El valor de la vida

La vida es un don precioso. Cuando se acaba la vida de una persona a la que quieres lo vuelves a comprobar con dolor y con añoranza. Si esa pérdida se produce antes de lo que cabe esperar como un final de ciclo razonable, si de la persona cabía esperar décadas de actividad a tu lado, al dolor se le une la incomprensión, hasta la tentación de una rebelión inútil…

Hace media vida creé un modelo cultural para la percepción contemporánea de la muerte. En mi tesis, dividía la muerte como evento entre

  1. Estructural, la muerte aceptable en su inevitabilidad. La muerte de la persona mayor, que ha cumplido su ciclo, y que fallece por enfermedad.
  2. Antiestructural, la muerte inaceptable. La muerte de la persona madura o aún joven en un suceso impredecible, o bien tras una enfermedad que no debería acudir tan pronto.
  3. Aestructural, la muerte que no existe. La muerte del niño, que debería ser cosa del pasado. La muerte de la que apenas se puede hablar, so pena que sea un accidente o crimen. Lo imposible hecho posible y que apaga la palabra

El modelo se complejizaba por el tratamiento mediático y narrativo de los eventos, sobre todo cuando eran colectivos o cuando sus caracterizaciones destacaban por una diversidad de motivos. Algo que dejé de lado en su momento por su unicidad y dificultad fue el suicidio. Si una parte de mi trabajo se basaba en analizar las reacciones culturales a una muerte reconocida, ¿Qué se puede hacer cuando la reacción cultural es de una eficacísima censura? ¿Cuándo una serie de esfuerzos concertados se encaminan a negar que tal suceso, que cada suceso, ocurra?

Por motivos ajenos a la voluntad de la compañía, se ha interrumpido el servicio entre las estaciones de…

Una persona se ha arrojado al metro y está prohibido mencionarlo.

La verdad, escogí el tema de la cultura de la muerte desde el dolor de una pérdida. De una pérdida estructural, por enfermedad. Después de 2012, quizás habría escogido el suicidio emulando a Durkheim: como él, soy el superviviente de un suicidio, el de un gran amigo que me sumió en la desesperación y la incomprensión más profunda.

En la época en la que llevé a cabo el trabajo de campo y el análisis de mi tesis, la eutanasia no formaba parte del debate público principal ni era previsible. La muerte era un final, un accidente o el producto de la acción de un tercero. El suicidio era tan invisible como ahora, y no se planteaba dentro del debate mediático la intervención médica para finalizar la vida de una persona con su consentimiento.

Ya desde los 80, los cuidados paliativos son en realidad parte de una zona gris. No hay una intención deliberada de morir o de matar, pero la sedación terminal acorta la vida de una persona por sus propios efectos. Sin embargo, la idea es evitar el sufrimiento, no terminar una vida de manera deliberada.

La idea de la eutanasia activa, la intervención que acaba con la vida en un único evento farmacológico, merece un debate. Ha habido casos conocidos que han logrado visibilizarla y, desde luego, entiendo como innegociable partir desde una posición de respeto. El juicio moral está completamente fuera de lugar, y no somos nadie para imponer nuestro criterio a una persona  que quiere ahorrarse los últimos pasos de una patología terminal. Hay que apoyar a la persona en todo lo posible, pero no me siento capacitado para censurar a alguien que desee poner fin a esa situación.

El problema, claro, es dónde se coloca la barrera. Y ahí es donde es facilísimo pasar de un complicado problema humano a pasarse de frenada.

Desde hace 2 años, en Holanda es legal la eutanasia en casos de depresión. Es un problema brutal y que considero que tiene el potencial de convertir la buena muerte en una amenaza para la sociedad. Me explico.

No niego que el sufrimiento derivado de una depresión pueda llegar a ser demencial. Lo sé muy bien por experiencias muy, muy cercanas. Es algo terrible; de hecho, cuando el resultado es un suicidio lo que nos muestra es que el sufrimiento que la depresión ha provocado en la persona ha sido tal que ha derrotado hasta al instinto de superviviencia.

El problema lo encuentro en la decisión de un depresivo. Hay un momento muy gris en el que legalmente la persona es responsable de sus actos y, sin embargo, su perspectiva se halla radicalmente trastocada, hasta el punto de que la esperanza es imposible y el mañana una amenaza espantosa. Y es en esos momentos cuando desde los programas de eutanasia se pide a una persona que tome una decisión.

El acto del suicidio, en sí, depende de los medios al alcance del suicida. Es más probable cuanto más sencillo sea llevarlo a cabo. No es fácil conseguir una dosis letal de medicamentos, y es realmente duro ahorcarse o autolesionarse de manera directa. Imaginaos lo que tiene que superar una persona para arrojarse al vacío, por ejemplo.

Un arma de fuego facilita bastante el acto. Es un evento rápido (a menos que se haga mal), y para un suicida potencial un arma de fuego es una tentación de metal. Cuando mi abuelo era brigada, un cabo a sus órdenes se descerrajó un tiro con su arma reglamentaria. No lo viví, pero la impresión que dejó en mi madre era tan viva que, desde aquel día, aborrece las armas de fuego. Un pequeño movimiento es todo lo que se necesita.

Algo parecido, y muy americano, es el suicide by cop. Un suicida puede simular que amenaza a policías de gatillo fácil, o amenazarles de verdad. Sabe que en ciertos ambientes el policía va a responder con fuerza letal a una amenaza, y realmente es lo que busca. La sencillez terrible del acto es que la persona no tiene siquiera que apretar el gatillo. Va a transformar al policía en su verdugo involuntario.

Lo que considero que es un error terrible en las últimas iniciativas de eutanasia va en esta línea. Para empezar, ampliadas hasta llegar a la depresión logran el efecto inevitable de bajar la barrera de entrada al suicidio. El medio es indoloro, y lo que precisamente se pide de la persona es que decida cuando su juicio está catastróficamente afectado por la depresión. Se pide que decida sobre seguir vivo o no, y esa decisión puede llegar a incentivar la salida, en vez de la lucha. Realmente se reconoce un fracaso terapéutico y se niega toda posibilidad a que la persona logre remontar parcial o incluso totalmente su situación, de manera que logre recuperar una vida o, al menos, una cierta calidad de vida.

Si lo pensáis, es peor que un suicide by cop. Es más sencillo y está definido para que sea así. No va a doler. Lo que es peor aún, está aceptado y sancionado por la autoridad política y sanitaria y, a no mucho tardar, se puede conformar como valor positivo integrado en la cultura de esa sociedad. Si se es respetuoso con la libertad de la persona, el resultado final es que a las personas con depresión se les comunica desde el sistema sanitario, y hasta desde el resto de la sociedad, que su salida de este mundo es válida y aceptable.

Dado ese paso, no queda tan lejano el paso siguiente: si estás deprimido, llegado a cierto punto lo lógico es que recurras a la eutanasia. ¿Exagerado? Yo creo que no. Si el valor de la eutanasia para los depresivos se consolida, parece coherente. De hecho, ya se están dando pasos en este sentido: En Holanda se plantean permitir la eutanasia a personas mayores con cansancio vital. Al parecer, bastarían con dos entrevistas de facultativos para admitir la petición de la persona. Francamente, me parece demasiado fácil. Demasiado sencillo. Demasiado barato.

El problema no es sólo la letra de la ley. El problema peor es la consecuencia cultural de la ley. ¿Es imposible que, a unos años de empezar a aplicar esta norma, se termine por convertir en un hecho culturalmente aceptable? ¿Es imposible, a su vez, que el mayor recién enviudado se termine por asumir que lo suyo es que le den la pastilla?

¿Nuestros abuelos acabarían como las viudas en la India, en un sati, pero sin distinguir género? ¡Menudo ahorro para el sistema de pensiones, desde luego!

No niego la mayor de la eutanasia activa. No me veo en posición moral de hacerlo, por más que para mí la vida sea preciosa y siempre digna de ser vivida. Creo que las barreras de entrada  a la eutanasia deberían ser extremadamente rígidas y elevadas, para dar a la persona las máximas opciones posibles de dar marcha atrás. Y, por supuesto, deberían ser permisibles sólo en un reducido espectro de casos extremos: enfermedades degenerativas o terminales, principalmente.

Y no, la depresión no es irremediable ni terminal. Tengo muy cerca casos muy graves de depresión, con momentos realmente duros de sobrellevar. Pero son vidas dignas de ser vividas, que tras cada crisis vuelven a tener su espacio en este mundo, bajo el sol.

El problema definitivo es que tantos pasos liberalizadores de la eutanasia pueden transformarse en la resurrección de uno de los episodios más oscuros de la historia europea reciente: la aktion T4, que se aplicó sobre cientos de miles de personas con vidas Lebensunwertes Leben. Parece imposible, y de hecho las iniciativas actuales de eutanasia van en el sentido opuesto, hacia valores que se presentan positivos, de respeto a la voluntad individual y de comprensión hacia situaciones teóricamente irreversibles, o al menos inaceptables.

El problema de estas iniciativas es cómo acaben siendo aceptadas y digeridas por las sociedades. Si se pasa de aceptarlas a entenderlas como conducta previsible primero, y apropiada después, puede que no esté tan lejos el día en el que la voluntad explícita y del protagonista ya no sea condición enteramente necesaria. De hecho, en el caso de las personas con depresión, o de las personas recién enviudadas, me parece lícito poner en duda que su juicio sea aceptable para una decisión sin vuelta atrás. Pensad en una pareja que se ama en profundidad, y que uno de sus miembros muere.

¿Tiene sentido facilitarle el suicidio al superviviente?

¿El amor al prójimo no debería impelirnos a apoyar a esa persona en su dolor, a tratar de que empiece los siguientes pasos de la nueva etapa de su camino? ¿Es imposible que esa persona aporte más bien a este mundo?

Volviendo a mi modelo, se puede llegar a dar el caso de que se pase de un suicidio aestructural, invisible y censurado, a una muerte estructural, aceptada, aceptable y previsible. Una transición directa y sin escalas, y un valor cultural que llegue incluso a no ser discutible, o al menos difícil de cuestionar.

Y finalizo con la parte que me toca. Como dije, soy superviviente de un suicidio. Superar esa situación exige mucho, y deja una huella duradera. No puedo imaginar por lo que han pasado sus padres y hermanos, y no he tenido corazón de preguntarles ni he encontrado la forma de apoyarles.

Desde esta vivencia, lo que me gustaría es que se conociera la realidad del suicidio y su supervivencia. Me gustaría que se comunicara adecuadamente, que los próximos candidatos a suicida que quieren y que les quieren conocieran un poco más el daño terrible que dejan en los suyos. Es un gran trabajo por hacer, contra el que se yergue la censura cultural actual.

Imaginaos que la eutanasia por depresión se legalizara primero, y se aceptara culturalmente después. Los supervivientes de un eutanasizado no sólo se enfrentarían al dolor de la decisión de la persona. Se enfrentarían, en mayor o menor grado, a una percepción cultural que animaría a pensar que lo suyo es que un suicida se tome la pastilla. Lebensunwertes leben. Tu padre, tu hermano, tu pareja, tu hijo debe suicidarse y le vamos a ayudar.

¿Qué sociedad puede ser esa? ¿La fuga de Logan a lo bestia? ¿El puto carroussel?

Cada vez es más urgente que pensemos con cuidado en estos temas tan críticos, evitando como a la peste los clichés fáciles y demagógicos y sopesando con cuidado las consecuencias de las decisiones.

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El valor de la vida

Y sin embargo, somos millones

Viendo. Gozando.

Me lamentaba ayer que poco cabe esperar de las visitas recibidas por un video maravilloso después de un mes.

Y sin embargo, en 4 años hemos sido 1.597.777 los que hemos escuchado a Schiff interpretando las suites francesas de Bach.

Caben todas las esperanzas. Cabe que un niño haitiano logre escuchar los primeros compases, quede atrapado, lo mantenga hasta el final y quiera eso para sí.

“Haitiano” es por la renta per cápita y por el estereotipo. Pero resulta tan accidental, o poco más, que lo mismo le pase a un niño español. Que el oyente 1.597.778 sea un niño, y que le cambie.

Y sin embargo, somos millones

2.239 visitas, incluida la mía

Youtube es el gran tapado de Internet. La cornucopia infinita. Lo que te permite aprender, o simplemente gozar.

El 19 de septiembre de 2016, un usuario colgó el video que inserto abajo. Glenn Gould – Johann Sebastian Bach’s The Art of the Fugue, BWV 1080: Contrapunctus XIV Da Capo I. Cualquiera, en cualquier lugar del mundo donde no restrinjan el acceso a YouTube y disponga de ancho de banda, puede escuchar esto. Puede reducir la calidad de video y gozarlo igualmente, porque de lo que se trata es de ver a Gould emborracharse con este movimiento concreto del Viejo Peluca.

2.239 visitas en casi un mes. Cualquiera lo podría haber visto, pero sólo 2.239 lo hemos hecho. Más de uno, como yo, más de una vez. Lento. Parando la Internet entera, porque estos 17 minutos merecen verdaderamente la pena.

En youtube cabe todo. Los dibujos de mis nenes. Cosas de perros, gatos, aviones. Tengo fuerzas – gracias a haber visto y escuchado lo que os comento – para evitar el juicio. Sin juzgar, no deja de darme pena que esta maravilla sólo la hayamos visto estas personas en todo el mundo durante un mes, siendo gratis y no pidiendo más que nuestro tiempo…

2.239 visitas, incluida la mía

¿Donde están los europeos?

Esta mañana me ha venido como del rayo una idea sencilla:

Ahí se iba a quedar, entre mis adentros y twitter. Pero @versvs estuvo al quite, listo para la provocación

Así que no me queda otra. Seré breve.

El mundo de ayer, de Zweig, fue el año pasado para mí uno de esos libros que, aún en la cama, tienes que leer con el portaminas presto para subrayar y anotar. El cuadro que relataba no era desconocido, pero aún así me iba dejando una impresión dura y duradera conforme se desarrollaba.

Ese mundo de ayer apuntaba desde el principio hacia el espanto: ¿Cómo podía ser que en esos años y ese continente ocurriera otra cosa que el crecimiento sin pausa de aquél vergel de ciencia, cultura y conocimiento? Detengámonos por un momento a pensar en el plantel inagotable de artistas, pensadores, científicos, etc., que pululan, dialogan y crean por aquellos años. Mi propia profesión, la antropología, adquiere carta de madurez en la segunda década del XX por un señor austrohúngaro. Y lo cito porque he parado un momentito de hacer lo que él desarrolló, el trabajo de campo, para parir este post. Pensad en los creadores que más os motiven o inquieten de aquellos años: seguro que la lista no es pequeña.

El horror en dos pasos que desgranaba Zweig (la carnicería irracional primero, las oscuridades después) son tan conocidos que han perdido parte de su capacidad de dar miedo. Eso, de por sí, es algo que merecería que nos detuviéramos: ¿Corremos peligro de que los bichos pardos y rojos se hagan multirresistentes a las vacunas?

Pero hoy no. Hoy he necesitado detenerme en un enigma comparativamente pequeñito. Por cada Zweig, había ¿miles? ¿cientos de miles? ¿millones, para todo el continente? de receptores de ese alegre océano cultural. Una minoría, por supuesto, pero una minoría significativa que daba luz a sus días leyendo, escuchando, visionando ese patrimonio cultural único en la historia de la humanidad. Y sí, he dicho “único” y lo mantengo: esas dos generaciones produjeron cantidad, variedad y calidad como para una civilización entera. Física cuántica, amiguetes. Generaciones de escritores. Mi querida antropología floreciendo, sin saber que la amenazaba la oscuridad posmoderna.

Pues bien: ¿dónde están esos europeos amantes de la cultura?

Detengámonos por un momento. En aquella época, quienes podían acceder a la cultura elevada eran una minoría, entre los que se encontraban sólo uno de mis bisabuelos (no su hija) y esa proporción es hasta afortunada. No es que no hubiera radio, o siquiera dinero para conciertos: es que no se alcanzaba la preparación y costumbre mínimas para disfrutar de la música clásica. Otro tanto reza para la literatura, aunque quizás menos para nuestro caso español: para disfrutarla, había que adquirir la costumbre, y para eso hacía falta educación formal, dinero o acceso a los libros… y siquiera tiempo disponible para leer.

Hoy lo podemos dar por supuesto. Si no pagas por spotify (donde está la mayoría de la inmensa discoteca de naxos), de todas formas en youtube hay zillones de voluntarios que siguen colgando discos maravillosos de música clásica. Leer es más barato que nunca, la educación formal es universal y hay iniciativas como Gutenberg project, u otros de distintas cataduras. Mis abuelos padecieron distintas barreras infranqueables para disfrutar de esta infinita riqueza, pero nosotros no.

¿no?

Lo cierto es que algo pasa. El acceso es ilimitado, pero aparentemente el acceso real a la música clásica no es mucho más popular que a principios del siglo 20. Hablo de España, obviamente. Peor: si echamos la vista atrás un siglo, los literatos y su obra eran más populares y conocidos entonces que ahora. Aunque el porcentaje de personas con educación universitaria se haya disparado, tampoco tengo claro que se haya producido algo equivalente en el interés por los avances de la producción académica digna de ese nombre.

No hay tiempo. Pero luego hay personas que lanzan cienes de tuits al día. Son legión los que se zampan maratones de series, o los que discuten incansables sobre minucias que persisten en llamar “noticias”. Suma y sigue.

No hay tiempo para ese patrimonio cultural que prometía florecer antes de agosto del 14. Y ojo, no es como leer el Quijote. Para los adultos, ya no hay un profe que nos ponga la pistola de la calificación en la sien como efectiva amenaza para leer. O para escuchar. O para contemplar. Somos libres, y tampoco es cuestión de calificar a quien no disfruta del patrimonio cultural, teniendo opción de hacerlo. Su opción, libre y respetable, es no hacerlo.

Desde el respeto me tengo que preguntar por qué. Con sinceridad. A mí me resulta inevitable invertir tiempo en ese patrimonio, lo disfruto desde hace décadas, nunca tendré suficiente y siempre tendré poco y habré accedido a menos aún. Pero, ya digo, es inevitable. De ahí mi pregunta: ¿Cómo puede ser que no se haya generalizado el acceso práctico, real, efectivo, a ese patrimonio?

Y acabo como empiezo. Respeto. Vale. Pero eso no quita para que haya que señalar con el finger a un problema incómodo: un título universitario no tiene NADA que ver con ese patrimonio. Cuerpos de ejército de profesionales que han pasado por la universidad viven el resto de sus vidas ajenos a algo que sólo tendrían que pagar en tiempo. Y desde esa libertad que les mantiene ajenos, llega la consecuencia: no acceden a esa cultura, no son parte de ella. En lo que a cultura respecta, el título universitario es sólo papel timbrado a menos que se demuestre lo contrario el resto de la vida.

¿Donde están los europeos?

¡Es hora de dejar atrás las máquinas de escribir!

Publicado originalmente en el blog de empresa.

Llevo muchos años sin trabajar con un procesador de texto WYSIWYG, tipo word o libreoffice writer. Lo más cercano que empleo a esto es Google Docs. Google Docs conserva (desgraciadamente, diría yo) algunos elementos de WYSYWYG, como la metáfora del folio, pero por otra parte es mucho más sencillo y limpio que Libreoffice writer, por ejemplo. Como quiera que sus recursos de colaboración son de lo mejor que existe en la actualidad, me compensa sobradamente a la hora de trabajar con borradores en un equipo de trabajo.

He tenido que trabajar con libreoffice TODA una tarde. No soy precisamente nuevo en esto: mi tesis doctoral de 2004 está producida íntegramente en openoffice, y es de bien nacidos ser agradecido con el producto que salvó mi trabajo cuando word 2003 corrompió sin remedio la hoja de estilos.

Sin embargo, ha llovido mucho. 12 años, concretamente. Desde aquel entonces, me he acostumbrado a trabajar de otra manera que no tiene nada que ver.

Cuando redacto para mí, o cuando produzco por mi cuenta textos mínimamente largos, empleo texto plano. Lo único que me importa es el recurso enfático (negrita o cursiva), los títulos de sección y la inclusión de algún gráfico si procede. Todo lo que supere eso me estorba en el proceso de creación y de organización, y obviamente no lo hago.

Para esto, me basta con markdown. Este lenguaje ofrece las marcas sencillas necesarias, y es convertible a cualquier otro formato con pandoc o con otras utilidades. En otras ocasiones, redacto en LyX por su admirable WYSIWYM. Lo único que hago es texto corrido (99,9999% del trabajo), secciones, enfáticas e imágenes. Ya sé por experiencia (aunque tarde para la tesis, lástima) que cuando toque producir el PDF final, va a ser siempre perfecto.

La experiencia con writer ha sido aleccionadora. Qué increíble cantidad de funcionalidades innecesarias para las operaciones creativas de escritura. Salvando las distancias, es como emplear una linotipia para escribir una novela, en vez de para maquetarla. La vista se me iba a las opciones, de poco acostumbrado que estaba, y no controlaba de forma inmediata cuestiones obvias como el sangrado.

La historia de WYSIWYG es conocida. Entró como una tromba en las oficinas porque imitaba la interfaz visual de la máquina de escribir, y superaba apabullantemente a las hasta entonces imprescindibles máquinas de escribir. Entró por familiaridad, y ahí se quedó, incluso con la regleta de tabuladores de hace 40 años.

Las generaciones de este siglo desconocen el empleo de una máquina de escribir… pero siguen enfrentándose a esa interfaz

Es estúpido. No tiene sentido. Se pierde el tiempo y hay distracciones onerosas para el siempre exigente proceso creativo.

Ya vamos con demasiado retraso. Quinta tras quinta, dos generaciones enteras, se han formado en WYSiWYG. Han aprendido (o aprendido) a maquetar a la vez que escribían. Han prestado demasiada atención a la forma, y demasiado poca a la estructura del contenido. En demasiadas ocasiones se comprueba el trabajo tipográfico innecesario (porque, de todas formas, no acaba bonito a la vista), y que el o los autores no han cuidado la estructura lógica de las secciones, o la simple regla de una idea – un párrafo.

¡Es hora de dejar atrás la máquina de escribir!

¡Es hora de que los PC sirvan como herramienta eficiente de ESCRITURA!

¡Es hora de dejar atrás las máquinas de escribir!

El idioma de intercambio de la Unión Europea

Tradicionalmente, el idioma auxiliar o de intercambio internacional ha sido definido por las relaciones de poder. El griego (koiné), el latín, el francés, hasta el español lo han sido. Desde la 2ª Guerra Mundial, el que toca es el inglés.

No es el peor que podría tocar. Su gramática es muy cómoda y sencilla, y su extensísimo vocabulario muy útil para muchas situaciones. Sin embargo, la falta de reglas fonéticas convierte en un infierno la pronunciación del lenguaje escrito, y los acentos no siempre son comprensibles entre sí (sobre todo, los acentos de los no nativos). En Europa se ha estandarizado de facto una “pronunciación europea”, que entrecomillo por mi falta de seguridad al respecto. Parece ser un mínimo común múltiplo, donde la pronunciación es clara para la mayoría de los hablantes. Menos vocales, vocales más abiertas, quizás pronunciación menos rápida.

¿”Inglés europeo”?

Inglaterra está enclavada geográfica y culturalmente en Europa. Sin embargo, hace 4 días los británicos decidieron por un escueto 2% separarse de la Unión. Parto de la base de que es un movimiento populista (por lo tanto, estúpido por parte del votante que lo suscribe), y que daña gravemente a UK y también al resto de los países de la UE. Con toda probabilidad les daña más a ellos, y de hecho es posible que se haga un segundo referéndum, como ya pasó con Irlanda cuando el Tratado de Niza (la primera vez votaron No, hubo que hacer un segundo referéndum y ya votaron sí).

En otra ocasión quizás hable de los inconvenientes de los referenda, que tal cual se implementan están muy lejos de “expresar la voluntad popular”. Hoy prefiero hablar del idioma

Si se invoca el Art. 50 y UK sale de la Unión, nos encontraremos con que el idioma auxiliar de facto es hablado nativamente por el 1% de habitantes de la UE que son los irlandeses. Tendría más sentido demográfico que se empleara el danés, el holandés o el polaco a ese respecto, pero evidentemente no va a ser así.

El Brexit es un perjuicio objetivo, pero también una oportunidad. A la espera de concretar si se produce o no, estoy convencido de que es el momento para la reflexión. Es evidente, por la historia previa, que necesitamos al menos un idioma de intercambio para trabajar entre distintos países de la Unión.

Hasta la fecha ese idioma ha sido el inglés (de facto, no de norma). Eso producía un desequilibrio tan grave y patente que resultaba invisible: una minoría de habitantes de la Unión empleaban su idioma materno para los intercambios, y el resto no. En alguna ocasión que me ha tocado negociar en un grupo intereuropeo, y mi experiencia era que todos nos entendíamos bien… menos el inglés. Como el chiste. El inglés no se esforzaba en hacer su lengua comprensible, y como resultado era más compleja de seguir en un debate rápido que el inglés que empleaban alemanes, franceses o italianos.

No era discutible porque es el idioma internacional de intercambio, el koiné del siglo 21. Sin embargo, el Brexit nos puede poner ante los ojos la aberración que supone el inglés como idioma de intercambio de la Unión. Es desequilibrado y, de forma muy sutil, un imperialismo cultural que al final ha resultado un freno tan sordo como eficaz para la integración europea.

El inglés no ha colaborado en la construcción europea porque no era el idioma de todos. El idioma de todos sólo puede serlo si no es de ninguno en particular.Y lo mismo que los gobiernos británicos han frenado los procesos de integración europea en distintas ocasiones, el inglés ha impedido el trato en condiciones de igualdad.

Si finalmente UK sale de la Unión, ¿Tiene sentido emplear el inglés en instancias europeas?

La oportunidad del Brexit es señalar al elefante en la habitación. El inglés debería dejar de ser el idioma de intercambio si queremos progresar en los Estados Unidos de Europa, sea cual sea su forma final. Quiero pensar que aún hoy el sentimiento proeuropeo es mayoritario entre los habitantes de la Unión, y por lo tanto agradecerían nuevos pasos en esa dirección.

¿Cuál sería el idioma de intercambio?

Evidentemente, no ninguno de los mayoritarios. No el francés, el alemán, el italiano o el español. Sólo reproduciríamos lo que ha sido un freno y un error. No, de hecho, ninguno de los idiomas locales de la Unión

¿Cuál, entonces?

Un idioma construido. Un idioma auxiliar creado para el intercambio desde el principio, que fuera de ninguno y por lo tanto de todos.

Cada vez que he nombrado la posibilidad de adoptar un idioma de intercambio, las más de las veces me he encontrado con reacciones negativas. La más común de las cuales era “los idiomas de la calle no se pueden crear”. Esa respuesta se debe al prejuicio y al desconocimiento de otros contextos. Tres ejemplos:

  • El hebreo: cuando acaba la segunda guerra mundial, la mayoría de los judíos no usaban el hebreo en su vida diaria y, de hecho, no lo entendían. Para construir el Estado de Israel, los inmigrantes tuvieron que aprender un idioma ajeno para casi todos (al ser semítico, es muy diferente de los idiomas europeos). El éxito fue indiscutible pese a esa dificultad, y la inmensa mayoría de los habitantes de Israel posee un nivel completo de hebreo (de dalet para arriba)
  • El turco: cuando Kemal el padre de los turcos reconstruye el Estado de Turquía, toma con los suyos la decisión de crear una nación libre de las ataduras con los árabes y el árabe, a las que culpaban de su retraso. Sus especialistas crearon el turco moderno, hasta tal punto de que los abuelos no entendían la lengua de los nietos. En dos generaciones el cambio se completó.
  • El indonesio: miles de islas, cientos de idiomas. Mala receta para construir un país tras la descolonización. Los nuevos gobernantes encargaron a un equipo de lingüistas la normalización de un dialecto del malayo para disponer de un idioma común para el enorme archipiélago. En la actualidad, ese idioma es una eficaz lengua auxiliar para la inmensa mayoría de la población.

Se puede hacer si hay voluntad. Hay suficientes precedentes como para asumir que, con la suficiente voluntad, el éxito es muy probable. El motivo es evidente: la construcción europea. Lograr el sueño de los padres de la Unión en las mejores condiciones posibles, las de una estricta igualdad entre los ciudadanos que transforme el sueño en identidad común.

No hablo de renunciar a la nacionalidad y cultura propias. Me siento especialmente a gusto con mi identidad, lengua, símbolos y costumbres españolas. Pero las entiendo como completamente compatibles con una ciudadanía europea, un idioma de intercambio y más y mejor Europa.

¿Qué idioma de intercambio?

Hay, al menos, tres posibilidades:

  • Interlingua, mi preferido. Es muy sencillo de aprender para los hablantes de lenguas romances y también fácil para los que hablen inglés o alemán. Une una gramática muy sencilla (parecida a la inglesa), con un vocabulario creado a partir de la “media” entre las 5 lenguas de origen y 2 de control. Un texto de ejemplo: Interlingua es un lingua auxiliar international naturalistic basate super le vocabulos commun al major linguas europee e super un grammatica anglo-romanic simple, initialmente publicate in 1951 per International Auxiliary Language Association (IALA).
  • Esperanto, el más conocido. Más complejo de aprender, aunque con algunas ventajas. Lo veo más difícil que el anterior porque exigiría un mayor esfuerzo a la población. Como podéis comprobar, no es obvio de entenderlo directamente: Esperanto (origine Lingvo Internacia) estas la plej disvastigita internacia planlingvo.[5] La nomo venas de la kaŝnomo “Dr-o Esperanto”, sub kiu la judakuracisto Ludoviko Lazaro Zamenhofo en la jaro 1887 publikigis la bazon de la lingvo. La unua versio, la rusa, ricevis la cenzuran permeson disvastiĝi en la 26-a de julio; ĉi tiun daton oni konsideras la naskiĝtago de Esperanto[6][7]. Li intencis krei facile lerneblan neŭtralan lingvon, taŭgan por uzo en la internaciakomunikado, tamen ne anstataŭigi aliajn, naciajn lingvojn..
  • Otro idioma construido para este propósito. Si bien considero que interlingua es la mejor opción para nuestro propósito, no se puede descartar que algunos especialistas puedan hacerlo mejor. Creo que el criterio debería primar la rapidez de aprendizaje y la legibilidad desde cero.

No soy optimista. Creo que la mayoría quiere ser europeo mientras no le suponga un esfuerzo. Creo que la identidad europea sigue siendo un sentimiento superficial, o no lo suficientemente profundo. Entre otras cosas, creo que se debe a la lejanía con la que se perciben a las instituciones europeas.

Las más de las veces que he mencionado esta idea, las respuestas han ido del rechazo a la indiferencia. No tengo razones para pensar que a corto plazo fuera diferente.

Sin embargo, estoy convencido de que necesitamos una Unión fuerte, que proteja nuestros intereses comunes y nuestra cultura cívica y modo de vida. Los socios, por separado, serán cada vez menos capaces de protegerlos y estarán más a merced de los vaivenes internacionales.

Y cada vez estoy más convencido de que, sin identidad, no se construye la Unión. Y sin lengua común, no se construye la identidad.

 

El idioma de intercambio de la Unión Europea

¿Qué es el Real Madrid?

Nota: post aparecido originalmente en el blog de empresa

Disclaimer: lo que va a continuación es un análisis cultural. Si el Real Madrid – mi equipo – produce rechazo, lo mejor es ahorrarse sufrimientos y no seguir leyendo

Comenzaré posicionándome: el fútbol me produce reacciones tibias las más de las veces. No me va la vida en ello ni me desgañito si mi equipo pierde. No tengo particular manía ni odio a ningún otro equipo, y tal posición me parece profundamente irracional. Además, me entristece el coste de oportunidad que representa el fútbol para España: los millones de euros invertidos en fútbol no van a otros objetivos más necesarios y de más recorrido.

Dicho esto, no puedo evitarlo: el Real Madrid es una parte esencial de mis raíces. Cuando lo veo jugar, me transformo y vocifero para bien y para mal. Es mi raíz porque mi padre es madridista, y mi abuelo y su hermano mayor eran madridistas y, antes de ellos, ser madridista era imposible. Véase.

carnet Real Madrid Luis Chulilla

Ese señor era mi abuelo Luis, que en paz descanse. Socio nº 23, como podemos ver. No dispongo del carnet de su hermano mayor Julio, socio nº2. Su hijo Julio hace una semblanza de Julio Chulilla Gazol que cuenta, mejor de lo que podría hacerlo yo, esa relación identitaria de la familia.

DELANTE DE LA VALLA

Por Julio Chulilla Sainz

Vine al mundo el 23 de abril de 1923. Mi padre, madridista de pro, se encontró con dos momentos difíciles: el nacimiento de su hijo y la inauguración del campo de Ciudad Lineal. Metió tanta prisa que pudo llegar a ambas cosas: yo nací a las 13:15 y el partido empezó a las 16:00 con su presencia ¿qué pensaría mi madre? Y eso que era su primer hijo. Esta es la historia. Un estudiante de aduanas, llamado Julio Chulilla Gazol, tenía otra pasión: el fútbol.

Era tanta su ilusión que dejó los estudios y empezó a jugar en distintos equipos: la Gimnástica, el Iberia y, por último, el Madrid F. C. Dado que el deporte no daba para mantener una familia puso una imprenta en la calle Pelayo, 46 llamada Tipografía Hispana, donde se empezó a editar la revista deportiva Madrid Sport. Del negocio no entendía nada, solamente la parte comercial. Tenía muchos clientes ya que era pequeño de estatura pero grande de corazón.

El trabajo aumentaba y en 1921 se asoció con Felipe Angel Rodríguez, también socio del Real Madrid, con el número 31. Se trasladaron a la calle Torrecilla del Leal, 17, con el nombre comercial de Chulilla y Angel. Quien se dé una vuelta por allí todavía podrá ver el local. La vida deportiva del “ratón” Chulilla, uno de los fundadores del Club y socio número 2 en el Madrid de entonces, fue de 1905 a 1912. Después el club le demandó más responsabilidad: la secretaría, en la que estuvo de 1912 a 1924. Dado que venía con los motes, le llamaban «el perpetuo».

Para imaginarnos lo que era el Madrid en esa época, tenía el despacho de la secretaría en una habitación de su propia casa. Pero su “amor” hacia el club era tanto que quería meternos a todos ese entusiasmo y como no podía ser de otra forma, empecé a ir al campo del Madrid con cuatro años. Nos colocábamos detrás de la portería y yo aprovechaba a ponerme delante de la valla y, bajo la atenta mirada de mi padre, recoger los balones que salían del terreno de juego. Es difícil olvidar, además, que en esa zona estaba el marcador y el gran reloj de Coppel.

Con 15 años empecé a tener más relación con el Real Madrid. Era nuestro principal cliente y, como buen aprendiz que había empezado a ser, tenía que estar a lo que me mandaran; me tocaba llevar los trabajos, carteles y billetajes a las pequeñas oficinas del club, que se convirtieron en nuestra segunda casa. Si me cruzaba con D. Santiago Bernabéu por algún despacho, siempre me decía “«hola hijo, da un abrazo a tu padre que es muy grande»”. Así llegó el 7 de enero de 1960, día en que falleció mi padre.

El Madrid envió una corona y fue D. Santiago a casa a darnos el pésame. A mi madre le dijo: «mientras yo siga en el Madrid seguiremos trabajando con su imprenta» y así se cumplió. Los cambios en las directivas del Club, después del fallecimiento de D. Santiago, hicieron que poco a poco su palabra se dejara de cumplir. En abril de 1984 hicimos el último trabajo para el Real Madrid; el haber trabajado para él en exclusividad hizo que el negocio se cerrara.

Por ello y siendo socio número 612 me di de baja, pero a pesar de todo, el plomo, la tinta y la sangre madridista todavía corren por nuestras venas. Que esta historia y mi padre el “ratón”, por un lado, y el “perpetuo”, por otro, ocupen el lugar que corresponde en este año del centenario del Madrid Football Club.

Julio Chulilla Sainz es hijo de Julio Chulilla Gazol, fundador del Madrid «Foot-ball Club».

Me disculparéis que cite textualmente la parte que corresponde del artículo de El Mundo. Me he sorprendido recientemente con la desaparición de un artículo que publiqué hace 14 años y, como quiera que me importa mucho este tema, no corro riesgos.

Imaginaos cómo ha sido mi infancia. El madridismo en mi familia no se discute: se transmite. No pocos de los cuentos familiares tienen al Madrid como contexto, en una relación larga y emocionalmente irrompible. A veces me disgusta la dedicación de mi padre al fútbol, pero luego recuerdo las tardes que pasó con su padre en Chamartín y lo entiendo, vaya si lo entiendo.

Entenderéis que el Madrí no es para mí el equipo de los galácticos. No conecto con la empresa globalizada que es hoy, y probablemente mi forma de sentir el equipo tenga profundas diferencias con no pocos de los demás madridistas. De hecho, sólo este 2016 he tenido una camiseta del Madrí, porque mi nene está intenso y encendido con los colores y me arrastró, por así decirlo. Ojo, eso no quita para que, cuando el Madrí gana algo y me voy a pasear por la calle, comparta la alegría con otros madridistas cuando nos gritamos “¡Hala Madrí!” o tocamos el soniquete correspondiente con el claxon.

Si mi Madrí no es exactamente el Real Madrid actual (aunque sí en esencia), la distancia con el Real Madrid globalizado es mucho, mucho mayor. Los días posteriores a la undécima me impresionó mucho ver estas fotos:

real madrid iraq

Que viene de esto:

Este mundo globalizado, en el que el Real Madrid es también un producto altamente exitoso, ha traído consigo peñas madridistas hasta en los lugares más insospechados (como éste, ahí es ná). Uno esperaría que en un país destrozado como Irak la gente no tiene tiempo o necesidad de seguir al Madrid, pero al final su realidad se hace más llevadera cuando ven un buen partido. El deporte rey genera emoción más allá de las barreras idiomáticas y culturales.

Por si alguno no supisteis de ello, el 12 de mayo de 2016 el Daesh atentó contra una peña madridista en la ciudad de Balad, Irak, matando a 12 de los allí reunidos. El siguiente partido de liga, el Real Madrid portó brazaletes de duelo en recuerdo de sus seguidores asesinados. Ese gesto elemental, obligado, causó un fuerte impacto en los iraquíes, como podemos ver en la foto de los cadetes.

Los supervivientes del atentado dudaban en reunirse para ver la final de la Champions. Esa duda lo que hizo fue transformar para ellos al Real Madrid: ver la final era honrar a sus muertos y demostrar a la escoria inmunda que, como dijeron, la vida es más fuerte y no tienen miedo. El 29 de mayo, los amigos de los fallecidos volvieron a su peña para ver el partido, y gritaron tanto como nosotros por la victoria. Esos iraquíes madridistas han hecho del Real Madrid algo mucho más grande de lo que es para la mayoría de los aficionados globales, y me atrevería a decir que tan grande como lo es para mí.

Hay un mundo y más de un siglo de distancia entre el Madrid Football Club de mi abuelo y su hermano mayor, y el Real Madrid de victorias celebradas por los iraquíes. Mi Madrí ha acabado siendo más polisémico de lo que cualquiera habría imaginado hace 40 años. Hace mucho que dejó de ser de unas cuantas centenas de familias para pasar a ser de media España, y los éxitos internacionales le han impedido seguir siendo un fenómeno sólo nacional o aún europeo.

Ya sé que hay por medio miles de millones en márketing, en consumo de masas, en imagen corporativa. Me da exactamente igual: es imposible que no me emocionen mis historias familiares, y también se me humedecen los ojos al ver a esos iraquíes entusiasmados con mi equipo.

¡Hala Madrí!

 

¿Qué es el Real Madrid?