ausencia sea indiscutible. Sin embargo, por los mismos motivos estoy convencido de que la tolerancia no aplica a la paraciencia, tanto por su dominio de realidad como por sus efectos en los que sucumben a ella. La religión compatible con una sociedad secular no puede ser un problema; sin embargo, la paraciencia se ha demostrado como exitosamente adversa a la propagación de la ciencia y sus efectos (sobre todo en la salud, pero no sólo).

Creo que, como sociedades, estamos errando el tiro: crece la intolerancia entre posiciones religiosas, a la vez que no crece la intolerancia respecto a las paraciencias.

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