#usagilipollas en vez de la discapacidad como insulto

Hemos mejorado muchísimo como sociedad. La opción sexual hace tiempo que es cuestión de cada uno, y cada vez está peor vista la discriminación basada en ella. La creencia personal, personal queda, y en la España del siglo XXI no hay forma aceptable de cuestionar en lo que cree un ciudadano. Las iglesias no católicas ejercen sus actividades con libertad, y las personas que creen que Dios no existe lo hacen sin temor a las consecuencias. Hemos llegado, incluso, a emplear la imagen de las personas con discapacidad en positivo y sin complejos

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Fuente: http://farmaciaacacia.com/la-vida-no-va-de-cromosomas-nueva-campana-de-down-espana-para-el-dia-mundial-del-sindrome-de-down/

Esta imagen cotidiana habría sido impensable hace… ¿20 años? ¿30 años? Probablemente no hace falta remontarse más. La discapacidad física o intelectual era vergonzante y las familias reaccionaban ante esa situación escondiendo a sus hijos todo lo que podían, encerrándolos en casa, por miedo al qué dirán.

Porque se decía.

Señalar con el dedo o decir cualquier barbaridad a una persona con discapacidad intelectual no era inaceptable en mi infancia en los años 70. No se había desarrollado todavía la sensibilidad que hacía censurable el ataque a la persona con discapacidad intelectual. Y las familias eran las primeras en sentir como vergonzante la situación de uno de sus miembros, porque así lo marcaba la cultura de la época o de las épocas precedentes. Mi padre, en sus viajes por Marruecos en los años 60, se encontró algunas veces en los zocos a personas con Down expuestas por un tercero como una atracción de feria, con los transeúntes riendo o echando monedas.

Sin embargo, que las cosas hayan mejorado no significa que no puedan mejorar, o que no tengan que mejorar. Y un aspecto importante es el lenguaje: lo mismo que ya es inaceptable acosar o insultar a una persona con discapacidad intelectual por la calle, debe volverse inaceptable el empleo de la discapacidad intelectual como insulto.

Para que eso ocurra, lo primero que tiene que ocurrir es que haya conciencia del problema que supone. Para ello, lo mejor que se me ocurre es un ejemplo. Imaginad al padre de una niña con down, que pasea por la calle cuando un propio le grita a otro “¡Pedazo de subnormal!”. Horas después, en una charla de bar, un parroquiano a su lado le dice a otro “Fíjate si será retrasado que no se le ocurrió otra cosa que…”. Y así cada día. Una cosa es que haya aprendido a convivir con semejante basura, y otra que no le afecte en ningún momento.

Y le afecta porque ama. Porque, para un padre normal, es su hija antes que la etiqueta de la nena. No quiero caer en el desatino de que las personas con discapacidad intelectual son sólo amor (porque es diametralmente falso), pero es innegable que son perfectamente capaces de amar. De hecho, la falta de desarrollo de la capacidad intelectual les facilita expresar el amor, o no se lo frena. Pensad en vuestros hijos o hermanos pequeños y en lo inmediato que les resultaba sonreír de oreja a oreja o dar un abrazo.

Cuando se insulta a alguien empleando términos como

* Retrasado
* Subnormal
* Mongólico
* Mongolo
* Monguer
* y un tristemente largo etc.

Se está insultando a alguien que no tiene discapacidad intelectual. Se está empleando la naturaleza y situación de las personas con discapacidad intelectual como algo denigrante, sucio y humillante.

Ante todo, diría que esto es remediable, al ser producto de la falta de reflexión al respecto. Las personas de bien que caen en el empleo de este tipo de insultos no se han parado a pensar en sus consecuencias. Nunca han considerado que lo pudieran estar empleando delante de un familiar de una persona con discapacidad intelectual, o que fuera moralmente inaceptable. Desgraciadamente, forma parte de nuestro paisaje conversacional cotidiano.

Pensar en ese padre o hermano de la persona con Down debería ser un freno que nos impidiera seguir empleando la discapacidad intelectual como insulto. Por otra parte, esto nos plantea un problema: es casi seguro que quien lea esto no es un santo con autocontrol perfecto y compasión infinita, y en ocasiones se puede ver en la situación de tener que insultar a alguien, preferentemente por algo que ha hecho.

Afortunadamente, el español es lo suficientemente rico como para ofrecernos alternativas. En la península, la más exacta y feliz sería gilipollas. La gilipollez no alude a ningún tipo de discapacidad. Cuando es ocasional, es algo que nos pasa a todos y que, en no pocas ocasiones, nos merecemos el epíteto. En mi poblacho manchego venido a más, nos lamentamos contundentemente por algo que no querríamos haber hecho o dicho con un “Pero mira que eres gilipollas, tunombreaquí“.

Cuando es menos ocasional y tiende a lo estable y habitual, tampoco es calificable como discapacidad. La gilipollez como naturaleza alude a una persona con capacidades intelectuales en la media, pero con una capacidad aparentemente infinita de soltar lindezas meritoriamente inconvenientes, de juzgar situaciones empleando el tercer ojo o, en general, de tomar la moda del momento como la enésima verdad incontrovertible. Es una persona que hace del mundo un lugar levemente más feo y menos soportable, pero nada más.

Cuando lo expliqué en casa, mi hijo me regañó por decir una palabrota. No es algo baladí: enseñar a los hijos a emplear gilipollas en vez de subnormal no es una buena idea. Es necesario que no empleen la discapacidad intelectual como insulto, pero a esas edades no aplica el lenguaje grueso. Mi hijo dio con la solución al momento: llamar “capullo”. Más aceptable, desde luego.

Después, podemos cruzar el charco y buscar ejemplos de nuestros hermanos de lengua. Los cubanos, por ejemplo, emplean el feliz término “comemierda”, en buena medida sustituyendo al “gilipollas” mesetario (hasta donde sé). El insulto exige variación, so pena de ejercer efectividad, y por ello esa importación lingüística me parece digna de consideración.

Alguno me podría acusar de emplear la coprofilia de manera denigrante. Y tendría razón: la coprofilia es denigrante. Sólo hay que recordar, con el consiguiente estremecimiento, al trans Divine deglutiendo un ñordo fresco de caniche en Pink Flamingos. Esta denigración tiene una base biológica, que es el rechazo fecal que los mamíferos carnívoros experimentamos ante los subproductos propios y ajenos por el riesgo de contaminación bacteriana que implican. Por ejemplo, al gorila le da exactamente igual dormir sentándose en sus heces, al estar compuestas de restos vegetales comparativamente inofensivos. Pero no verás hacer lo mismo al lobo carnívoro, que no caga donde come. Habría lo que matizar, pero ha llegado el momento de finiquitar este excursus.

Sobre todo, la coprofagia presenta una cualidad cultural universalmente denigrante. No hay cultura conocida para la que comer caca sea algo aceptable. Incluso hay culturas para la que es aceptable el canibalismo postmortem, pero no la coprofilia (hasta donde recuerdo de las HRAF). Una cosa es que haya “derecho” a la coprofagia, sobre todo en su variante de parafilia sexual extrema. Otra cosa es que ejercer ese derecho no denigre en color beis a quien lo hace.

Por supuesto, estoy abierto a la consideración de que un coprófago, con nombre y apellidos, conteste a este post recriminándome que estoy empleando su opción personal como insulto. Si es el caso, me parecerá un acto tan valiente que no tendre otra opción que reconsiderar la aceptabilidad de “comemierda”. O al menos, cabrá la opción de emplear “valiente comemierda” como una acepción positiva.

Es hora de acabar. Tras este pequeño interludio ligero, sólo me queda insistir en la idea central: el empleo de la discapacidad intelectual como insulto no debe ser aceptable. Tenemos que ser conscientes del daño que sigue haciendo, de la exclusión que sigue provocando, de cómo se sienten las personas con discapacidad intelectual y sus familiares y amigos al oírlo. En nuestras manos está que cambien las tornas y que este comportamiento quede relegado al pasado. Para ello, además de la censura propia y ajena, es necesario buscar alternativas. Ahí os dejo ese #usagilipollas como propuesta.

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