El error estadístico de la consideración contemporánea de la psicopatía

Psicopatía. You name it. El término que más os convenga, porque ni entre los especialistas hay acuerdo. Estoy leyendo un reportaje de The Atlantic sobre niños psicópatas, que nacen con la condición, y un párrafo me ha llamado la atención:

Psychopaths have always been with us. Indeed, certain psychopathic traits have survived because they’re useful in small doses: the cool dispassion of a surgeon, the tunnel vision of an Olympic athlete, the ambitious narcissism of many a politician. But when these attributes exist in the wrong combination or in extreme forms, they can produce a dangerously antisocial individual, or even a cold-blooded killer

No es la primera vez que me lo encuentro, pero ésta ha sido la vez que ha resonado en mi cabeza. No es la primera vez que leo que la psicopatía, en pequeñas dosis, es “útil”. Como dicen en el ejemplo, el frío desapasionamiento de un cirujano. ¿De verdad que toda persona concentrada en su trabajo y que es capaz de dejar sus emociones a un lado cuando la ocasión lo requiere es un psicópata? Mejor, ¿que tiene algo de psicópata? Una cosa es no ser capaz de sentir empatía y otra, muy distinta, ser capaz de controlar las emociones para lograr un fin (socialmente aceptable, se entiende).

A partir de aquí, es un coladero. O un verdadero problema. Según el artículo, y según una corriente de pensamiento identificable, el “ambicioso narcisismo” de un político no es intrínsecamente malo. Por más que el poder a disposición de un político logre que los rasgos psicópatas sean más comunes entre los políticos que entre la población normal, difuminar la diferencia entre las aspiraciones de un político y los rasgos psicopáticos hace menos malos a los segundos porque, según esto, todo es cuestión de escala. Un poquito está bien, o no está mal.

Lo verdaderamente malo es la figura clásica del psicópata fracasado. El individuo frío y depredador, el narcisista maligno, que sólo obtiene placer con el dolor y la destrucción extrema en otros. Los cientos de Ted Bundy y hombres lobo o del saco que han dejado huella en nuestra historia. Los monstruos que aprovechan el desorden para depredar, o que depredan hasta que se les pilla.


Como me dijo mi amigo Pío una vez, “la noticia es que el dueño muerde al perro”. Un monstruo es recordado por su excepcionalidad. Porque uno entre millones desciende tan abajo, y deja el reguero de daño extremo que deja. Giles de Rais es recordado 700 años después de sus crímenes.

No nos confundamos. Si tienes la horrible desgracia de que alguno de los tuyos tope con un hombre-lobo como éstos, se acabó para tu ser amado, y lo que te quede de vida estará trufado de dolor. Pobres familias, desde luego. Aún en los años absurdos en los que se suspendió la cadena perpetua, la sociedad encontró un loophole bajo la forma de los internamientos en psiquiátricos penitenciarios… aunque con la debilidad de que un mal diagnóstico puede desencadenar a un hombre-lobo, como ha pasado. Es evidente que la sociedad, como un todo, tiene que protegerse de ellos.

Pero es algo realmente infrecuente. En España, hablamos de casos individuales por década en todo el territorio nacional. Es dos o incluso tres órdenes de magnitud más improbable que te toque la lotería. Por más que sean una amenaza para la sociedad en su conjunto, no lo son para ti o para mí, estadísticamente hablando. Afirmando que la psicopatía es un problema cuando se llega a la figura del fracasado, lo que se está afirmando es que la psicopatía no es un problema de probable padecimiento para una persona o una familia. Estadísticamente hablando, la víctima de un psicópata será otro.

Y no es correcto. Porque, por cada hombre-lobo, hay ¿centenares de miles? de personas de poderosos rasgos psicopáticos. Personas que mantienen el control, que nunca van a matar porque entienden perfectamente las consecuencias y viven muy bien como viven. O incluso porque eso de hanniballectear no va con ellos. No es su rollo.


Su rollo es mentir. Intoxicar. Parasitar la vida ajena: hazme un favor. Hazme otro. Créete lo que te cuento de fulano. Deja de lado a mengano. No me llega el dinero, necesito para. Hazlo por mí, yo lo haría.

Lo que tampoco va con ellos es ponerse en lugar de los otros. Nunca son responsables de sus actos, porque la culpa es siempre del mismo: de Otro. Las personas, para ellos, somos ovejas. E instrumentos. Bípedos interesantes, que aprenden a analizar para aprovecharse de ellos o para victimarlos por puro placer sádico. Puede que no les desmembren, pero van a enfocar en ellos sus poderosas capacidades de intoxicación y mentira hasta hacer de su vida familiar, laboral o de amistad un infierno pequeño, o no tan pequeño.

Van a reclutar aliados. Mediante el halago y la fabulación constante, tratarán de que algunos cercanos se pongan de su lado para sus propósitos. Para victimar a otro, o para ayudarles a sostener sus mentiras-boomerang. Porque ocurre que la mentira poderosa es la que también es verdad para su creador, de manera que no tiene que dudar de ella.

Mientras, los no halagados sienten que algo no va bien. Empiezan a atar cabos, y cuando se acumulan las mentiras llegan a desconfiar por sistema. A habituarse a recordar lo que su hombre-lobo particular dijo en tal o cual momento. Incluso a apuntarlo. Si son lo suficientemente constantes, comprobarán cómo lo que sale de su hombre-lobo es básicamente mentira, sin freno, sin límite.

No les habrá matado. Les habrá costado una amistad. Una parte de las relaciones familiares. Un despido. Pero el durante habrá sido malo, o peor. Habrá sido una experiencia frustrante, agotadora, que les animará a desconfiar en un futuro. Habrán sido puestos a prueba, y les habrá forzado a cuestionar parcelas importantes de su cotidianidad, de su querida normalidad. Habrá dejado una huella de dolor indeleble.

Para los grupos, es lo mismo. Relaciones familiares rotas, redes de amigos disgregadas. Empresas dañadas o hundidas por comportamientos depredadores, parasitarios o tóxicos. Organizaciones sociales disfuncionales y hasta dañinas gracias a la labor incansable de muy pocos. Gobiernos de distintas escalas parasitados por personajes fundamentalmente dañinos.

El problema no es el hombre-lobo con las fauces manchadas de sangre, que deja su huella en la Historia con mayúsculas. No, ése no es un problema probable. Es narrativo, pero estadísticamente insignificante. El problema es esa bestiezuela de un grado de aberración muy inferior, aparentemente capaz de vivir en sociedad, pero que va dejando su reguero de daño.

Seguro que no habéis conocido a un Ted Bundy. O eso espero. Sin embargo, es altamente probable que hayáis topado con un mentiroso compulsivo. Con un manipulador, un intoxicador. Un amigo o familiar parásito que no tiene límites a la hora de pedir favores, y que nunca tiene la culpa de las cosas malas que pasan con frecuencia a su alrededor.

Ellos son el verdadero problema. Y no son sólo capaces de dejar las emociones a un lado, o no son sólo ególatras en busca de poder. No son como la mayoría de las personas, porque al final lo que les falta es suficiente corazón y un mínimo de amor a la verdad.

De ellos no se nos advierte, o no lo suficiente. Al final, te toca pasar por ello y bandearlo como puedas. Lo que es peor, últimamente empieza a estar peligrosamente de moda asumir que no es para tanto. Que en pequeñas dosis no es malo. Que todo es cuestión de versiones.  

Que las ovejas no seamos santas ovejas no nos deslegitima para tratar de protegernos de los lobos. Y de los chacales que aúllan con voz melíflua. Al contrario que esta peligrosa corriente que menciono al principio, es evidente que no todo es lo mismo, y es necesario que se hable: que los chacales viven entre nosotros, y que no merecemos sus miasmas.

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El error estadístico de la consideración contemporánea de la psicopatía

Está mal visto sentir orgullo de los mejores que te precedieron

Evento social no deseado. No daré más pistas, es suficiente como contexto. Por conjurar la insoportable nadería dialéctica, pongo sobre la mesa un cuadro de Ferrer Dalmau

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carga del Regimento de Caballería Alcántara nº 14 en el río Igan.

Se lo juro, señor agente, no tuve ánimo de provocar. Conté muy sucintamente la historia de cómo el Alcántara ganó la Laureada de San Fernando a título colectivo, y cómo los hechos heroicos de ese día son desconocidos en España. Comparé a esos valientes que dieron sus vidas por una causa mayor con los héroes de otros países de nuestro entorno que son ampliamente recordados y referenciados en las historias nacionales, y concluí que era otra prueba más de nuestro complejo y endofobia.

Respuesta: no estoy orgulloso de ningún hecho de armas. No creo que haya que estar orgulloso de ninguno.

La distancia era insalvable, y ahí acabó mi participación. De joven, como mis mayores, habría interpretado el tema en términos de testosterona y testiculina. Pero la falta de cojones dista mucho de ser una explicación satisfactoria. Dejando aparte la endofobia, que por cotidiana y extendida no deja de ser dolorosa y deprimente de cara al ¿futuro?, creo que hay algo aún peor, más descorazonador. Dejemos a un lado mi acierto como narrador. Dejemos también a un lado la certeza de la falta de simpatía hacia el que viste y calza. Con un mínimo de bonhomía se puede escuchar algo cierto y emotivo de labios inconvenientes.

No, sinceramente creo que el problema es el divorcio total con el hombre del pasado, aún del pasado reciente, y de sus valores. No digo que yo tenga particulares ganas de entregar la cuchara en un acto único y cinético, que tampoco es eso. Lo que digo es que muchos, posiblemente demasiados, sólo ven estupidez, borreguismo y victimismo pasivo en quienes entregan sus vidas por una causa que creen que merece la pena. Luego pueden hacer un paréntesis mental cuando ven “Salvad al soldado Ryan”, pero ocurre que esa cinta es parte de la cultura popular que luego se desarrolla en videojuegos. No pasa nada: es una peli y luego un videojuego.

Rechazar de plano el sacrificio supremo de los que nos precedieron, o admirar su constancia, perseverancia o ingenio en las circunstancias más difíciles posibles sólo habla de un tipo de persona sin sangre en las venas e incapaz de anteponer nada a su ego, su capricho del momento o su muy voluble sensibilidad. Me habla de uno más de una sociedad que está lista para la cosecha

P.S.: si no conocen la historia del Alcántara, les recomiendo que indaguen un poco. Hay artículos y podcasts de gran calidad narrando los hechos de ese día. Si lo hacen, será muy difícil que en algunos momentos no se emocionen hasta lo más profundo.

 

 

Está mal visto sentir orgullo de los mejores que te precedieron

El feminismo contemporáneo y el Potlatch

El potlatch era una costumbre ritual de los Kwakiutl y otros pueblos nativos de la costa oeste americana. Es un ritual que se emplea en antropología para explicar la lógica subyacente a toda práctica y creencia cultural establecida, por más que desde fuera parezcan absurdas.

Empiezo bien, ¿eh?

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La costa de la Columbia Británica era una tierra rica para cazadores recolectores. Cuando fue registrado etnográficamente el Potlatch, consistía en una fiesta competitiva entre jefes, que repartían todo tipo de dádivas locales o intercambiadas con europeos, o incluso llegaban a destruirlas y a destruir sus propias casas rituales para demostrar lo mucho que les sobraba. Así contado, parece indefectiblemente absurdo.

Lo cierto es que era completamente lógico. Pocas generaciones antes, el Potlatch sólo integraba reparto de bienes (salmón, pieles, etc.). El jefe que repartía más a más familias atraía más lealtades, y sus viejos y nuevos leales marchaban con él a las campañas estacionarias. Dichas campañas consistían en elegir las desembocaduras y cauces de algunos ríos para capturar el máximo de salmón posible.

Con tal de no elegir un río que esa temporada recibiera pocos salmones, a más leales se capturaría más salmón. El salmón se preservaba y se consumía el resto del año, y de cualquier forma en el Potlatch siempre había salmón suficiente para que todas las familias consiguieran algo y no se fueran de vacío.

De esta manera, una competición entre líderes tenía como resultado una redistribución optimizada de un recurso abundante, pero altamente variable a lo largo de una enorme costa.

El problema se presentó por dos motivos:

  1. Los europeos comenzaron a comerciar con ellos, y el intercambio de pieles les proporcionó un nivel de riquezas inédito hasta entonces
  2. Los europeos trajeron accidentalmente consigo enfermedades que, como en el resto del continente, diezmaron a la población

El resultado era que los jefes tenían que competir con más recursos a su favor para atraer la atención de menos familias. Competir con salmón ya no era posible, porque tenían más del que nadie podía consumir. Además, conseguir el máximo de partidarios era crítico porque con la población disminuida, ya no era fácil lograr el número suficiente de brazos para hacer una captura suficiente de salmones.

¿Consecuencia? Que los jefes ya no sólo redistribuían, sino que empezaron a quemar bienes para demostrar que eran más ricos y poderosos que sus rivales. No había otra forma de atraer brazos suficientes, y así se mantuvo unos años hasta que la costumbre se perdió (por mandato del gobierno colonial canadiense, entre otras cosas).

Ahora veamos otro absurdo aparente

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Lo primero que se viene a la cabeza de más de uno es una variante de “Cuanta tontería hay por el mundo”. Sin embargo, yo creo que puede tener una lógica relativamente paralela al Potlatch.

El feminismo, por simplificar, es un movimiento emancipador occidental moderno. En sus bastantes décadas de existencia, luchó con éxito para que las mujeres fueran logrando distintos éxitos de equiparación e igualdad de derechos con el 49% restante de la población. Uno de sus primeros hechos fue el derecho a voto, por el que las sufragistas se sacrificaron durante años y que en España fue impulsado por españolas inmortales como Clara Campoamor. Acceder a la educación superior, a puestos de trabajo apreciados y bien remunerados, a poder disponer de la herencia y los ingresos propios son hitos en el camino de una igualdad de derechos y oportunidades como la que disfrutamos hoy en día, inédita en la historia humana.

Nada que decir hasta aquí, claro. Y tampoco digo que todo el trabajo del feminismo (del feminismo bien entendido, se entiende) haya finalizado, sobre todo fuera de Europa pero también en ella. Sin embargo, una cosa es la reivindicación racional y otra esa bella afirmación de que consumir abejas es machismo. O, sin broma alguna, que se llegue a afirmar que la custodia compartida es violencia de género.

En este caso no hablamos de repartir salmones ritualmente. Lo que aquí está en juego es la economía de la atención. Lograr cierta cuota de atención tiene diversos resultados tanto personales y de prestigio grupal como prácticos, lo que queda a un golpe de Google. En su momento, las feministas pioneras tenían todo el trabajo por hacer, ningún apoyo financiero y sí toda la incomprensión; en 2016, hay muchísimo alcanzado, comprensión generalizada y recursos financieros disponibles.

Las aspirantes a lograr la atención ya no pueden reclamar situaciones cuya obviedad sea compartida por toda la población. No pueden reclamar derecho a voto, o disponer de la herencia, o cualquier otra de las grandes conquistas del pasado. Tienen que reclamar nuevas conquistas de igualdad, y sucede que hay actores ya establecidos en un campo que no llama tanto la atención como en el pasado. Como quiera que encima tienen a su disposición medios de comunicación de masas inéditos como son las redes sociales, el recurso es tan extremo como quemar una montaña de pieles de castor.

En ambos casos, el asunto parece absurdo. Pero cobra sentido cuando observamos que resulta cada vez más duro lograr la atención y el prestigio suficientes como para que tenga consecuencias. El jefe Kwakiutl tenía que quemar bienes y casas. La feminista radical que quiere captar la atención de sus pares puede tener la tentación de saltar puestos en el escalafón de la jerarquía de la popularidad con comunicaciones públicas aparentemente absurdas pero que tienen, probablemente, todo el sentido.

Y conociendo lo competitivo que es Twitter en el reino de la atención, parece funcionar: 5.231 seguidores a la hora de escribir este post.

El feminismo contemporáneo y el Potlatch

El valor de la vida

La vida es un don precioso. Cuando se acaba la vida de una persona a la que quieres lo vuelves a comprobar con dolor y con añoranza. Si esa pérdida se produce antes de lo que cabe esperar como un final de ciclo razonable, si de la persona cabía esperar décadas de actividad a tu lado, al dolor se le une la incomprensión, hasta la tentación de una rebelión inútil…

Hace media vida creé un modelo cultural para la percepción contemporánea de la muerte. En mi tesis, dividía la muerte como evento entre

  1. Estructural, la muerte aceptable en su inevitabilidad. La muerte de la persona mayor, que ha cumplido su ciclo, y que fallece por enfermedad.
  2. Antiestructural, la muerte inaceptable. La muerte de la persona madura o aún joven en un suceso impredecible, o bien tras una enfermedad que no debería acudir tan pronto.
  3. Aestructural, la muerte que no existe. La muerte del niño, que debería ser cosa del pasado. La muerte de la que apenas se puede hablar, so pena que sea un accidente o crimen. Lo imposible hecho posible y que apaga la palabra

El modelo se complejizaba por el tratamiento mediático y narrativo de los eventos, sobre todo cuando eran colectivos o cuando sus caracterizaciones destacaban por una diversidad de motivos. Algo que dejé de lado en su momento por su unicidad y dificultad fue el suicidio. Si una parte de mi trabajo se basaba en analizar las reacciones culturales a una muerte reconocida, ¿Qué se puede hacer cuando la reacción cultural es de una eficacísima censura? ¿Cuándo una serie de esfuerzos concertados se encaminan a negar que tal suceso, que cada suceso, ocurra?

Por motivos ajenos a la voluntad de la compañía, se ha interrumpido el servicio entre las estaciones de…

Una persona se ha arrojado al metro y está prohibido mencionarlo.

La verdad, escogí el tema de la cultura de la muerte desde el dolor de una pérdida. De una pérdida estructural, por enfermedad. Después de 2012, quizás habría escogido el suicidio emulando a Durkheim: como él, soy el superviviente de un suicidio, el de un gran amigo que me sumió en la desesperación y la incomprensión más profunda.

En la época en la que llevé a cabo el trabajo de campo y el análisis de mi tesis, la eutanasia no formaba parte del debate público principal ni era previsible. La muerte era un final, un accidente o el producto de la acción de un tercero. El suicidio era tan invisible como ahora, y no se planteaba dentro del debate mediático la intervención médica para finalizar la vida de una persona con su consentimiento.

Ya desde los 80, los cuidados paliativos son en realidad parte de una zona gris. No hay una intención deliberada de morir o de matar, pero la sedación terminal acorta la vida de una persona por sus propios efectos. Sin embargo, la idea es evitar el sufrimiento, no terminar una vida de manera deliberada.

La idea de la eutanasia activa, la intervención que acaba con la vida en un único evento farmacológico, merece un debate. Ha habido casos conocidos que han logrado visibilizarla y, desde luego, entiendo como innegociable partir desde una posición de respeto. El juicio moral está completamente fuera de lugar, y no somos nadie para imponer nuestro criterio a una persona  que quiere ahorrarse los últimos pasos de una patología terminal. Hay que apoyar a la persona en todo lo posible, pero no me siento capacitado para censurar a alguien que desee poner fin a esa situación.

El problema, claro, es dónde se coloca la barrera. Y ahí es donde es facilísimo pasar de un complicado problema humano a pasarse de frenada.

Desde hace 2 años, en Holanda es legal la eutanasia en casos de depresión. Es un problema brutal y que considero que tiene el potencial de convertir la buena muerte en una amenaza para la sociedad. Me explico.

No niego que el sufrimiento derivado de una depresión pueda llegar a ser demencial. Lo sé muy bien por experiencias muy, muy cercanas. Es algo terrible; de hecho, cuando el resultado es un suicidio lo que nos muestra es que el sufrimiento que la depresión ha provocado en la persona ha sido tal que ha derrotado hasta al instinto de superviviencia.

El problema lo encuentro en la decisión de un depresivo. Hay un momento muy gris en el que legalmente la persona es responsable de sus actos y, sin embargo, su perspectiva se halla radicalmente trastocada, hasta el punto de que la esperanza es imposible y el mañana una amenaza espantosa. Y es en esos momentos cuando desde los programas de eutanasia se pide a una persona que tome una decisión.

El acto del suicidio, en sí, depende de los medios al alcance del suicida. Es más probable cuanto más sencillo sea llevarlo a cabo. No es fácil conseguir una dosis letal de medicamentos, y es realmente duro ahorcarse o autolesionarse de manera directa. Imaginaos lo que tiene que superar una persona para arrojarse al vacío, por ejemplo.

Un arma de fuego facilita bastante el acto. Es un evento rápido (a menos que se haga mal), y para un suicida potencial un arma de fuego es una tentación de metal. Cuando mi abuelo era brigada, un cabo a sus órdenes se descerrajó un tiro con su arma reglamentaria. No lo viví, pero la impresión que dejó en mi madre era tan viva que, desde aquel día, aborrece las armas de fuego. Un pequeño movimiento es todo lo que se necesita.

Algo parecido, y muy americano, es el suicide by cop. Un suicida puede simular que amenaza a policías de gatillo fácil, o amenazarles de verdad. Sabe que en ciertos ambientes el policía va a responder con fuerza letal a una amenaza, y realmente es lo que busca. La sencillez terrible del acto es que la persona no tiene siquiera que apretar el gatillo. Va a transformar al policía en su verdugo involuntario.

Lo que considero que es un error terrible en las últimas iniciativas de eutanasia va en esta línea. Para empezar, ampliadas hasta llegar a la depresión logran el efecto inevitable de bajar la barrera de entrada al suicidio. El medio es indoloro, y lo que precisamente se pide de la persona es que decida cuando su juicio está catastróficamente afectado por la depresión. Se pide que decida sobre seguir vivo o no, y esa decisión puede llegar a incentivar la salida, en vez de la lucha. Realmente se reconoce un fracaso terapéutico y se niega toda posibilidad a que la persona logre remontar parcial o incluso totalmente su situación, de manera que logre recuperar una vida o, al menos, una cierta calidad de vida.

Si lo pensáis, es peor que un suicide by cop. Es más sencillo y está definido para que sea así. No va a doler. Lo que es peor aún, está aceptado y sancionado por la autoridad política y sanitaria y, a no mucho tardar, se puede conformar como valor positivo integrado en la cultura de esa sociedad. Si se es respetuoso con la libertad de la persona, el resultado final es que a las personas con depresión se les comunica desde el sistema sanitario, y hasta desde el resto de la sociedad, que su salida de este mundo es válida y aceptable.

Dado ese paso, no queda tan lejano el paso siguiente: si estás deprimido, llegado a cierto punto lo lógico es que recurras a la eutanasia. ¿Exagerado? Yo creo que no. Si el valor de la eutanasia para los depresivos se consolida, parece coherente. De hecho, ya se están dando pasos en este sentido: En Holanda se plantean permitir la eutanasia a personas mayores con cansancio vital. Al parecer, bastarían con dos entrevistas de facultativos para admitir la petición de la persona. Francamente, me parece demasiado fácil. Demasiado sencillo. Demasiado barato.

El problema no es sólo la letra de la ley. El problema peor es la consecuencia cultural de la ley. ¿Es imposible que, a unos años de empezar a aplicar esta norma, se termine por convertir en un hecho culturalmente aceptable? ¿Es imposible, a su vez, que el mayor recién enviudado se termine por asumir que lo suyo es que le den la pastilla?

¿Nuestros abuelos acabarían como las viudas en la India, en un sati, pero sin distinguir género? ¡Menudo ahorro para el sistema de pensiones, desde luego!

No niego la mayor de la eutanasia activa. No me veo en posición moral de hacerlo, por más que para mí la vida sea preciosa y siempre digna de ser vivida. Creo que las barreras de entrada  a la eutanasia deberían ser extremadamente rígidas y elevadas, para dar a la persona las máximas opciones posibles de dar marcha atrás. Y, por supuesto, deberían ser permisibles sólo en un reducido espectro de casos extremos: enfermedades degenerativas o terminales, principalmente.

Y no, la depresión no es irremediable ni terminal. Tengo muy cerca casos muy graves de depresión, con momentos realmente duros de sobrellevar. Pero son vidas dignas de ser vividas, que tras cada crisis vuelven a tener su espacio en este mundo, bajo el sol.

El problema definitivo es que tantos pasos liberalizadores de la eutanasia pueden transformarse en la resurrección de uno de los episodios más oscuros de la historia europea reciente: la aktion T4, que se aplicó sobre cientos de miles de personas con vidas Lebensunwertes Leben. Parece imposible, y de hecho las iniciativas actuales de eutanasia van en el sentido opuesto, hacia valores que se presentan positivos, de respeto a la voluntad individual y de comprensión hacia situaciones teóricamente irreversibles, o al menos inaceptables.

El problema de estas iniciativas es cómo acaben siendo aceptadas y digeridas por las sociedades. Si se pasa de aceptarlas a entenderlas como conducta previsible primero, y apropiada después, puede que no esté tan lejos el día en el que la voluntad explícita y del protagonista ya no sea condición enteramente necesaria. De hecho, en el caso de las personas con depresión, o de las personas recién enviudadas, me parece lícito poner en duda que su juicio sea aceptable para una decisión sin vuelta atrás. Pensad en una pareja que se ama en profundidad, y que uno de sus miembros muere.

¿Tiene sentido facilitarle el suicidio al superviviente?

¿El amor al prójimo no debería impelirnos a apoyar a esa persona en su dolor, a tratar de que empiece los siguientes pasos de la nueva etapa de su camino? ¿Es imposible que esa persona aporte más bien a este mundo?

Volviendo a mi modelo, se puede llegar a dar el caso de que se pase de un suicidio aestructural, invisible y censurado, a una muerte estructural, aceptada, aceptable y previsible. Una transición directa y sin escalas, y un valor cultural que llegue incluso a no ser discutible, o al menos difícil de cuestionar.

Y finalizo con la parte que me toca. Como dije, soy superviviente de un suicidio. Superar esa situación exige mucho, y deja una huella duradera. No puedo imaginar por lo que han pasado sus padres y hermanos, y no he tenido corazón de preguntarles ni he encontrado la forma de apoyarles.

Desde esta vivencia, lo que me gustaría es que se conociera la realidad del suicidio y su supervivencia. Me gustaría que se comunicara adecuadamente, que los próximos candidatos a suicida que quieren y que les quieren conocieran un poco más el daño terrible que dejan en los suyos. Es un gran trabajo por hacer, contra el que se yergue la censura cultural actual.

Imaginaos que la eutanasia por depresión se legalizara primero, y se aceptara culturalmente después. Los supervivientes de un eutanasizado no sólo se enfrentarían al dolor de la decisión de la persona. Se enfrentarían, en mayor o menor grado, a una percepción cultural que animaría a pensar que lo suyo es que un suicida se tome la pastilla. Lebensunwertes leben. Tu padre, tu hermano, tu pareja, tu hijo debe suicidarse y le vamos a ayudar.

¿Qué sociedad puede ser esa? ¿La fuga de Logan a lo bestia? ¿El puto carroussel?

Cada vez es más urgente que pensemos con cuidado en estos temas tan críticos, evitando como a la peste los clichés fáciles y demagógicos y sopesando con cuidado las consecuencias de las decisiones.

El valor de la vida

Y sin embargo, somos millones

Viendo. Gozando.

Me lamentaba ayer que poco cabe esperar de las visitas recibidas por un video maravilloso después de un mes.

Y sin embargo, en 4 años hemos sido 1.597.777 los que hemos escuchado a Schiff interpretando las suites francesas de Bach.

Caben todas las esperanzas. Cabe que un niño haitiano logre escuchar los primeros compases, quede atrapado, lo mantenga hasta el final y quiera eso para sí.

“Haitiano” es por la renta per cápita y por el estereotipo. Pero resulta tan accidental, o poco más, que lo mismo le pase a un niño español. Que el oyente 1.597.778 sea un niño, y que le cambie.

Y sin embargo, somos millones

2.239 visitas, incluida la mía

Youtube es el gran tapado de Internet. La cornucopia infinita. Lo que te permite aprender, o simplemente gozar.

El 19 de septiembre de 2016, un usuario colgó el video que inserto abajo. Glenn Gould – Johann Sebastian Bach’s The Art of the Fugue, BWV 1080: Contrapunctus XIV Da Capo I. Cualquiera, en cualquier lugar del mundo donde no restrinjan el acceso a YouTube y disponga de ancho de banda, puede escuchar esto. Puede reducir la calidad de video y gozarlo igualmente, porque de lo que se trata es de ver a Gould emborracharse con este movimiento concreto del Viejo Peluca.

2.239 visitas en casi un mes. Cualquiera lo podría haber visto, pero sólo 2.239 lo hemos hecho. Más de uno, como yo, más de una vez. Lento. Parando la Internet entera, porque estos 17 minutos merecen verdaderamente la pena.

En youtube cabe todo. Los dibujos de mis nenes. Cosas de perros, gatos, aviones. Tengo fuerzas – gracias a haber visto y escuchado lo que os comento – para evitar el juicio. Sin juzgar, no deja de darme pena que esta maravilla sólo la hayamos visto estas personas en todo el mundo durante un mes, siendo gratis y no pidiendo más que nuestro tiempo…

2.239 visitas, incluida la mía

¿Donde están los europeos?

Esta mañana me ha venido como del rayo una idea sencilla:

Ahí se iba a quedar, entre mis adentros y twitter. Pero @versvs estuvo al quite, listo para la provocación

Así que no me queda otra. Seré breve.

El mundo de ayer, de Zweig, fue el año pasado para mí uno de esos libros que, aún en la cama, tienes que leer con el portaminas presto para subrayar y anotar. El cuadro que relataba no era desconocido, pero aún así me iba dejando una impresión dura y duradera conforme se desarrollaba.

Ese mundo de ayer apuntaba desde el principio hacia el espanto: ¿Cómo podía ser que en esos años y ese continente ocurriera otra cosa que el crecimiento sin pausa de aquél vergel de ciencia, cultura y conocimiento? Detengámonos por un momento a pensar en el plantel inagotable de artistas, pensadores, científicos, etc., que pululan, dialogan y crean por aquellos años. Mi propia profesión, la antropología, adquiere carta de madurez en la segunda década del XX por un señor austrohúngaro. Y lo cito porque he parado un momentito de hacer lo que él desarrolló, el trabajo de campo, para parir este post. Pensad en los creadores que más os motiven o inquieten de aquellos años: seguro que la lista no es pequeña.

El horror en dos pasos que desgranaba Zweig (la carnicería irracional primero, las oscuridades después) son tan conocidos que han perdido parte de su capacidad de dar miedo. Eso, de por sí, es algo que merecería que nos detuviéramos: ¿Corremos peligro de que los bichos pardos y rojos se hagan multirresistentes a las vacunas?

Pero hoy no. Hoy he necesitado detenerme en un enigma comparativamente pequeñito. Por cada Zweig, había ¿miles? ¿cientos de miles? ¿millones, para todo el continente? de receptores de ese alegre océano cultural. Una minoría, por supuesto, pero una minoría significativa que daba luz a sus días leyendo, escuchando, visionando ese patrimonio cultural único en la historia de la humanidad. Y sí, he dicho “único” y lo mantengo: esas dos generaciones produjeron cantidad, variedad y calidad como para una civilización entera. Física cuántica, amiguetes. Generaciones de escritores. Mi querida antropología floreciendo, sin saber que la amenazaba la oscuridad posmoderna.

Pues bien: ¿dónde están esos europeos amantes de la cultura?

Detengámonos por un momento. En aquella época, quienes podían acceder a la cultura elevada eran una minoría, entre los que se encontraban sólo uno de mis bisabuelos (no su hija) y esa proporción es hasta afortunada. No es que no hubiera radio, o siquiera dinero para conciertos: es que no se alcanzaba la preparación y costumbre mínimas para disfrutar de la música clásica. Otro tanto reza para la literatura, aunque quizás menos para nuestro caso español: para disfrutarla, había que adquirir la costumbre, y para eso hacía falta educación formal, dinero o acceso a los libros… y siquiera tiempo disponible para leer.

Hoy lo podemos dar por supuesto. Si no pagas por spotify (donde está la mayoría de la inmensa discoteca de naxos), de todas formas en youtube hay zillones de voluntarios que siguen colgando discos maravillosos de música clásica. Leer es más barato que nunca, la educación formal es universal y hay iniciativas como Gutenberg project, u otros de distintas cataduras. Mis abuelos padecieron distintas barreras infranqueables para disfrutar de esta infinita riqueza, pero nosotros no.

¿no?

Lo cierto es que algo pasa. El acceso es ilimitado, pero aparentemente el acceso real a la música clásica no es mucho más popular que a principios del siglo 20. Hablo de España, obviamente. Peor: si echamos la vista atrás un siglo, los literatos y su obra eran más populares y conocidos entonces que ahora. Aunque el porcentaje de personas con educación universitaria se haya disparado, tampoco tengo claro que se haya producido algo equivalente en el interés por los avances de la producción académica digna de ese nombre.

No hay tiempo. Pero luego hay personas que lanzan cienes de tuits al día. Son legión los que se zampan maratones de series, o los que discuten incansables sobre minucias que persisten en llamar “noticias”. Suma y sigue.

No hay tiempo para ese patrimonio cultural que prometía florecer antes de agosto del 14. Y ojo, no es como leer el Quijote. Para los adultos, ya no hay un profe que nos ponga la pistola de la calificación en la sien como efectiva amenaza para leer. O para escuchar. O para contemplar. Somos libres, y tampoco es cuestión de calificar a quien no disfruta del patrimonio cultural, teniendo opción de hacerlo. Su opción, libre y respetable, es no hacerlo.

Desde el respeto me tengo que preguntar por qué. Con sinceridad. A mí me resulta inevitable invertir tiempo en ese patrimonio, lo disfruto desde hace décadas, nunca tendré suficiente y siempre tendré poco y habré accedido a menos aún. Pero, ya digo, es inevitable. De ahí mi pregunta: ¿Cómo puede ser que no se haya generalizado el acceso práctico, real, efectivo, a ese patrimonio?

Y acabo como empiezo. Respeto. Vale. Pero eso no quita para que haya que señalar con el finger a un problema incómodo: un título universitario no tiene NADA que ver con ese patrimonio. Cuerpos de ejército de profesionales que han pasado por la universidad viven el resto de sus vidas ajenos a algo que sólo tendrían que pagar en tiempo. Y desde esa libertad que les mantiene ajenos, llega la consecuencia: no acceden a esa cultura, no son parte de ella. En lo que a cultura respecta, el título universitario es sólo papel timbrado a menos que se demuestre lo contrario el resto de la vida.

¿Donde están los europeos?