“No les gusta la violencia, pero…”: atentado a Rajoy y sus consecuencias

Esta tarde, la red que invita a la reacción irreflexiva (también conocida como Twitter), ardía en comentarios sobre el atentado a Rajoy. Empleo “atentado” en su definición legal; concretamente, a menos que me corrija un jurista, la agresión a Rajoy se definiría como “atentado a la autoridad”.

Pues bien, el resumen más suave de los tuits no condenatorios ha sido “no me gusta la violencia, pero…” (un resumen genial de @aperalesf, por cierto). A partir de ahí, una gradación de la comprensión a la justificación y de ella a la celebración, que en sus extremos espero tenga consecuencias. A saber.

Ha resultado un episodio deprimente y preocupante a partes iguales. Deprimente, porque lo que ha demostrado es lo endeble de la cultura cívica y democrática de un porcentaje asustante de la población española. Esta parte de la ciudadanía, al parecer, no entiende que por encima de la persona y el partido está la institución del Estado. La presidencia del Gobierno, como tal institución esencial para la Nación, no puede ser vista según quien la ocupe por mandato de las urnas. Como consecuencia, la única reacción posible a un atentado a esa institución debe ser el rechazo.

Sin peros.

Que algo tan sencillo y obvio no se entienda y/o no se comparta deja muy claro que la corrupción no es el único de los grandes problemas de España, y quizás no sea el más importante. Quizás, por debajo, nos amenace la falta de cultura democrática y, con ello, que nuestra democracia sea más endeble de lo que nos gustaría creer.

El problema es aún peor. Lo que los celebrantes del atentado no han entendido es que es un precedente. Que ha habido mucha suerte de que el menor fuera con la mano y no con un cutter. No han entendido que otros menores con ideología opuesta lo pueden tomar como ejemplo, o como afrenta, o como ambas cosas, y empezar a buscar ocasiones para lograr una “hazaña” semejante con otro candidato a la presidencia del gobierno.

He insistido en que el agresor es menor de edad porque me parece que, según la infausta ley del menor, no puede recibir el castigo legal que le correspondería a un mayor de edad por un delito semejante. Es más, hay precedentes en la crónica de sucesos de menores de edad culpables de asesinato que no han penado cárcel, que han ido a un centro de acogida y, al cumplir los 18, a la calle y con nueva identidad para su protección.

A la espera de que algún partido cambie esa ley de trágicas consecuencias, se ha sentado un peligroso precedente. A nuestro favor, hay que señalar que la profesionalidad de las FSE hace extremadamente improbable que un suceso como el de esta tarde se repita. En eso confío, porque lo que se ha visto esta tarde es que una parte preocupantemente grande de nuestra sociedad no tiene asentada la cultura democrática de la que, seguramente, alardean.

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